Cultura

El dios de Spinoza, ¿el dios de Einstein?

El filósofo judío tenía muy claro que, de existir una divinidad, esta respondía a la armonía de las leyes universales que dibujaban la naturaleza. Una forma de pensamiento que reflejaba el racionalismo emergente del siglo de XVII y que inspiraría a uno de los grandes científicos que cambiarían el rumbo de nuestra historia.

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08
Sep
2022
Einstein

Baruch Spinoza, uno de los grandes filósofos modernos, no solo fue un pensador, sino un valiente defensor de los incipientes valores de la Ilustración y el racionalismo emergente que dominó el siglo XVII. Es decir, lo que vendría a llamarse la Revolución Científica. Lo cierto es que, como otros tantos filósofos de tiempos pretéritos, se jugó la vida en varias ocasiones.

Aunque naciese en Ámsterdam, una vez expulsado de la comunidad judía a la que pertenecía (por defender sus principios filosóficos), fue a parar a la Haya, lo que no impidió que fuese vilipendiado por parte de aquella parte del pueblo holandés que defendía los valores de la Casa de Orange. Estos últimos representaban creencias políticas más propias de antiguos regímenes, que se hallaban entrelazadas con otras religiosas y contrarias al racionalismo emergente (asociadas, a su vez, al parlamentarismo y los valores democráticos liberales).

Spinoza, una figura intelectual eminente en vida, se relacionó con grandes luminarias de la época como Huygens, Leibnitz, Robert Boyle y muchos otros que, en una época en la que la ciencia no se había especializado aún, ejercían tanto de filósofos como de científicos. El filósofo judío representaba una nueva forma de entender la realidad del mundo moderno por lo que era, en el sentido más amplio del tema, un progresista. También un metafísico que prescindía en sus elucubraciones de los datos de la experiencia.

El filósofo holandés, una figura intelectual eminente en vida, rechazaba las creencias antropomorfas y las concebía como propias de colectivos infantilizados

Pero hay más. Spinoza, a su vez, era un reconocido defensor del panteísmo, una palabra que proviene del griego πᾶν (pan), «todo», y θεός (theos), «Dios». De este modo, Dios se identificaría con el todo como manifestación visible. De esta forma, el filósofo holandés que nos atañe equipararía a Dios con el universo, con la naturaleza que englobaría la totalidad de la realidad. Dividió a su vez la naturaleza en natura naturans –el dios o la naturaleza creadora que produce la realidad– y la natura naturata –o naturaleza creada, manifiesta: el producto o fruto material–.

La naturaleza sería, así, un Dios que se crea a sí mismo. Empleando una terminología más metafísica aún, para él, «la natura naturans es la sustancia infinita, es decir, lo que es en sí y se concibe por sí: Deus sive natura o principio creador; la natura naturata es todo lo que se sigue de la naturaleza de Dios, es decir, todos los modos de los atributos de Dios». Como podemos comprobar, demostrar experimentalmente tales aseveraciones es imposible, al menos a día de hoy, por lo que su filosofía es claramente metafísica, casi una teología. 

Por su proclividad natural a reflexionar de lo divino y lo humano, a lanzar conjeturas e hipótesis en todas direcciones, la filosofía sienta las bases de muchas ideas que luego serán defendidas por figuras representativas del pensamiento y la ciencia; figuras que contribuirán a mejor probar y afianzar tales creencias. Y, dada su posición histórica y filosófica en la tradición occidental, no es de extrañar que su modelo panteísta del universo fuese del agrado del mayor científico del siglo XX: Albert Einstein. Si Feuerbach fue el filósofo favorito de Freud, Einstein afirmaría que el dios esbozado por el filósofo judío sería el único en el que él creería.

Como tantos otros científicos relevantes, de existir un Dios, para Einstein (como para Spinoza) este respondía al propio concepto de la naturaleza

¿Por qué?

Como tantos otros científicos relevantes en la historia de Occidente, Einstein no creía en un dios antropomorfo, personal o individual, como ocurría también en el caso de Spinoza. De hecho, el panteísmo de ambos es una manera de rechazar las creencias antropomorfas propias de colectivos infantilizados que proyectan en el ámbito de lo divino sus anhelos y construyen una realidad paralela en el plano de lo sagrado. Se trataría, como señaló también Feuerbach, de un constructivismo religioso: elaboramos nuestra representación de lo divino a partir de los fenómenos de la naturaleza. Un dios humanizado, con grandes barbas y pasiones humanas, no tendría ningún sentido tanto para Spinoza como para Einstein.

Ya Jenófanes en el siglo IV a. C dijo: «Chatos, negros: así ven los etíopes a sus dioses. De ojos azules y rubios: así ven a sus dioses los tracios. Pero si los bueyes y los caballos y leones tuvieran manos, manos como las personas, para dibujar, para pintar, para crear una obra de arte, entonces los caballos pintarían a los dioses semejantes a los caballos, los bueyes semejantes a bueyes, y a partir de sus figuras crearían las formas de los cuerpos divinos según su propia imagen: cada uno según la suya».

Es por ello que un dios real (racional) jamás podría atenerse a un paradigma antropomorfo, y es por eso que tanto Spinoza como Einstein, dos referentes racionalistas –aunque creyentes–, adpotaron el modelo panteísta como más aceptable en términos de pensamiento. Esto se traduce en el hecho de que un dios pasional y caprichoso, inestable, no representa aquella realidad con la que se topa el científico, a la busca de leyes estables e inmutables que habrían sido las mismas desde origen de los tiempos como fruto de esa natura naturans. Sería, así, un ente despersonalizado, creador y contenedor de todo lo real, ese concepto de naturaleza que tanto el tiempo de Spinoza como el de Einstein (o el nuestro) defienden.

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