La pereza de los humanistas

Necesitamos un humanismo de tercera generación, un ‘humanismo 3G’ capaz de integrar las actuales humanidades con la ciencia y la técnica. Porque vivir como si fuéramos seres dignos es el núcleo del gran proyecto ético en el que debemos colaborar todos por una razón muy sencilla: cuando abandonamos en plano de la ética lo que encontramos en el horror.

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09
Ago
2022
humanistas

El término ‘humanismo’ se ha vuelto casi inutilizable por su vaguedad. El mundo de letras habla de la importancia de las humanidades, pero sin tomarse el trabajo de explicar por qué. Es lo que llamo la pereza de los humanistas. Tal vez piensan que el buen paño en el arca se vende y que ellos están vendiendo material de excelente calidad, pero este adaggio comercial no funciona en la actualidad. En un mundo cada vez más tecnificado, las humanidades han quedado como un adorno.

ViInod Khosla, una relevante figura de la tecnología digital fundador de Sun Mycrosystems, defiende que el estudio de las tecnologías digitales es más importante que el de las humanidades. La razón parece contundente: «¿Debe un francés estudiar francés? Sí, porque vive en Francia. Pues si vivimos en un mundo computerizado, tendremos que estudiar computación». Lo explica con más detalle: «Aunque Jane Austen y Shakespeare puedan ser importantes, hay muchas cosas que son con mucho más relevantes para formar un ciudadano inteligente, que aprenda continuamente, un ser humano más adaptable a un mundo cada vez más complejo, diverso y dinámico. Cuando la tasa de cambio es alta, necesitamos altas tasas de cambio en educación».

Ha surgido un nuevo problema, porque comienza a hablarse seriamente en Estados Unidos de «la aparición de la singularidad» (acompañada ahora de la aparición del metaverso) y en Europa del «transhumanismo». La idea es que la unión de cuatro tecnologías: nanotecnología, ingeniería genética, ciencias cognitivas e inteligencia artificial va a posibilitar la aparición de una nueva especie poshumana.

Defiendo la conveniencia de desarrollar un Humanismo de tercera generación. El de primera generación apareció en el Renacimiento con la separación de letras humanas y letras divinas –lo que no era teología eran humanidades–. En el siglo XIX apareció la segunda generación, donde las humanidades se dividieron en ciencias de la naturaleza y ciencias de la cultura. Han seguido una vida separada hasta este momento. El humanismo de tercera generación sería el que fuera capaz de integrar las actuales humanidades con la ciencia y la técnica.

Pero esto nos plantea al menos tres problemas fundamentales:

1- ¿Podemos diseñar un humanismo de tercera generación capaz de integrar en un marco de nivel superior en ciencia, humanidades y tecnología?

2- ¿A quién le correspondería elaborar ese Humanismo 3G?

3- ¿Tiene la ética cabida en ese modelo? ¿Qué ética?

El intento de unir ciencia y humanidades no es viable, teniendo en cuenta que la archiespecializacion –saber muchísimo de una sola cosa– es una condición imprescindible para que la ciencia progrese. Pero una cosa es conocer los resultados de una ciencia, y otra comprender qué hace esa ciencia. Una cosa es saber muchas matemáticas y otra comprender lo que la inteligencia humana hace cuando hace matemáticas. Y lo mismo podríamos decir de la poesía, la música, la física cuántica o la tecnología digital.

Los intereses humanos son más amplios: aspiran al bienestar, a la convivencia amistosa y al aumento de posibilidades; objetivos colosales que han producido tradiciones culturales también colosales

Para seguir adelante, tenemos que aclarar qué es comprender. Comprendemos algo cuando integramos piezas sueltas en un modelo único del que reciben significado. Comprendo la frase «el siete viene después del 9» cuando lo refiero al recorrido de los autobuses y no a la aritmética. Pues bien: podemos comprender las actividades humanas cuando las relacionamos con la inteligencia y sus fines.

Por decirlo con una expresión que puede rechinar, cuando descubrimos por qué en su búsqueda de la felicidad los humanos han creado matemáticas, arte, religiones, sistemas políticos, o el cepillo de dientes, no es intentando inútilmente relacionar los productos de las actividades, sino remontándonos a su origen, como podemos comprenderlos. La comprensión de los seres humanos, de sus límites y posibilidades y de sus creaciones es el objetivo de este nuevo Humanismo.

¿A quién le corresponde elaborar ese Humanismo 3G?

Mi propuesta es que elaborar ese Humanismo 3G es el objetivo de la ciencia de la evolución de las culturas que debería darse en todos los niveles educativos, incluido el primer curso de las carreras universitarias, y que permitiría conocer cómo los humanos, dotados de pensamiento simbólico y movidos por necesidades y deseos básicos, nos hemos enfrentado a los problemas y los hemos ido resolviendo de mejor o peor manera.

Todas las culturas son repertorio de diferentes soluciones a los mismos problemas, y podemos seguir en cada una de ellas el proceso evolutivo, las invenciones y la selección entre esas invenciones. El deseo de conocer –la curiosidad y el afán exploratorio que heredamos de nuestros antepasados animales– dio lugar a un proceso que pasó por el mito, la filosofía y las ciencias particulares.

La evolución no se ha dado solo en el terreno del conocimiento: los intereses humanos son más amplios. Aspiran al bienestar, a la convivencia amistosa y al aumento de posibilidades. Objetivos colosales que han producido tradiciones culturales también colosales. El modelo que he elegido para comprenderlas es interpretar todas las actividades humanas como una búsqueda incierta, tanteante y (a veces) alocada de la felicidad. A esa luz podemos comprender tanto el afán de poder como el afán de santidad, la creación científica y la artística, los deberes y las diversiones.

¿Tiene cabida en este modelo la ética?

En Teoría de la inteligencia creadora mostré mi fascinación por las capacidades creadoras de la inteligencia humana. No se me ocurrió mencionar la ética, porque la idea que había recibido de ella nada tenía que ver con la creatividad, sino con la norma. Tuve que cambiar de opinión: la ética no es un conjunto de normas heredadas para someter la libertad a la obediencia; es la tradición más creativa, más medular de la inteligencia humana, porque es la que está dirigida a resolver los problemas fundamentales de la humanidad –la convivencia, la paz, el bienestar, la justicia, la felicidad–.

La ciencia de la evolución de las culturas nos lo muestra. Su gran creación no es conocer la realidad, ni producir maravillosas obras de arte, sino que haya redefinido nuestra especie. En realidad, somos primates listos, pero tenemos sueños de grandeza y no queremos quedarnos ahí. Aspiramos a más.

Aspiramos a ser vivientes dotados de dignidad y protegidos por derechos. Dignidad significa «estar dotado de un valor intrínseco», con independencia de todo otro factor –raza, cultura, inteligencia, salud, riqueza, fuerza–, incluso del propio comportamiento. Esto es una maravillosa ficción salvadora. Es a donde nos ha llevado la larguísima experiencia moral de la humanidad, con sus éxitos y sus fracasos.

Todas las sociedades han tenido sistemas normativos a los que llamamos moral y derecho: todas se enfrentan a los mismos problemas, aunque los resuelven de manera diferente

Cunde la idea de que los humanos no podremos ponernos nunca de acuerdo en el contenido de la ética. Esa es una postura perezosa. Todas las sociedades han tenido sistemas normativos a los que llamamos moral y derecho. Todas se enfrentan a los mismos problemas, aunque los resuelven de manera diferente. Al comparar las distintas soluciones podemos comprobar que unas son mejores de otras, por eso en muchos temas existe un consenso universal expresado, por ejemplo, por la declaración de derechos humanos.

Esa moral transcultural es lo que llamo ética. Que muchos derechos no se cumplan, o que haya todavía puntos conflictivos, solo indica que nuestro progreso ético es intermitente y precario. Por eso sufrimos con demasiada frecuencia colapsos éticos como los que estudié en Biografía de la inhumanidad.

Vivir como si fuéramos seres dignos es el núcleo del gran proyecto ético en el que debemos colaborar todos por una razón muy sencilla: cuando abandonamos en plano de la ética lo que encontramos en el horror. En ese proyecto ético podemos colaborar de muchas maneras. La ética de las profesiones, la deontología, es una de ellas. Pero para no perder la perspectiva tenemos que interpretar sus reglas concretas como parte del gran proyecto ético de la humanidad. Poniendo la educación es como podríamos hacer realmente una educación transformadora.


Este contenido forma parte de un acuerdo de colaboración del blog ‘El Panóptico’, de José Antonio Marina, con la revista ‘Ethic’.

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