Cultura

Lou Andreas Salomé, una mujer independiente (y despreciada)

La filósofa vivió una vida dedicada al conocimiento, pero su profundo intelecto, sus polémicas ideas y sus relaciones liberales con los hombres terminarían labrándole un mal nombre entre las filas de la primera ola feminista.

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24
Jun
2022
lou andreas salomé

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Lou Andreas Salomé (1861, San Petersburgo – 1937, Gotinga), provenía de una familia de alemanes protestantes ortodoxos expatriados a Rusia y de pequeña, pese a la tradición religiosa recibida por parte de sus padres, Lou empezó a perder la fe. Así lo cuenta ella misma en Mirada retrospectiva: perdió sus creencias cuando Dios se negó a contestarle por qué se habían derretido dos muñecos de nieve. Por supuesto, su crisis de fe se agudizaría aún más adelante: cuando su padre murió siendo ella una adolescente, esta se hundió aún más.  

Con una mente cargada de curiosidad y con un gran ansia para encontrar las respuestas a sus preguntas vitales, Lou se encomendó al tutelaje de un pastor –Hendrik Gilliot, protestante pero no muy ortodoxo– que la formó en historia, filosofía y religión. Gilliot, que le sacaba 25 años y estaba casado, fue el primero de muchos que le pidió matrimonio, si bien Lou le rechazó. Poco después, en 1880, viajó a Suiza con su madre para inscribirse en la Universidad de Zúrich –una de las pocas que admitían a mujeres– para estudiar filosofía, historia y teología. Así comenzaba la historia de su vida.

Conociendo a otras mentes intelectuales

Salomé no estaría en Suiza durante mucho tiempo, ya que tras enfermar y empezó a toser sangre se trasladó a Italia por prescripción médica, recalando en Roma, en casa de la escritora alemana Malwida von Meysenbug. Ella sería quien la introduciría en el seno de la sociedad intelectual italiana. 

Muchos de los intelectuales con los que coincidiría Lou Andreas Salomé terminarían pidiéndole matrimonio

En la ciudad italiana también conocería a dos de las personas que más le influenciarían –y a las que influenciaría– durante gran parte del resto de su vida: Paul Rée y Friedrich Nietzsche. Si bien al primero lo conoció gracias a los contactos de Meysenbug, al segundo lo conoció gracias a las cartas del primero. El celebrado pensador quedó prendado de la mente de la joven Lou desde las primeras misivas. Le conocería en persona finalmente en la Basílica de San Pedro, presentándose con palabras particularmente románticas: «¿En virtud de qué estrellas hemos ido a encontrarnos los dos aquí?». El filósofo también caería rendido a sus pies, pero Salomé, 17 años menor que él, rechazó de plano sus múltiples proposiciones de matrimonio, así como las de Rée. A cambio, propuso a ambos hombres formar una comuna intelectual donde vivirían en celibato y donde discutirían sobre filosofía, arte y literatura. El proyecto, al que Nietzsche llamó «la santísima trinidad» nunca llegaría a cumplirse, en parte por la presión ejercida por Elisabeth Nietzsche, la hermana del filósofo, que no veía con buenos ojos la influencia de la joven rusa suponía para el pensador. 

El rechazo no sentó bien a Nietzsche, que dijo de Salomé que «por la gran fuerza de su voluntad e inteligencia absolutamente original, estaba predestinada para algo grande; por su moralidad, la cárcel o el asilo podían ser más adecuados». 

Lou, no obstante, sí vivió una relación platónica con Paul Rée, con el que participaba en reuniones intelectuales en las que ella, al ser la única mujer, terminó siendo apodada «la dama de honor». Muchos de estos eruditos le pidieron la mano, especialmente tras salir a la luz su primer libro bajo el pseudónimo de Henri Lou, En la lucha por Dios, pero seguiría rompiendo corazones hasta que llegó la excepción: Friedrich Carl Andreas. 

El amor llegó tras el matrimonio

Las malas lenguas decían que ante el rechazo de Salomé, Friedrich Carl Andreas habría amenazado con suicidarse clavándose un puñal en el corazón; el rumor, sin embargo, nunca se confirmaría. Lou aceptó casarse, eso sí, con una condición: nunca tendrían relaciones sexuales entre ellos, una cláusula que no impidió que la recién desposada Lou Andreas Salomé tuviera varios amantes durante los años que duró su matrimonio. Todas aquellas relaciones, sin embargo, terminarían cuando conoció al verdadero amor de su vida: René, al que rebautizó como Rainer Maria Rilke, un gran poeta y de quién ella se convirtió, además de amante, en mentora. Su amor duró hasta que él murió en 1926, si bien nunca se casaron. 

A sus 55 años, Salomé conocería también a Sigmund Freud, por aquel entonces aún menos célebre que ella. La amistad que trabaron entre ambos la llevó de nuevo al centro de Europa, donde fue incluida en el Círculo Psicoanalítico de Viena. Salomé empezó entonces a dar terapia en Gotinga, Alemania, donde pasaría el último lustro de su vida: falleció a los 73 años a causa de una insuficiencia renal, acosada a la vez por la Gestapo –instigada por la hermana de Nietzsche–, responsable de la destrucción de su biblioteca tras su muerte; afortunadamente, sus obras y sus epístolas pudieron conservarse para la historia.   

Un pensamiento rechazado por las mujeres

Lou Andreas Salomé fue una mujer admirada por muchos hombres por su inteligencia y su capacidad de escuchar y extraer nuevas ideas, pero sus ideas acerca de la igualdad de género no terminaron de ser aceptadas entre las mujeres de la primera ola del feminismo.

La filósofa defendía que las mujeres no conseguirían la igualdad compitiendo contra los hombres y comportándose como ellos, una actitud que ella veía impuesta «por el mundo de los hombres». Según ella, las mujeres debían abrazar su feminidad y sus diferencias y conseguir que los hombres encontraran «su lado femenino», que ella creía «tan profundo como su masculinidad». Ideas que, hoy, aún resultan polémicas.

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