«La circularidad es importante desde el punto de vista de la participación»

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«El usuario está infrarrepresentado», asegura Gustavo Samayoa, presidente de la Federación de Usuarios y Consumidores Independientes (FUCI). A su juicio, ese es uno de los grandes retos para alcanzar el éxito de la transición circular: involucrar al ciudadano como parte activa de un sistema productivo y de consumo que tiende a colocarlo como último eslabón. La información, la escucha y el compromiso desde un enfoque de corresponsabilidad, explica, son imprescindibles para que la economía circular, cooperativa por definición, pueda implementarse y funcionar. Un desafío que, por ahora, parece resistir a pesar de los baches creados por la pandemia y el conflicto en Ucrania.


Uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) más destacados es el número 17, que hace hincapié en la necesidad de cooperación. De cara a retos como la transformación del modelo de producción y consumo en clave circular, ¿qué importancia cobran las alianzas entre los agentes implicados en la transición?

Estamos en un momento complicado en el que hay que contar con alianzas de todo tipo. El consumidor, en este sentido, está en la base de todo. Nosotros entendemos que la circularidad es importante desde el punto de vista de la participación y el compromiso activo; es decir, no se trata solo de ser circular en el producto, sino de incorporar la participación ciudadana y la responsabilidad social como factores determinantes. En otras palabras, las personas consumidoras deben involucrarse no solo a la hora de comprar, también a la hora de demandar, por ejemplo, una responsabilidad social corporativa o un sistema eficiente de reciclaje. Toda la cadena tiene que ser circular para que el proceso termine siendo común y se encuentre en equilibrio de unos y otros.

Sin el impulso del sector público parece difícil alcanzar una transición real hacia un sistema circular, pero también lo parece sin el apoyo decidido del sector privado. ¿Cómo afianzar ese tándem de forma efectiva?

El sector público ya lo está haciendo; es decir, está legislando, y mucho. Otra cosa es que cuente con todos los agentes, que son los que están involucrados en la vida diaria. De no hacerlo, difícilmente podrá lograr unas normas adecuadas. Nosotros estamos en varios estamentos, como el Consejo de Consumidores o el Consejo de Transporte. Lo que hacemos es intervenir, trabajar en la norma para que esta se desarrolle de acuerdo a los intereses que representamos y el bien común. El consumidor, de hecho, todavía hoy está infrarrepresentado: te dejan opinar –como ocurre en los trámites de audiencia–, pero el recorrido posterior no es siempre satisfactorio. No todo el trabajo que aportamos se ve finalmente en la norma definitiva y quizá debiéramos trabajar desde el inicio de cualquier proceso.

«El consumidor se debe involucrar a la hora de comprar, pero también a la hora de demandar una responsabilidad social corporativa o un sistema de reciclaje eficiente»

La construcción de un nuevo paradigma que involucre a los consumidores en un enfoque más circular que integre el aprovechamiento de los recursos, menor generación de residuos, la reutilización y el reciclaje implica conducir al sistema hacia nuevos modelos y nuevas formas de interacción ciudadana hasta ahora inexplorados. Ante este reto, ¿cuál es el potencial de la escucha mutua, el diálogo y la cooperación entre los diferentes actores del ecosistema en el camino por diseñar un futuro circular?

El mayor potencial es alcanzar el objetivo: un medioambiente mejor, un consumo sostenible y una mayor participación ciudadana. Este último eslabón es el más importante porque al final, por mucha norma que haya, si el consumidor no participa no hay nada que hacer. Esto se percibe especialmente en acontecimientos como la pandemia o la crisis bélica en Europa, que hacen que el perfil del consumidor vaya cambiando, a veces drásticamente. La guerra en Ucrania, por ejemplo, está provocando que nos centremos en la distribución y en los precios, y si la circularidad se interrumpe, podemos llegar a unos nuevos hábitos que nos lleven hacia un consumidor mal alimentado o uno que opte por abandonar los buenos hábitos que tanto ha costado adquirir, como el reciclaje. Se trata, por tanto, de formar al consumidor, no de vigilar y sancionar. Convencer para vencer. El consumidor, además, debe recibir un feedback. Los niños aprenden mucho y rápido, pero los mayores siguen adelante con lo que tienen, aunque suelen estar muy comprometidos con las causas ambientales. Y, mientras tanto, los jóvenes se mantienen reacios en cierto modo y se preguntan: ¿qué me estás dando cuando yo te estoy dando a ti todo? En ese sentido, en la universidad estamos trabajando muy bien porque nos centramos más en pedir ayuda y cooperación que solo en informar. Preguntamos, por ejemplo, qué es lo que se debería hacer o modificar, porque cuando involucras a la gente de esa manera ve que el esfuerzo tiene una recompensa. Un ejemplo de todo esto es RECICLOS de Ecoembes que está implementándose con mucha rapidez por todo el país por una sencilla razón: le dice a los ciudadanos que su esfuerzo va a ir aparejado con un beneficio social o ambiental directo.

¿Qué rol puede jugar la innovación a la hora de implantar la economía circular? ¿Es posible que los cambios tecnológicosa su vez, unidos a otros como el ecodiseño, la facilidad informativa…– sea la clave de nuestro horizonte más cercano?

La innovación es muy importante, es lo que socialmente nos hace avanzar. Hay que estar cada día preocupado por lo que te demandan, pero siempre contando con el de enfrente, con el que va a recibir tu innovación y necesitas para que funcione. Si tú escuchas y sabes interpretar al usuario o consumidor al que va dirigido el producto, el feedback va a ser un 90% efectivo.

«Si las oportunidades se desequilibran, deja de haber una circularidad total»

¿Están adecuadamente coordinados todos los agentes para poder llevar a cabo proyectos con transformaciones reales en materia de circularidad? ¿Qué debería cambiar?

Depende, en parte. Al final, la circularidad es sencilla: se trata de racionalizar la producción y la gestión de los residuos para hacer el mejor uso de los recursos. En cuanto a la coordinación de los agentes, lo cierto es que no creo que lo estén de forma adecuada todavía, y falta por desarrollar el concepto de colaboración público-privada. Seguimos demandando una situación de normalidad auspiciada, por ejemplo, por la eliminación de la obsolescencia programada o la garantía de reparación de los aparatos. Tiene que haber un interés en vender pero teniendo siempre presente una trazabilidad que haga que la cadena siga funcionando y circule de forma adecuada y justa. No se puede dejar a nadie atrás; por supuesto, tampoco a los intermediarios o a las empresas que venden sus productos.

Desde organizaciones como FUCI (Federación de Usuarios y Consumidores Independientes), se está empezando a introducir la idea de «consumidor circular». ¿Cómo cambia este concepto la idea que teníamos del consumidor?

Queremos que el consumidor se involucre en su actividad diaria. Es decir, que no solo gaste dinero y compre, sino que también forme parte del sistema de reciclaje, la compra de productos sostenibles o incluso la lectura de ecoetiquetas. Como ciudadanos tenemos que aportar a esa cadena; tenemos que creer en lo que hacemos, si no, se rompe.

¿Qué hábitos deberían interiorizar los consumidores para ser eco responsables?

El esfuerzo existe, claro. Sin ir más lejos, el reciclaje lo demuestra: hay familias que a lo mejor tienen una cocina de tres metros donde aparentemente no caben los contenedores y, sin embargo, se esfuerzan por hacerlo, y lo hacen porque son conscientes de que hay un retorno emocional y ambiental, un beneficio social a largo plazo que nos favorece a todos. Pero eso sí, en cuanto a los hábitos el factor principal es el conocimiento y la información. Un ciudadano informado siempre busca la mejor decisión de compra, en función de sus principios de referencia.

«No se trata solo de ser circular en el producto, sino también de incluir a la ciudadanía»

¿Cómo podemos garantizar que la transición verde sea también justa y no deje atrás a los más vulnerables?

La transición justa es esencial, pero es complicada. El año pasado se logró que España reconociera no solo la vulnerabilidad económica, sino la vulnerabilidad por género, por edad o por discapacidad. Nosotros apostamos también por esos ciudadanos. Por ejemplo, en el grupo de los mayores de 65 años todavía hay un gran porcentaje que no entra en internet; y eso que hablamos de personas con un balance económico positivo. No podemos dejar atrás los colectivos que no quieren o no pueden acceder a los mismos recursos. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la España vaciada. Tenemos que pensar en la vulnerabilidad porque todos podemos ser vulnerables en cualquier momento de nuestra vida. Si las oportunidades se desequilibran, deja de haber una circularidad justa.

¿Cree que el consumidor es consciente de los avances impulsados por los cambios normativos para lograr un consumo más responsable? Por ejemplo, la reciente normativa sobre la recogida separada de materia orgánica, las restricciones a los plásticos de un solo uso o el impulso al PET reciclado. ¿Deberían mostrarse de forma más fácil y atractiva?

Yo creo que al consumidor no se le involucra del todo, pero es que además tampoco se le informa ni adecuadamente ni lo suficiente, y más en temas complejos. No sabe de qué se está hablando, de cuáles son los hábitos adecuados para la sostenibilidad o lo que es un producto de precio justo. No obstante, hay un problema con el etiquetado y es que cabe lo que cabe: si queremos que el usuario lea el etiquetado y lo interprete adecuadamente, debe ser ‘educado’ previamente. Un consumidor medianamente formado va al supermercado y no se lee la etiqueta porque simplemente no la comprende. Es fundamental, es evidente, pero lo que debe llevar el etiquetado es una información adecuada para el consumidor, que se ajuste a sus demandas y esté plenamente normalizada en todos los productos. Hay mucha normativa, se legisla y hay sobreinformación en muchos casos, pero una vez bajas al ring te das cuenta de que prácticamente todo sigue igual y los avances son lentos e incompletos.

«Se trata de formar al consumidor, no de vigilar: convencer para vencer»

Según Kantar, seis de cada diez consumidores españoles opinan que la sostenibilidad no es su responsabilidad. ¿Cómo podemos concienciarles de que son una pieza esencial a la hora de implementar los cambios adecuados?

La responsabilidad es de todos, por supuesto, pero el eslogan suele decir «tú sé responsable». El consumidor, entonces, dice: «¿por qué iba a ser yo responsable si ni siquiera todos los agentes implicados lo son?» El usuario, además, espera que le digan cuál es su responsabilidad y cómo aplicarla.

¿Qué valor cobra la colaboración y coordinación entre distintos actores a la hora de lograr una divulgación efectiva que nos dirija hacia un modelo circular exitoso?

Creo que es fundamental: la fuerza de una cadena está siempre en cada uno de sus eslabones, aunque la cadena no va a ser perfecta nunca, siempre va a estar en continuo proceso de mejora. El consumidor no está tan solo para comprar un producto, sin más. Debe conocer toda su trazabilidad y sentirse involucrado… Entonces estará comprometido porque verá lo que está consumiendo, por qué y qué objetivos se persiguen. Pero no se puede imponer nada a nadie si no se le informa. Es muy importante que todos (productores, distribuidores, consumidores) estemos involucrados en la circularidad.

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