Sociedad

«La culpa es lo primero que aparece cuando intentas hablar de un abuso»

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05
Abr
2022

La novela de no-ficción con la que Belén López Peiró (Buenos Aires, 1992) se estrenó en el mercado literario argentino hace un par de años, ‘Por qué volvías cada verano’ (Las AFueras), se convirtió en un fenómeno de ventas y crítica por su calidad literaria, pero también porque López Peiró contaba una historia personal: la suya. El relato sobre el abuso sexual que vivió a manos de un familiar convirtió esta obra en una poderosa herramienta de denuncia. «La literatura es el arma que yo encontré», señala al otro lado del teléfono. ‘Donde no hago pie’, su segunda novela, acaba de ser publicada en España por la editorial Lumen y da continuación a lo que narraba en su debut. 


En Donde no hago pie narras una parte muy importante que no suele protagonizar las historias literarias sobre abusos: que es el proceso judicial que sigue a la denuncia y el peaje que supone para la salud mental y física de la víctima. ¿Qué te ha llevado a centrarte en este aspecto?

Yo ya había publicado Por qué volvías cada verano, que se publicó en Argentina en 2018. Pocos meses después de publicar Por qué volvías cada verano recibí la noticia de que la causa se elevaba a juicio oral y que el acusado había solicitado juicio por jurado, una práctica que se empezó a implantar en 2015, aunque no en todas las provincias. Por aquel entonces era algo que todavía no tenía mucho registro, por lo que no tenía mucho donde buscar. La única información que tenía estaba relacionada ver con casos de fuera: por ejemplo, el libro de Emmanuel Carrère que habla sobre el caso de Jean-Claude Romand, que sucedió en Francia;  Matar un ruiseñor, de Harper Lee, en Estados Unidos, o Laëtitia o el fin de los hombres eran casos atravesados también por la justicia. En todos estos ellos, cuando buscaba información, un refugio, me encontraba con que la víctima estaba muerta porque, en general, eran casos de feminicidio o de violación seguida de feminicidio. Me di cuenta entonces de que investigar por mí, ser protagonista e investigadora al mismo tiempo, era interesante llevarlo a la literatura para que otras personas que comiencen a atravesar esta situación tengan ese amparo que yo no tuve o sepan a qué se enfrentan cuando hacen una denuncia ante la justicia argentina.

¿Qué papel tiene la literatura a la hora desahogarse? ¿Puede servir como una especie de terapia?

Por qué volvías cada verano lo escribí en un taller de escritura y fue algo catártico, porque llevar al taller las voces de mi familia, contar el abuso, me alivió mucho. Sentía que había algo que se estaba transformando. Sin embargo, fue solo un breve momento. Lo que me interesaba era más la literatura que mi vida en sí, o que el hecho del abuso en sí; me interesaba poder escribir una obra valorada no solo por la denuncia, también por la calidad literaria. Y a partir de ese momento mi trabajo, mi dedicación, mi visión, se concentró en eso. Hay que realizar ahí un distanciamiento. Creo que fue lo que a mí me sirvió de entrada; no lo padecí, sino que asumí que trabajando la literatura podía por momentos trabajar mi vida. De ahí mi voluntad de trabajar todas las herramientas que tienen la literatura y el periodismo en esa delgada línea de lo que son las novelas de no ficción, con la impronta latinoamericana de la denuncia.

«El 80% de los abusos intrafamiliares ocurren en las casas a manos de padres, de abuelos, de tíos, de vecinos, de mejores amigos»

Leyendo ambas historias acabé acordándome del documental sobre la historia de Nevenka Fernández. También ahí se habla mucho de cómo debe parecer una víctima. A ti llegan a recomendarte que intentes parecerte lo más posible a cómo eras a los 13 años, ya que darás más pena. ¿Por qué seguimos aceptando esas ideas? ¿Qué falla en nuestras sociedades para que sigamos pensando cómo debe ser una víctima y qué esperamos de ella?

Sigue fallando porque seguimos hablando de la justicia y la justicia es una institución patriarcal que defiende ideales machistas que existen hace cientos de años. Es lo que le pasa a la mayoría, con la dilación judicial pasan diez años y tú ya estás haciendo tu vida, y de pronto, aún hay una causa abierta por denuncia de acoso sexual. Si me hubiese quedado detenida en el tiempo, en esa primera denuncia, ¿qué hubiese hecho con mi vida?Cuando el juicio por jurado, con esa declaración que tengo que dar ante doce personas que son hombres y mujeres que vivían en mi pueblo y sus alrededores, me dijeron «tienes que intentar parecerte a esa niña indefensa que este tipo violó cuando teníais 13 años», como si por tener ya 30 años mintiera. Esta es una cuestión que atrasa muchísimo los procesos y que no puede sacarse de ahí si no hay una reforma judicial, si no empezamos a pensar qué tipo de reparación queremos. Entendemos que la justicia ofrece una reparación, que es la cárcel para los acosadores. Pero solo si llega. Diez años de dilación es una barbaridad.

También logras capturar en tus páginas esa sensación de culpa que sufre la víctima de abusos sexuales. ¿Cuál es la razón detrás de esta?

Ante todo, lo primero que sabemos es sentir culpa. Y eso tiene que ver con nuestra formación religiosa, con lo que nos enseñaron nuestra familia y nuestras escuelas. Por lo menos en mi caso, pues en Argentina era muy normal que a las chicas las enviaran a escuelas religiosas donde lo primero que enseñan es la culpa. Culpa por no hacer la tarea, culpa por no terminar el plato de comida, culpa por vestir la ropa que vistes mientras hay otros chicos que no tienen que ponerse… La culpa es algo fundacional en las sociedades occidentales de hoy, principalmente debido a la religión. Esto no escapa a otras instituciones patriarcales. La institución de la familia es una institución que promueve la culpa. Y eso que durante muchos años se habló de la familia como el lugar refugio, como el lugar bendecido que había que cuidar. Esa frase de «los trapos sucios se lavan en casa» que busca evitar nombrar los asuntos privados en espacios públicos porque difamaba a la familia. Después de mucho tiempo nos dimos cuenta de que no es así: el 80% de los abusos intrafamiliares ocurren en las casas a manos de padres, de abuelos, de tíos, de vecinos, de mejores amigos. Muchas veces tiene que ver con roles de cuidadores.

«Sientes culpa después del abuso, pero también después de denunciar porque lo primero que la justicia hace es juzgar a la víctima»

La culpa es lo primero que aparece cuando intentas hablar de abuso. Es vergüenza por no haber podido hablar antes, por no haber dicho que no, por romper a toda una familia. Pero también sientes culpa después de denunciar, y hacen que lo sientas las personas con las que hablas cuando empiezan a preguntarte cosas a ti en vez de preguntar al abusador por qué viola. Lo primero que se hace es juzgar a la víctima, y eso no proviene solo de la familia o de la religión: aparece recurrentemente en los medios de comunicación con titulares que hablan sobre que la víctima volvía tarde a su casa, salió con un vestido o seguía yendo al trabajo aunque decía que su jefe la acosaba. La culpa siempre está en la mujer que denuncia.

En Donde no hago pie hablas directamente de la iniciativa #NiUnaMenos. ¿Ha ayudado la cuarta ola de feminismo a hablar más de estas historias? ¿Sientes que te dio fuerza o apoyo en el proceso de denuncia? ¿O que está creando un contexto en el que se habla más de acoso o abuso sexual?

Cuando yo denuncié en 2014 no existía aún el #NiUnaMenos en Argentina. Era un momento en el que el abuso quedaba puertas adentro, no tenía un colectivo que pudiera respaldarme. Después, con la primera manifestación en 2015 y cada año posterior, empezaron a de alguna manera a nombrar estas violencias cotidianas, a desnaturalizarlas. Vi entonces que no era la única que había vivido una situación así, que había otras personas que estaban ante la justicia denunciando a sus abusadores. No sé si hubo un cambio a nivel judicial porque mi causa no es un ejemplo de esto al seguir abierta tantos años después, pero sí que me sentí acompañada porque entendí que lo que había vivido era parte de mi vida pero no me definía, y que podía transformar ese hecho en una obra muy poderosa que atraviesa fronteras. Eso también es feminismo.

Aunque no denunciaste hasta la edad adulta, esto es algo que viviste en la adolescencia. Es un patrón común. De hecho, las denuncias que ahora se están viendo en España de abusos en la iglesia católica son presentadas por adultos que vivieron de niños esa situación hace ya décadas. ¿Hemos fallado como sociedad a la hora de respaldar a las víctimas?

Sí. El problema es la falta de educación sexual en las escuelas, donde durante años las familias se han negado a que se tratara porque preferían hacerlo en casa. Siempre estamos en el después. No solo no tenemos una justicia que respalde a las víctimas, tampoco una sociedad dispuesta a darles las mismas oportunidades a sus hijos para que puedan hablar, para poder entender qué significa consentimiento. En la violencia sexual y la diversidad sexual muchas veces no tuvimos las posibilidades sobre la mesa. Pensamos que teníamos que ser únicamente hombres, únicamente mujeres. Creo que es un grave error social que tenemos que revertir, porque si no esto no va a cambiar. Tenemos que encontrar un tipo de reparación, una manera de seguir viviendo sin que nuestra vida nos vuelva víctimas permanentes. Pero ¿qué pasa con los niños y las niñas si no hacemos algo? Quien abusa una vez, abusa más. Muchas personas que se animaron a hablarlo lograron salvar a sus hermanas, primas y sobrinas, incluso pagando un precio altísimo. Me parece que es algo que tenemos que revertir de forma colectiva y que no debe quedar solo en manos de las mujeres porque esto también tiene que incluir a los varones. ¿Qué pasa con los padres, con los abuelos? Son igual de responsables. Muchas veces la responsabilidad cae en la madre, pero ¿qué pasa ellos?

¿Cómo ves el futuro social en estos temas, cuando por ejemplo en España hay partidos políticos que rechazan las leyes de violencia de género o en Estados Unidos surge esa oleada de acciones para evitar que los niños lean en las escuelas sobre diversidad sexual?

Estas personas existieron y seguirán existiendo. En Argentina también pasa. Es muy difícil que la extrema derecha se erradique. Sin embargo, también creo que cada vez hay una mayor persistencia del pueblo. Hay derechos conquistados. Existen movimientos, existe una fuerza y esperamos que sea suficientemente fuerte para seguir avanzando.

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