Sociedad

¿Seremos víctimas de la moral del futuro?

Debemos aceptar que vivimos en un mundo incierto no solo en términos empíricos, sino también morales: del mismo modo que desconocemos cuándo llegará el próximo terremoto, no podemos asegurar que nuestros valores sean inmejorables

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25
Mar
2022
moral
‘Las tentaciones de San Antonio’ (c. 1650), por Joos van Craesbeeck.

En su Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias, redactado durante el siglo XVI, Bartolomé de Las Casas criticó en clave moral las atrocidades cometidas por los conquistadores contra los indígenas americanos. Su solución: importar más negros africanos, «naturalmente más inclinados al trabajo». Dos siglos más tarde, Thomas Jefferson escribió en su mansión de Monticello que «todos los hombres fueron creados iguales»; desde sus ventanas, sin embargo, podía contemplar la agonía de sus esclavos. Immanuel Kant fue uno de los pioneros de la democracia universal, pero según él las mujeres estaban incapacitadas para la vida pública

Ninguno de estos pensadores fue considerado retrógrado ni inmoral en su época. Hoy, por fortuna, las ideas del párrafo anterior sí nos resultan escandalosas. No hay generación cuyas creencias y costumbres hayan superado el juicio de la historia en su totalidad. Nosotros no seremos los primeros: es imposible anticipar cómo nos juzgarán nuestros nietos, pero creo que no les faltarán motivos para declararnos culpables, ya que podrán escoger desde la explotación animal hasta el abandono de las personas sin hogar. Sabernos moralmente tuertos no debería desilusionarnos, pero sí hacernos más tolerantes, humildes e inconformistas con el statu quo.

El psicólogo norteamericano Daniel Gilbert descubrió que tendemos a subestimar cuánto cambiaremos en el futuro. La mayoría observamos con ternura y vergüenza las tonterías que creíamos hace unos años y, sin embargo, creemos que el yo de hoy –tengamos 30, 40 o 50 años– ya es el yo definitivo. Como sociedad replicamos siempre esta ilusión, creyéndonos en la última estación de un tranvía llamado progreso.

«No hay generación cuyas creencias y costumbres hayan superado el juicio de la historia en su totalidad»

Conviene diferenciar entre inconsistencia e inconsciencia para comprender esta ilusión. Es difícil conocer a alguien cuyas acciones estén perfectamente alineadas con sus palabras y sus ideas. Esto nos hace inconsistentes: sabemos que deberíamos reciclar, pero a veces, por ejemplo, nos da pereza separar los residuos.

La inconsciencia parece más interesante, así como potencialmente más costosa. Hasta los años setenta, el origen del autismo se atribuía a las «madres nevera», a las que se consideraba incapaces de amar a sus hijos con el cariño necesario. Este diagnóstico devastaba a las madres y las estigmatizaba de por vida. Ahora sabemos que esta tesis es un disparate, pero hasta el cambio de paradigma, miles de médicos –hombres y mujeres honrados y bienintencionados– impartieron un sufrimiento atroz e innecesario de forma inconsciente.

Es imposible adivinar cuáles son las conductas y creencias actuales que escandalizarán a las generaciones futuras. Quizás nuestros nietos aprueben que hacinemos a 28 mil millones de animales terrestres –cuatro veces la población humana– en granjas industriales, negándoles con frecuencia cualquier libertad de movimiento o rayo de luz solar, mutilándolos, drogándolos y ejecutándolos en masa, pero cabe ponerlo en duda. Tampoco parece seguro que podamos explicarles que la convención social al pasar frente a un vagabundo sean dos segundos de culpa seguidos de un olvido indefinido. Por especular, incluso es posible que se lleven las manos a la cabeza pensando en la crueldad de nuestros sistemas penitenciarios. O quizás no, a saber.

Por supuesto, nuestros nietos tal vez erren donde nosotros acertamos. Ni la historia es un juez clarividente, ni el progreso moral está asegurado. La esclavitud en Estados Unidos empeoró en el siglo XIX hasta la Guerra Civil y la emancipación. Las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, desde Auschwitz a Nankín, no tienen rival en el siglo XVIII. A pesar de ello, considerar el juicio de la posteridad nos enseña tres lecciones para ser menos injustos. Primero, nos debería volver más tolerantes con quienes discrepamos. Echar la vista atrás confirma que buenas personas pueden tener ideas terribles. Además, tendríamos que aceptar que vivimos en un mundo incierto, no solo en términos empíricos, sino también morales: del mismo modo que desconocemos cuándo llegará la próxima recesión, el siguiente terremoto o una futura pandemia, no podemos asegurar que nuestros valores sean inmejorables. Por último, sabernos perfectibles nos puede hacer más inconformistas, valientes y abiertos a cambiar de opinión. 

Bartolomé de Las Casas encarnó esa tercera lección después de viajar a Lisboa, la capital europea del comercio de esclavos. Horrorizado por el sufrimiento de los negros, de Las Casas se arrepintió de su apoyo a la trata esclavista y redactó Brevísima relación de la destrucción de África, adjuntándolo como opúsculo de su obra sobre las Indias. Bartolomé rectificó sobre la esclavitud con más de 70 años: nunca es demasiado tarde para aprender.

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