Siglo XXI

Invierta (¿o quizá no?) en Matrix

Según Bloomberg Intelligence, la oportunidad de mercado que representa el metaverso puede alcanzar los 800.000 millones de dólares en 2024. No obstante, esta nueva tecnología presenta múltiples problemas, como las dificultades de accesibilidad, los daños al medio ambiente o las brechas de privacidad. ¿Es, realmente, lo que nos depara el futuro?

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10
Mar
2022
metaverso

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Cuando Sheldon Cooper, el protagonista de The Big Bang Theory, quiere dar un paseo para despejar la mente, vagabundea con su avatar por las calles del videojuego western Red Dead Redemption. Son las nueve de la noche y Cooper, aburrido, termina «bebiendo» alcohol en un pub virtual. La escena ya no es tan extraña: según algunos, puede convertirse en una realidad dominante dentro de tan solo unos pocos años. Personas como Raymond Kurzweil, director de ingeniería de Google, asegura que «a finales de la década, pasaremos más tiempo en el metaverso que en la vida real».

Todo apunta a que el metaverso está a la vuelta de la esquina, pero ¿es sensato invertir en la tecnología de los avatares y las relaciones telemáticas cuando parte de la población aún necesita ayuda a la hora de usar un cajero automático? A pesar de las predicciones, de hecho, ni siquiera está claro aún hasta qué nivel puede infiltrarse en nuestras vidas. Además, ¿podrá adaptarse a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que busca la Agenda 2030, en especial los que hacen referencia a la sostenibilidad? Un sinfín de preguntas revolotean alrededor de este concepto tan futurístico; las respuestas, por desgracia, solo las conoceremos una vez el sistema esté plenamente operativo. Por ahora tan solo podemos teorizar y observar las iniciativas que empiezan a despuntar tímidamente en esta área.

Meta pretende ser una plataforma que permita a los usuarios trasladar al mundo virtual todos los aspectos de la vida

Una de las propuestas más poderosas es Meta. Cuando las cloacas de Facebook, tras meses de escándalos, llegaron a su límite, Zuckerberg decidió dar un volantazo y cambiar el nombre de su compañía; pero Meta no es solo la alfombra bajo la cual se barren los problemas de Facebook: también busca ser una plataforma que permita a los usuarios trasladar al mundo virtual prácticamente todos los aspectos de la vida. De este modo, en el metaverso se hallaría no solo el trabajo, el ocio y la pura compraventa, sino también las interacciones y relaciones sociales que mantenemos hoy en la «vida real».  El metaverso de Zuckerberg, sin embargo, no es el primero de su índole. Hoy, algunos videojuegos como Fortnite o algunos espacios virtuales como The Sandbox o Decentraland ya ofrecen esta experiencia phygital: la de estar, a la vez, en el mundo físico y en el digital.

Una tecnología sibarita

El metaverso es un concepto que aparece por primera vez en 1992, en la novela Snow Crash, de Neal Stephenson, que lo definió como un «espacio virtual colectivo compatible y convergente con la realidad». Actualmente, se entiende como un mundo conectado y 3D accesible gracias a tecnologías como la realidad virtual, la realidad aumentada o gadgets como nuestro propio smartphone.

El principal objetivo del metaverso –trasladar gran parte de nuestras actividades cotidianas a diferentes mundos digitales– abre la puerta a un sinfín de nuevas oportunidades tanto para las empresas como para los trabajadores. Meta, por ejemplo, busca construir un espacio de trabajo a través de una suerte de videollamada 2.0 que permitiría reuniones de trabajo en una sala virtual, con un avatar para cada persona. De cumplir sus promesas, el trabajador no necesitaría vivir en un radio cercano al puesto de trabajo, un factor que, por ejemplo, podría favorecer el retorno al mundo rural. En este sentido, no fueron pocos los trabajadores que aprovecharon esta oportunidad con el impulso del teletrabajo durante el confinamiento. Con él pudieron mudarse a un lugar más tranquilo, alejado de las grandes y bulliciosas urbes, buscando nuevos hogares en zonas más rurales con un único requisito: una conexión aceptable a internet.

Con el metaverso se correría el riesgo, una vez más, de ensanchar la brecha que divide a los más vulnerables de los más poderosos

El metaverso, no obstante, generará un movimiento mucho mayor de datos que una simple videollamada, por lo que una conexión básica a la red podría no ser suficiente; esto volvería a «castigar» de nuevo al mundo rural. No es el único inconveniente material: las familias más empobrecidas también sufrirían el peso de la irrupción del metaverso por la simple razón de que los gadgets que nos permitirían la entrada e interacción en él –como las gafas de realidad virtual o los sensores de movimiento– son cada vez más costosos debido a la escasez actual de chips. La accesibilidad, por tanto, no es sencilla. Se correría el riesgo, una vez más, de ensanchar aún más la brecha que divide a los más vulnerables de los más poderosos, una tendencia continuista con la recuperación económica tras la pandemia: los ricos han salido más ricos; los pobres, más pobres.

¿La gallina de los huevos de oro?

A pesar de los inconvenientes que presenta, según el Bank of America, el metaverso es una de las 14 tecnologías que, junto a los hologramas, el 6G, la inmortalidad o la minería verde, revolucionará nuestra vida. El proyecto es de tal magnitud que Bloomberg Intelligence ha calculado que la oportunidad de mercado puede alcanzar los 800.000 millones de dólares en 2024; es decir, en tan solo dos años. «Generarán una economía robusta que abarcará desde el trabajo al ocio, al tiempo que transforma industrias y mercados de larga tradición, como las finanzas, el comercio, la educación, la salud y el fitness, así como el entretenimiento para adultos», señalan desde Bank of America.

Pero ¿podría el metaverso, por ejemplo, ser el mundo soñado donde se cumplieran los Objetivos de Desarrollo Sostenible que marca la Agenda 2030? Lo cierto es que podría, pero es difícil. En primer lugar, porque el enorme tráfico de datos y almacenamiento que requiere la tecnología no es, por ahora, compatible con la lucha contra el cambio climático. A ello se suma que, además, algunos expertos prevén que las criptomonedas y los NFT se popularicen como moneda de cambio en el mundo virtual, dos métodos cuya obtención –a través de la minería virtual– requieren ingentes cantidades de energía. De hecho, el Índice de Consumo de Energía de Bitcoin coloca la minería de criptomonedas a la altura del consumo energético de Tailandia, la emisión de CO2 a la par de Chequia y la generación de basura electrónica como equivalente a la de Países Bajos.

Por otro lado, el metaverso tampoco puede garantizar la igualdad entre géneros; básicamente, se trata de un mundo donde la ley la hace el que paga. La discriminación por etnia o raza, las agresiones verbales o virtuales a las mujeres, el odio a las minorías e incluso la democracia: todos los logros conseguidos en el mundo real podrían desvanecerse en el metaverso, que podría convertirse en un mundo sin ley ni juez; un mundo donde la ética fluctúa según el talante de la empresa propietaria de cada metaverso en particular. 

Algunos escándalos, como las brechas de seguridad de Facebook o el uso de los datos por parte de Cambridge Analytica, han hecho que la sociedad mire con recelo no solo a la empresa de Mark Zuckerberg, sino a cualquier otra que pretenda erguirse como un espacio virtual donde convergen miles de personas detrás de la máscara de un avatar. Muchos se quedarán atrás en este nuevo universo y otros sufrirán abusos que en la vida real podrían ser castigados. La lucha por el medio ambiente, además, será complicada. Pero hoy, cuando el metaverso aún va en pañales, es el momento idóneo par decidir cómo se formulará este mundo virtual en el que acabaremos pasando, muy seguramente, largas horas de nuestra vida.

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