Sociedad

«El mal dormir no es un fracaso moral, sino una predisposición del cuerpo»

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11
Mar
2022
David Jiménez Torres

Esta noche, David Jiménez Torres (Madrid, 1986) ha dormido mal. Lo confiesa al final de la entrevista y, aunque apenas se percibe, no nos sorprende: forma parte de esa comunidad de «maldurmientes» a la que él mismo ha puesto nombre y voz en su libro ‘El mal dormir. Un ensayo sobre el sueño, la vigilia y el cansancio’ (Libros del Asteroide, 2022). Doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Cambridge y actual investigador posdoctoral en la Universidad Complutense de Madrid, Jiménez explora la experiencia humana del sueño desde su faceta más oscura: el estado de vigilia.


Si empezamos por el principio, desde un punto de vista biológico, ¿qué falla en aquellos que duermen mal?

Muchas cosas: según los expertos, hay más de 100 trastornos de sueño distintos. No obstante, lo que me interesa –porque es mi caso y está muy extendido– es el problema de los cronotipos. Es decir, el hecho de que muchos de los que tenemos dificultad para conciliar el sueño tenemos el cronotipo búho o vespertino, lo que significa que nos dormimos más tarde que los ritmos normales de nuestra sociedad por una predisposición genética sobre la que tenemos muy poco poder. En estos casos, la tarde y la madrugada son para nosotros los momentos de mayor lucidez y de capacidad de trabajo. Si logramos conciliar el sueño podremos dormir ocho horas, pero el problema es que si te tienes que levantar a las 6:30 o a las 7:00 para ir al trabajo, esa condición te condena a vivir perpetuamente cansado. 

¿De ahí esos torbellinos de palabras que, sostienes en el libro, irrumpen cuando se apaga la luz?

Sí, la intensidad mental que muchos sentimos en la vigilia –nuestra cabeza va a mil y los pensamientos están disparados– se debe precisamente a que el cerebro está más lúcido. Parece que se pregunte: ¿cómo nos vamos a dormir ahora si por fin he despertado? Esto es muy interesante, porque es frecuente escuchar a gente decir frases como «soy nocturno» o «trabajo mejor de noche», pero creo que no tienen conciencia de que se debe a un factor genético que hace que vivas peleado con los horarios de sueño mayoritarios en nuestra sociedad. 

¿No hay nada que podamos hacer para cambiarlo?

Según dice Matthew Walker en su libro Por qué dormimos, no solo es algo que no podemos cambiar, sino que, además, lucha contra una de las creencias que tenemos los maldurmientes: que si no dormimos bien es culpa nuestra, que no somos lo suficientemente disciplinados y maduros. Existe una herencia cultural que identifica como un rasgo de inmadurez e incluso de pereza el hecho de no poder levantarte por la mañana a la hora que deberías. Tenemos esta idea de que el adulto de verdad es el que se despierta pronto y está perfectamente duchado y listo para trabajar y enviar ocho e-mails desde primera hora. Por eso creo que está bien entender que el mal dormir no es un fracaso moral, que es como muchos lo ven, sino sencillamente una predisposición de nuestros cuerpos sobre la que no tenemos poder. 

«Lo onírico nos parece fascinante, pero creemos que no vale la pena hablar de la escasez de sueño»

¿Cuánto pesa este estigma sobre aquellos que no duermen bien? 

Hay pocas cosas que señalen tanto la entrada en la vida adulta como la entrada en los ritmos del mundo laboral. Si eres incapaz de adaptarse a esos horarios, que a partir de la industrialización implican –de manera estandarizada, aunque hay diferencias entre el sur y el norte de Europa– empezar temprano, es porque hay algo en ti que es preadulto, incluso infantil. Esto redunda en la idea de que muchos maldurmientes tienen el síndrome del impostor en el trabajo. Tienen la sensación de estar rodeados de personas que están donde deberían estar porque se les ve descansados, muy productivos, pidiéndote cosas y enviando tablas de excel desde el primer minuto, cuando tú vas por el segundo café de la mañana y no consigues arrancar. Sientes que el mundo está viniendo hacia ti como una locomotora y tú no consigues apartarte. 

Muchos estudios y encuestas aseguran que hablamos de millones y millones de personas que padecen insomnio y, sin embargo, su remedio sigue siendo un misterio. ¿Por qué crees que se le ha prestado tan poca atención a un problema de tal magnitud? 

El sueño es muy complicado y misterioso de estudiar en términos médicos: todos sabemos que si pinchas a alguien que está durmiendo se despierta. Hablamos del sueño natural, no de la anestesia artificial. Además, los desarrollos científicos sobre ello son relativamente recientes; incluso la historia social y cultural del sueño es muy difícil de analizar. ¿Cómo reconstruir lo bien o lo mal que dormía un campesino de Valladolid del siglo XIX? Puedes ir a los textos que hayan podido sobrevivir o intentar reconstruir los horarios de cuando, por ejemplo, sonaban las campanas de las iglesias para averiguar a qué hora se iban a dormir. No obstante, los maldurmientes sabemos que el problema no es a qué hora te acuestas, sino a qué hora te duermes. Teniendo eso en cuenta, la única evidencia que podemos encontrar es anecdótica, porque hasta hace tres o cuatro generaciones la mayoría de la población era analfabeta y no pudo dejar documentos. Además de esas dificultades objetivas, las culturas han sentido una enorme fascinación por los sueños, y eso ha restado interés por el sueño en sí. No ha sido hasta hace muy poco que hemos descubierto lo importante que es para la salud el sueño. Luego, la historia literaria del insomnio es muy rica, pero siempre se ha planteado el problema como algo personal o como una angustia individual. Nunca se ha tratado de crear una panorámica social y colectiva. Por ejemplo, un caso muy claro es el del Lazarillo de Tormes, con quien tenemos muy poco parecido en cuanto a bienes materiales, pero cuando protesta «mas maldito el sueño que yo dormí» es algo tan natural y espontáneo que cualquier persona del siglo XXI puede sentirse identificado con ello. 

La literatura, como comentas, está plagada de noches en vela. ¿Se ha romantizado o idealizado de alguna manera el insomnio?

Existe una imagen romántica, no tanto del insomne como de la persona que continúa trabajando cuando los demás descansan. Suele ofrecerse una relación causal que dice: si esta persona logró tanto es porque trabajaba más que los otros. Hay un elemento de virtud calvinista que relaciona a quien consigue anteponerse al sueño como antítesis de la pereza. Es decir, se repite la idea de la virtud del que trabaja de noche o del creador genial que está entregado a la inspiración o a las musas y está tan embebido de su propia creación –se tiene que poner a crear, pintar o escribir– que no puede descansar. Aquí está también la noción de causalidad: es su idea de genialidad la que le impele a ser nocturno o insomne. Ahora bien, hay que tener claro que gravitamos hacia lo más llamativo, por eso nos interesa más el caso de Nabokov o el de Kafka, que consiguieron crear obras literarias con muy poco sueño, que el de las decenas de autores que trabajaban perfectamente por la mañana. Y seguro que nos saldrían listas larguísimas de grandes creadores que no estaban peleados con el sueño, por eso invito a romper un poco con estos mitos culturales; no reflejan la realidad. Por decirlo de otra manera: estoy convencido que el mal dormir es algo que sencillamente sucede, no es algo que indique que vas a ser un elegido por la providencia para hacer grandes cosas o cosas así. Seguro que en el siglo XIX también había mineros en Sheffield que tenían problemas de sueño, lo que pasa es que ellos no lo han dejado por escrito; Dickens sí. 

«Es difícil que la conciencia de comunidad perfore la profunda soledad que uno siente en la vigilia»

Los problemas laborales, familiares o de salud son algunas de las angustias que invaden la vigilia. Incluso pueden llegar a aparecer angustias trascendentales con preguntas como «¿Hay alguien ahí?» o «¿Estoy solo en el universo?». ¿No crees que esto refleja de alguna manera el estado anímico de la sociedad del siglo XXI? 

Hay un cierto principio de incertidumbre; es difícil saber las diferencias entre los maldurmientes de hoy y los de antes. Aunque el contenido de nuestras angustias varíe, hay cosas que pueden permanecer. Al final, la idea de que la vigilia es un momento especial para plantearse las grandes preguntas de la existencia procede de una herencia cultural y de la propia historia de la religión. La mística de la tradición cristiana, por ejemplo, tiene una relación muy fuerte con la noche. Hasta el propio Jesucristo busca muchas veces la noche como un espacio privilegiado para la oración y para comunicarse con Dios. La idea de la noche como un espacio en el que desconectas del ruido del mundo es muy interesante, y aunque muchas veces conduce a angustias, otras lleva a momentos gozosos. La noche oscura del alma, de San Juan de la Cruz, es precisamente el encuentro gozoso de Dios a través de la noche y de la oscuridad. Es la tranquilidad de la vigilia lo que le permite ese encuentro feliz. A medida que nos acercamos al siglo XX, donde aparecen las corrientes de pensamiento existencialistas, el mundo ya no está significado por el pensamiento silencioso, sino por el cuestionamiento de la divinidad y de que en vez de un dios haya una nada. Este planteamiento también se inserta en la vigilia y nos deja citas como la de Cioran, que dice que cuando estás en el insomnio estás solo con la idea de la nada. Alguien del siglo XVI no podría haber dicho eso porque no pensaba que la nada existiera, pero ambos comparten algo similar: la vigilia como oportunidad para buscar algo mayor. Una de las mejores metáforas de la vigilia es para mí Esperando a Godot, donde dos personajes hablan de manera inconexa durante dos horas y media esperando a esta figura que es Godot –un juego de palabras en inglés con la idea de la divinidad–, que igual aparece o igual no. Con la vigilia sucede igual: tu cabeza está inmersa en un monólogo interior constante, donde aparecen palabras, recuerdos y frases de manera caótica, esperando a que llegue algo mágico, que es el sueño que igual se presenta en un minuto o igual se hace esperar. 

Tiendas abiertas 24 horas, programas de televisión que no terminan, las redes sociales siempre disponibles, jornadas laborales que se alargan hasta altas horas. ¿Es la sociedad actual hostil hacia el descanso?

Entiendo al que argumenta eso, pero creo que el mal durmiente que enciende la tele a las cuatro de la mañana o va a un supermercado 24h no se siente integrado en los ritmos normales de la sociedad. Más bien al contrario: nada le hace sentir más ajeno al resto del mundo que ir al gimnasio a las tres de la mañana. Yo recuerdo ir al gimnasio a horas inusuales y pensar: ¿quién es esta gente y de dónde ha salido? Te sientes como un zombie. Nuestra sociedad no es tanto hostil al sueño como nos da muchas cosas con las que llenar nuestra vigilia. Eso no suprime cierto imperativo normativo que te dice que deberías dormir en estas horas y, si no, es que hay algo en ti que no está bien. Esa intuición fundamental de que el mal durmiente está separado de los ritmos del mundo todavía no ha desaparecido. 

«La búsqueda de ayuda puede hacer que te sientas doblemente fracasado: por no dormir y por no poder corregir tus problemas»

Luego hay otro tipo de industria que, al contrario, se lucra cada vez más ofreciendo soluciones para dormir más o mejor. ¿Cómo se explica?

El mal dormir no ha cambiado, sino nuestra reacción a él. Es un debate parecido al que tenemos con la salud mental: no es que la gente tenga más procesos depresivos que antes –probablemente nuestros bisabuelos también se deprimían–, pero no tenían herramientas para solucionarlo. Ponerle soluciones al mal dormir parte también de algo muy típico de nuestra época, que es la reivindicación a volver a una vida sana, el miedo a que la modernidad nos esté desnaturalizando de los ritmos propios de nuestra biología. Lo vemos en el movimiento para comer sano, natural, orgánico y, también con el sueño. Existe una ansiedad porque nuestra sociedad nos está expulsando del ámbito natural de descanso y por eso es la sociedad la que nos da las herramientas para volver a ese estado natural. Me sorprendió descubrir que se trata de una industria que no solo se lucra mucho, sino que además está cada vez más diversificada. Ya no se trata solo de crear fármacos para combatir el sueño, sino de intentar abordarlo por el lado de la terapia conductual, de cambiar ciertos hábitos y de encontrar nuevas rutinas o nuevos ritmos. De ahí salen los retiros de curas de sueño, de sleep wellness en los que se especializan algunos hoteles. Esto demuestra algo que sí tengo claro entre el pasado y el presente: que en nuestra época se valora más el sueño o la necesidad de obtenerlo que antes, lo que no significa que durmamos peor que antes, sino que lo valoramos más. 

Hablas de esa sensación de culpa o de fracaso muy común entre los maldurmientes que se preguntan por qué ellos son incapaces de dormir cuando el resto del mundo sí lo hace. ¿Influye la búsqueda de soluciones en la sensación de fracaso?

En la búsqueda de ayuda está también la sensación de fracaso. Al menos así me sentí yo cuando probé las sesiones de mindfulness, que seguro que ayuda a muchas personas, pero que a mí no me sirvieron porque no conseguía disciplinar mi mente lo suficiente como para impedir la espiral de la rumiación. Eso hace que te sientas doblemente fracasado: fracasado por no dormir y fracasado al intentar corregir tus problemas de sueño. 

El sueño, sostienes en el libro, es el enemigo de cualquier mal durmiente. ¿Por qué conocerlo, estudiar su funcionamiento, saber que hay otros en su misma situación, podría serle de utilidad? 

Para mí dar forma de palabras a una serie de experiencias que llevaba sintiendo muchos años ha sido un proceso terapéutico, una manera de reconocer la experiencia y mirarla a los ojos. Hasta que me puse a escribir este libro eran sensaciones subterráneas, incluso mudas. Y es que una de las cosas de los problemas de sueño es que hablamos poco de ellos porque creemos que a la otra persona no le interesan. Ahí está la diferencia entre cuánto nos interesan los sueños y cuánto nos interesa el sueño: lo onírico siempre nos parece fascinante, mientras creemos que no vale la pena hablar de la escasez de sueño. Una de las cosas que me encantaría conseguir con este libro es que la gente que tenga problemas de sueño se sienta identificada y sea capaz de reconocer un vínculo que existe gracias a unas experiencias muy concretas. Sobre todo porque los maldurmientes componemos una comunidad muy extraña, en el sentido de que somos muchos pero no nos conocemos entre nosotros, somos muy distintos y vivimos en partes del mundo muy diversas. 

¿Es la hermandad de los maldurmientes un consuelo?

A mí me supone cierto consuelo durante el día, pero no durante la noche. Me tranquiliza saber que no soy el único cuando estoy en los momentos del día de mayor cansancio o de irritabilidad. Sin embargo, en la noche, en las fases más angustiosas de la vigilia no me sirve de mucho saber que hay otras personas en mi mismo bloque de pisos, en mi país o en el mundo entero en la misma situación. Creo que es difícil que la conciencia de comunidad perfore la profunda soledad que uno puede sentir en la vigilia. Ahora bien, cada mal durmiente es un mundo. 

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