Siglo XXI

¿Te va a sustituir un algoritmo?

Aunque se conoce como ‘el futuro del trabajo’, la disrupción digital en los entornos productivos es cada vez más evidente: 85 millones de empleos cambiarán antes de 2025 en todo el mundo. En ‘¿Te va a sustituir un algoritmo?’ (Turner), la tecnóloga Lucía Velasco ahonda en las decisiones que debemos tomar para no quedarnos descolgados en un mundo en el que nada será igual.

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10
Feb
2022
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Da igual donde hayas nacido, porque el sistema está pensa­do para que tengas una oportunidad. Tendrás que estudiar y esforzarte, eso sí. Probablemente más que otros que partan de situaciones familiares con más privilegios, pero podríais llegar al mismo sitio. Los primeros años en el mercado laboral tendrás trabajos peor pagados y te tocará empezar desde abajo, pero irás progresando y podrás llegar, si quieres, hasta lo más alto de lo que sea que hayas elegido. La educación y el trabajo nos igualan para que podamos conseguir aquello que nos propongamos. No hay nada que te impida llegar. Este es el pacto.

Esa historia que se va interiorizando a medida que uno crece ha sido más o menos real en los países con economías desarrolladas hasta la gran crisis de 2008. A partir de ahí la cosa cambió. Por aquel entonces Luna estaba estudiando periodismo. Sabía que solo con la carrera no era suficiente porque nadie miraba un curriculum vitae (CV) que no tuviera un máster. Somos un país con demasiados estudios universitarios y hay que buscar la forma de diferenciarse. Convenció a sus padres para seguir yendo a clase durante otro año y hacerse el máster de turno, previo paso por caja. Su madre es funcionaria del cuerpo administrativo y su padre se dedica al sector inmobiliario.

Adaptarnos a esta nueva realidad y descar­bonizar nuestras economías va a implicar una transformación en los sectores más tradicionales

Luna tiene dos hermanos más pequeños. No fue un tiempo fácil para la familia. Cada vez los sueldos dan para menos y mantener a una estudiante de veintipico años suponía hacer sacrificios. Aun así, los hacían porque sabían que pronto despegaría, entraría a trabajar en alguna empresa y a partir de ahí le esperaba una carrera profesional lineal que le permitiría ir construyendo su vida.

Desgraciadamente no fue así. España durante los diez años posteriores a aquella crisis no ha levantado la cabeza y esa ge­neración que nació a lo largo de los ochenta ya no conocería lo que es la estabilidad. Pero no son solo ellos los que ven cómo el suelo del mercado laboral se mueve bajo sus pies. Las cosas están cambiando de manera sigilosa desde hace tiempo y la pan­demia no ha hecho más que acelerarlas.

Antes de que el coronavirus generara un shock en todos los ámbitos de nuestras vidas, la economía mundial sufría fuertes turbulencias que auguraban un cambio relevante en el mercado de trabajo. Las previsiones de crecimiento eran frágiles. Los países con economías más maduras no terminaban de encontrar una fórmula para recuperar un pasado con más y mejor empleo. Había ya tensiones sociales por la creciente desigualdad. Aumentaban las protestas de una ciudadanía cada vez más cons­ciente de las grietas del sistema.

Cada día de la semana se mani­festaba un colectivo diferente pidiendo que no se desmantelara su parte del Estado del bienestar. Al mismo tiempo, la política se polarizaba y aparecían los partidos populistas que prometían soluciones fáciles a los problemas ordinarios de la sociedad. Los niveles de incertidumbre eran ya, en aquel momento, elevados. España lideraba el consumo de ansiolíticos y antidepresivos.

Los cambios vienen por varios frentes

Aunque la pandemia llegará a su fin más pronto que tarde, no volveremos a la antigua normalidad. Seguiremos sometidos a una serie de megafuerzas que condicionan el desarrollo de sociedades occidentales como la nuestra. Son los motores de cambio. Las podemos resumir en cuatro D: demografía, descarbonización, desglobalización y digitalización.

La demografía es una ciencia a la que prestamos menos aten­ción de la que deberíamos, especialmente aquí, pero nuestra pensión sí nos preocupa y ambas están muy relacionadas. Eu­ropa es el continente más envejecido del mundo, lo que signi­fica que va a haber muchas personas recibiendo una pensión, necesitando atención sanitaria y dependiendo del sistema. Para mantener este nivel de gasto público va a ser necesario recaudar en consecuencia. No hay suficientes jóvenes, ni tienen empleos de calidad para que sus cotizaciones paguen las pensiones de sus abuelos.

Esto va a provocar que las economías se abran a la inmigración, que primordialmente será africana por cercanía y porque su población se va a duplicar. Hace falta mano de obra y hacen falta personas que coticen. La clave es comprender que del tipo de mercado laboral que se tenga dependerá lo que se pueda recaudar en impuestos. Es decir, si los salarios no evolu­cionan al alza y el empleo se sigue precarizando será difícil pa­gar las pensiones con estos mismos salarios. ¿De dónde saldrán los impuestos entonces?

Seguro que el nombre de Greta Thunberg nos conecta con el activismo climático y con la revolución de los jóvenes que en 2019 se lanzaron a las calles para exigir que nos tomáramos en se­rio el futuro al que les estábamos abocando. No es ninguna broma. El cambio climático es la mayor amenaza para la salud mundial en el siglo XXI. La Unión Europea se ha puesto manos a la obra y con el Green New Deal pretende descarbonizar la economía para que sea neutra en términos cli­máticos de cara al año 2050.

Hay una gran parte del pla­neta que está sintiendo mucha incomodidad con esa globalización que llevó a depender de la voluntad de Oriente

En España somos especialmente vulnerables a la amenaza climática porque, entre otras cosas, impacta en los sectores de los que dependemos: turismo, agri­cultura y ganadería. Adaptarnos a esta nueva realidad y descar­bonizar nuestras economías va a implicar una transformación en los sectores más tradicionales y en los empleos, que cambia­rán por otros más verdes. Aquellos que trabajaban en la minería o en la industria petroquímica tendrán que ir formándose en biocombustibles o en energías renovables. Los mecánicos deberán aprender electrónica para poder arreglar coches eléctricos, y así tantos otros.

Por un lado, la globalización hace tiempo que se está ralen­tizando. Aunque hay poca evidencia per se, indicadores como el nivel de inversión, los flujos comerciales o el tamaño de las cadenas de valor nos avisan de una progresiva desglobalización. Varios factores han influido en ello. Por un lado, las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China de la  era Trump, pero también el brexit o el debilitamiento de la Organización Internacional del Comercio avanzaban una necesidad de redu­cir la dependencia exterior porque las normas no estaban cla­ras y el tiempo de la paz arancelaria parecía terminarse. Nadie quiere que otro país tenga poder sobre él. En un mundo en el que aumenta la polarización, donde neodictadores toman el control de países, las alianzas son inciertas y la cooperación in­ternacional está ausente, parece evidente apostar por reducir la interdependencia económica.

Por otro lado, están las cadenas de suministros globales, alejadas de los países donde se comercializan los productos y vul­nerables a distintos shocks (comercial, climático o pandémico) que han puesto en jaque a los países con bienes de primera ne­cesidad durante este tiempo. Seguro que recordamos durante la pandemia cómo algunos Estados interceptaban cargamen­tos de respiradores o mascarillas, al más puro estilo de las pe­lículas de piratas. Otro ejemplo es la industria de los semiconductores.

Hay estimaciones que hablan de 85 millones de empleos desplazados en los próximos cinco años

Se trata de un bien estratégico en las economías más avanzadas porque se usa para casi todo: desde los coches hasta los electrodomésticos. La escasez de semiconductores se está produciendo porque hay más demanda de productos electróni­cos, pero también por la guerra comercial entre China y Esta­dos Unidos, y está obligando a las empresas automovilísticas a dejar de fabricar en todo el mundo. Hay una gran parte del pla­neta que está sintiendo mucha incomodidad con esa globalización que llevó a depender de la voluntad de Oriente y ahora se vuelve en contra. De hecho, China ha impuesto un boicot di­gital a H&M porque no están dispuestos a abastecerse de al­godón procedente de Sinkiang, donde el Partido Comunista encierra a la minoría de los uigures obligándolos a realizar tra­bajos forzados en las plantaciones, según numerosas denuncias internacionales.

Los problemas de seguridad nacional y de salud pública han proporcionado nuevas razones para esa desglobalización que recuerda a una especie de proteccionismo moderno, especial­mente en lo que respecta a los temas vitales: equipos médicos y alimentos, por ejemplo, haciendo hincapié en la importancia del abastecimiento nacional. Europa ya ha comenzado a hablar de la autonomía estratégica y empieza a escucharse un creciente discurso a favor de lo de aquí como medida para mejorar las condiciones salariales nacionales y reducir la desigualdad que tenemos en nuestras propias calles.

Pero si hay algo que está marcando este siglo es la cuarta D: la digitalización. Nunca nuestra dependencia global de la tecnología había afectado a todos los aspectos de la vida. Desde la educación hasta la sanidad. El teletrabajo, la formación online, el comercio electrónico o la telemedicina han aumentado en los países más avanzados que conforman el grupo de la Organiza­ción para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Lo mismo ha sucedido con la adopción de herramientas digitales en las empresas. La digitalización no solo contribuye a la productividad y la eficiencia, sino también a un desarrollo so­cioeconómico más amplio y justo. Debemos saber entender su importancia.

La penetración de la inteligencia artificial es imparable. La fuerza de trabajo se está automatizando con mayor rapidez de la esperada. Hay estimaciones que hablan de 85 millones de empleos desplazados en los próximos cinco años.

No todo son malas noticias, también se crearán nuevos. 97 millones concretamente. Esto supone un cambio profundo. ¿Qué pasará si tu trabajo es uno de los que están en la estadística de los desplazados? Estas son las nuevas fuerzas que están transformando el mun­do del trabajo: digitalización, descarbonización, desglobalización y demografía. Asistimos a cuatro transiciones que impacta­rán de lleno en la vida de las personas porque van a transformar el eje clave en el desarrollo de nuestra identidad individual y colectiva: el trabajo. Por eso mismo se necesita una acción deci­siva que nos permita aprovechar el momento en nuestro favor.


Este es un fragmento de ‘¿Te va a sustituir un algoritmo? El futuro del teletrabajo en España’ (Turner), por Lucía Velasco.

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