Economía

Larry Fink y el poder (¿o la impotencia?) del capitalismo

Según sugiere la carta escrita por el CEO de Blackrock, en el fondo lo que más importa continúa siendo el beneficio de sus clientes y accionistas. ¿Es la sostenibilidad algo más que un placebo para el mayor gestor de activos financieros del mundo?

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15
Feb
2022
capitalismo

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La publicación de la carta anual de Larry Fink, máximo dirigente de Blackrock, a los CEO de todo el mundo es, sin duda, un acontecimiento reseñable. Su última carta, fechada el 17 de enero de 2022, ha provocado –una vez más– admiración y rechazo a partes iguales. Con el título The Power of Capitalism, Fink confirma su apuesta por el capitalismo de stakeholder como la mejor estrategia para crear valor a largo plazo, y por ello exhorta a los CEO de todas las compañías del mundo a ser fieles a su propósito corporativo y a formular una estrategia de descarbonización que las conduzca a un futuro con cero emisiones netas.

Las palabras de Larry Fink suenan bien en una primera lectura: un mensaje así hubiera sido impensable hace tan solo 10 años, por lo que cabe reconocerle el mérito de liderar con nuevos principios y valores ya adaptados al entorno de emergencia sanitaria y climática en el que vivimos. La extensa carta, de más de 3000 palabras, contiene sin embargo claras admisiones de que en el fondo, lo que más importa (o quizás lo único que realmente importa), es el beneficio de sus clientes y accionistas: «Nos centramos en la sostenibilidad no porque seamos activistas medioambientales, sino porque somos capitalistas y, por tanto, fiduciarios con nuestros clientes». Esta frase contiene, a mi juicio, tres cargas de profundidad. La primera es que la sostenibilidad es vista como un mero instrumento, no como un bien en sí mismo: debemos ser sostenibles porque solo así aseguramos el futuro de nuestro negocio. La segunda es que el capitalismo, sin adjetivos molestos como stakeholder, sigue siendo el sistema a proteger, y por ello afirmamos sin tapujos y con orgullo que «somos capitalistas». Y la tercera es que nuestros principios –como el propósito, la visión a largo plazo o la descarbonización– están muy bien, pero lo que cuenta en última instancia es nuestro deber fiduciario hacia nuestros clientes (que, por supuesto, tienen su propia ideología). Es por esto que Blackrock no se plantea dejar de invertir en combustibles fósiles.

Se trata de emplear la sostenibilidad como un placebo que permita reemplazar el mantra del valor del accionista por otro más aceptable

Otro dato impactante de la carta son los 400 billones de dólares que mueve el mercado de capitales en todo el mundo, lo que equivale a cinco veces el PIB global. Fink afirma que «el acceso al capital no es un derecho, sino un privilegio». La traducción de la afirmación sería algo así como que en el mundo circula mucho más dinero del necesario, estando en manos de unos pocos que lo reparten graciosamente. Con la nueva política de inversión de Blackrock, la innovación y la sostenibilidad son las claves para ser considerado digno de recibir sus favores. Nada que objetar a eso. Como el mayor gestor de activos financieros del mundo, Blackrock –que tiene participaciones en la mitad de las empresas del Ibex 35– sabe perfectamente lo que dice cuando afirma que el riesgo climático es riesgo de inversión. Con una capacidad inigualable a la hora de penetrar en las interioridades de las empresas en las que participa, Blackrock constata en tiempo real los estragos del cambio climático en sus balances: desvalorizaciones millonarias de activos obsoletos, primas astronómicas pagadas por sus aseguradoras a los afectados por catástrofes climáticas, sanciones crecientes por incumplimiento de legislación ambiental, abordaje de inversores-activistas en los consejos de administración de las empresas del viejo capitalismo.

Un cóctel de circunstancias imposible de soslayar y que una entidad con la influencia de Blackrock ha sabido empaquetar de forma brillante bajo el discurso de la sostenibilidad y el propósito. En el fondo, se trata de emplear la sostenibilidad como una pantalla o placebo que permita reemplazar el mantra del valor del accionista por otro más aceptable, más digerible, mientras el capitalismo en su versión financiera sigue concentrado en producir beneficio para unos pocos mientras, a su vez, se aumenta la desigualdad en el planeta.

El altavoz de Larry Fink tiene alcance planetario y el contenido de su mensaje es encomiable. Su llamada a la acción tiene sentido: las empresas que no sean fieles a un propósito bien articulado y genuino –y no sepan conectar con sus grupos de interés– van a perderse por el camino. Y, sin duda, la descarbonización es el reto, en mayúsculas, al que todos nos enfrentamos. Cualquier empresa, sea del sector que sea, debe repensar su estrategia en clave de emergencia climática a través de la innovación y la disrupción competitiva. El discurso suena bien, sí, y es incluso deseable hacer caso de la mayoría de las recomendaciones de Larry Fink, aunque sea por las razones equivocadas. Esa es la paradoja.


Carles Navarro es director general de BASF España.

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