Contaminación

Los futuros fósiles

En ‘Una geología de los medios’ (Caja Negra), Jussi Parikka establece la relación de la industria informática y electrónica con su territorio, así como con la contaminación que produce.

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27
diciembre
2021

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Si los fósiles actuales, desde la evidencia paleontológica hasta las capas de combustible fósil, son aspectos que movilizan los deseos de la imaginación contemporánea, ¿qué hay de los fósiles que estamos produciendo ahora? ¿Cuál es la capa de residuos de materia muerta que estamos produciendo como futuros fósiles? La Tierra no es un organismo estable, sino que está permanentemente en un estado de proceso. El cuerpo de la Tierra es una máquina de composición, una línea de ensamblaje que presenta una historia natural de los cambios acaecidos a lo largo de las últimas décadas de intensa intervención industrial en el planeta. «Cosas como la basura, los escombros, la ceniza de carbón, los sedimentos dragados, la contaminación por petróleo, los pastos verdes, los cuerpos en descomposición y la grava rocosa no solo alteran la formación del suelo, sino que forman ellas mismas cuerpos de suelo, y en este sentido son taxonómicamente indistinguibles respecto del suelo», explica Seth Denizen.

Los cuerpos de suelo son, paradójicamente, formaciones naturales-no naturales que condensarán el resplandor actual del mundo industrial y la cultura digital en el sintético futuro geológico. El futuro sintético del suelo está envuelto en un contexto ambiental, pero también se relaciona con el hecho del suelo volviéndose una entidad intercambiable, inserta en la circulación no solo de la Tierra, sino también de la realidad monetaria.

La cultura informática nunca dejó atrás verdaderamente la era del (combustible) fósil

Los elementos son aislados, analizados y sintetizados, y entran en circulación como bits desterritorializados de información que se pueden comercializar bajo formas complejas, globales. Desde el suelo hasta los minerales y las sustancias químicas, su marco e ingeniería científica es también un preámbulo de su estatus de mercancía. Los cuatro elementos subsisten y, sin embargo, se transforman en objetos híbridos que cuentan la historia del capitalismo científico de alta tecnología. Nos hemos desplazado del terreno de la alquimia al de la química. La tabla periódica es uno de los más importantes puntos de referencia en la historia del capitalismo tecnológico. Las partes internas de las computadoras se pliegan de modos materiales con las partes externas; las abstractas topologías de la información están entrelazadas con realidades geofísicas. El silicio del mundo informático contemporáneo es un indicador menor de las restantes memorias geofísicas que dejaremos tras nuestro paso para los futuros arqueólogos de los medios y la catástrofe ambiental. Empecemos con algunos ejemplos de sitios específicos.

En primer lugar, un ejemplo un tanto obvio es el de Silicon Valley. Su marca y su impacto en la economía digital están fuera de toda duda, al igual que las consecuencias de las fugas de sustancias químicas que contaminan las aguas subterráneas a partir de la emanación de, por caso, tricloroetano. Esto ya había causado conmoción en los años ochenta, cuando fue descubierto: las purificadas industrias de la computación eran, secretamente, tan sucias como sus ancestros industriales, que al menos indicaban el peligro con sus columnas de humo. En la actualidad, los lugares de Superfondo ubicados en Silicon Valley recuerdan este legado tóxico: en lugar de las promesas de un capitalismo informático de los cerebros, todavía tenemos los residuos de sustancias químicas, las sustancias tóxicas y la materialidad de la cultura electrónica. A principios de los años ochenta, las industrias digitales eran presentadas como «el negocio petrolero de la década». Así como el petróleo ha tenido sus costados oscuros, desde la contaminación ambiental hasta guerras obscenas, también la industria informática se ensucia las manos. Esto incluye violaciones de los derechos laborales y cuestionables prácticas para las que no existen leyes adecuadas, prácticas que históricamente se han desplazado de Silicon Valley a diversas locaciones en Asia. Pero esta suciedad también abarca a las sustancias químicas en cuanto legado geológico de la cultura digital. En cualquier caso, la cultura informática nunca dejó atrás verdaderamente la era del (combustible) fósil. Hemos de recordar que, según Gabrys, «para producir un microchip de memoria que pesa dos gramos se necesita 1,3 kilogramos de combustibles y materiales fósiles».

Gabrys: «Para producir un microchip de memoria que pesa dos gramos se necesita 1,3 kilogramos de combustibles y materiales fósiles»

De manera que, si bien una y otra vez se le asigna a «lo digital» las connotaciones inmateriales de la información, está y siempre ha estado anclado en la tierra y, por lo tanto, territorializado. De las ciruelas y las orquídeas al silicio, el paisaje de Silicon Valley ha cambiado progresivamente desde los años cincuenta. Hacia la década del ochenta, se había convertido en un símbolo de la nueva economía. Para el año 2013 había pasado a ser una marca global, aunque no siempre celebrada. Solo en los últimos años hemos sido testigos de cómo los autobuses corporativos suburbanos son atacados por su papel simbólico en cuanto al impacto tóxico del valle sobre las áreas locales. Desde el «Fuck Off Google» hasta formulaciones más elaboradas, lo que se evidenció es que Silicon Valley no era la solución, sino el problema. «Mientras ustedes viven como cerdos con sus comedores abiertos las 24 horas del día de lunes a domingos, todos los demás están rascando el fondo de sus billeteras, apenas existiendo en este costoso mundo que ustedes y sus secuaces han contribuido a crear», según rezaba uno de los panfletos de los manifestantes. Pero tal vez el mapa a la luz del cual Silicon Valley finalmente se revelaba no tenía que ver solo con la contaminación de las condiciones sociales y económicas de vida. ¿Se trataba tal vez de otro mapa, invisible al ojo, el mapa de lo subterráneo que registra otra toxicidad propia de la cultura digital?

El sustrato de Silicon Valley es el de un capitalismo tóxico. Por supuesto, tal toxicidad no es solamente un rasgo de ese territorio específico, sino que también se extiende a otros lugares de la producción de la economía digital global. Consideremos los casos de Shenzhen y Huaqiangbei, «la meca del componente electrónico», como ecos del legado de Silicon Valley, de eso que Pellow y Sun-Hee Park han denominado el «racismo y la injusticia ambientales».

Si bien una y otra vez se le asigna a «lo digital» las connotaciones inmateriales de la información, está anclado en la tierra

En cierto sentido, podemos analizar este legado tanto en relación con el espacio como al tiempo: la producción material de una enorme cantidad de aparatos electrónicos y la logística de sus envíos de un lado a otro del globo en cuanto constituyen un hardware funcional producido a bajo costo, así como su traslado a otros lugares una vez que caen en desuso o se vuelven medios rotos y obsoletos. Dicho legado señala en dirección al futuro registro fósil desde el punto de vista de un arqueólogo de los medios robóticos interesado en la paleontología de los desechos electrónicos, pero también nos obliga a considerar cuál es nuestra relación actual con el hardware. Aquí es donde la muerte –pero también los muertos vivientes– se nos presenta como parte del entusiasmo actual por la descartabilidad.

En medio de la exaltación generalizada en cuanto a la economía digital del software, algunos corresponsales de negocios como Jay Goldberg han reconocido que el hardware es muy barato y está incluso «muerto». Esta afirmación se relaciona más con la identificación de una oportunidad de negocio que con la sugerencia lanzada por Bruce Sterling de elaborar un «manual de los medios muertos» o «una guía de campo naturalista para el paleontólogo de las comunicaciones».

El sentido de Goldberg para el negocio de los medios muertos se centra en el mundo de las tablets extremadamente baratas que encuentra primero en China y luego en los Estados Unidos por apenas 40 dólares. Este relato en particular provoca una toma de conciencia específica en lo que se refiere a los modelos de negocio y el hardware. El hardware se vuelve descartable, abriendo todo un nuevo mundo de oportunidades: «Cuando le muestro esta tablet a la gente de la industria, todos ellos comparten mi asombro. Y luego siempre preguntan «¿quién la fabricó?». Mi respuesta habitual es «a quién le importa». Pero la verdad es que no lo sé. No había ninguna marca en la caja o en el dispositivo. He rastreado alguna de la documentación interna y no puedo encontrar una respuesta. El complejo electrónico de Shenzhen ha evolucionado a tal punto que el fabricante del hardware literalmente no importa».


Este es un fragmento de ‘Una geología de los medios‘ (Caja Negra), por Jussi Parikka.

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