Opinión

La sociedad del desconocimiento

La epistemocracia se basa en la convicción de que los problemas de la democracia son consecuencia de la ignorancia de la ciudadanía o de la incompetencia de los políticos. Pero ¿cuál es el objetivo último de la democracia? En este texto adaptado, el filósofo Daniel Innerarity avanza algunas de las claves de su libro ‘La sociedad del desconocimiento’, que se presentará en enero y en el que reflexiona sobre la verdadera naturaleza de nuestro sistema político.

Ilustración

Carla Lucena
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27
Dic
2021
democracia

Ilustración

Carla Lucena

Además del antagonismo entre derecha e izquierda, existen otros a los que deberíamos prestar más atención. Una de esas grandes confrontaciones es la que enfrenta a los arrogantes contra los crédulos, a quienes confían demasiado en el saber frente a quienes confían demasiado poco en él y se creen cualquier cosa. Una contraposición semejante se establece entre quienes no le ven ningún problema a las nuevas tecnologías y los que les ven demasiados. Cuando la batalla política se lleva a cabo en el territorio del conocimiento, no tiene nada de extraño que aparezca, además de las típicas disputas entre los expertos, un estrafalario rechazo al conocimiento en general, que adopta hoy formas muy diversas de escepticismo y credulidad, como la desinformación, el negacionismo o las teorías conspiratorias.

Todo esto no sucedería si no se hubiera producido un fenómeno de epistemologización de lo político que tiene aspectos muy positivos y otros disfuncionales. En esta que denominamos sociedad del conocimiento, el saber es el principal recurso para la innovación tecnológica y el crecimiento económico, pero también para la política. El cálculo racional, la cuantificación y el saber experto se han convertido en el medio más importante de legitimación. La epistemologización de la política resulta bastante lógica en momentos de especial incertidumbre y cuando hay tanto desprecio a la verdad. Nada parece mejor para combatir nuestro particular desconcierto que entender los conflictos políticos, primaria o exclusivamente, como asuntos epistémicos, es decir, como cuestiones de saber y competencia; dentro de este marco, los problemas de la democracia se interpretan como consecuencia de la ignorancia de la gente o de la incompetencia de los políticos.

La cuestión central sería entonces determinar quién dispone del mejor saber o conocimiento experto, de las cifras más exactas, de la interpretación correcta de los datos, quién es más competente. Los problemas de una política sobrecargada o incapaz se resolverían delegando cada vez más asuntos en el gremio de los expertos. Los conflictos sociales se transforman en conflictos entre expertos de diverso signo y se resuelven en función de la fiabilidad de los datos que esgrimen. La disparidad en torno a valores e intereses es aparcada o no se hace explícita porque se considera que el saber metódico y seguro es un recurso mayor de legitimación. Estaríamos así ante un tipo de racionalización de los conflictos que los convierte en divergencias de conocimiento. Parafraseando a una vieja tradición de teoría crítica podríamos decir que la crítica social ya no se dirige a las relaciones de producción sino a las relaciones de saber.

«En la sociedad del conocimiento, los problemas de una política sobrecargada se resolverían delegando los asuntos en los expertos»

La epistemocracia estaría guiada por la creencia de que muchos problemas sociales y políticos solo se pueden resolver cuando se entienden como problemas de conocimiento. Este giro nos obliga a modificar algunas de las categorías con las que interpretamos el momento presente. El populismo, por ejemplo, tendría más versiones de lo que suponemos. Hay un populismo antitecnológico, que sospecha de la ciencia y el desafecto frente a la representación, pero hay también un populismo epistémico que consiste en procesar una fe ciega en que la política puede ser disuelta en los datos, las cifras, las evidencias científicas y el saber experto. La epistemocracia sería algo más abstracto que la expertocracia porque no se refiere al poder de un grupo de actores sino de una idea, la de que las diferencias políticas se resuelven mediante el conocimiento. Esta tendencia refleja la nostalgia de una política sin intereses donde todo se resolviera con objetividad, evidencia científica y consenso de los expertos. La política ya no consistiría en organizar mayorías y forjar compromisos para resolver temporalmente divergencias de valores e intereses, sino en identificar quién sabe o es más competente.

Estaríamos de este modo ante una nueva versión del viejo sueño de racionalización de la política, su deseo de despojar a la política de lo político, es decir, de la gestión de intereses en conflicto, la toma de decisiones con un saber insuficiente y el esfuerzo por lograr compromisos sostenibles. La concentración en el saber nos distrae así de lo que constituye propiamente a los problemas políticos: valores, intereses e ideologías divergentes. Un planteamiento semejante tiene efectos despolitizadores; al objetivar un fenómeno, proporciona a las decisiones un aura de evidencia incontestable y donde hay evidencia no hace falta deliberación democrática. Detrás de todo ello está la suposición de que hay un camino directo que va de la evidencia a la política correcta. Se trata de una creencia infundada, ya que nada nos garantiza que el mejor conocimiento conduzca a la mejor política. Es posible disponer de un buen saber experto y hacer una mala política, que los más inteligentes hagan una política muy desafortunada.

La epistemocracia se basa en la convicción de que las cuestiones políticas controvertidas tienen siempre una respuesta «correcta», que la política se mueve en el eje de lo verdadero y lo falso; introduce este par propio del saber o de la ciencia en el centro de la política dando a entender que el conocimiento proporciona siempre respuestas claras y superiores en cuanto a claridad a las disputas políticas. Pero esto es más bien excepcional; lo normal es que no haya una estrecha relación entre el problema político y la cuestión teórica correspondiente. Que buena parte de las decisiones políticas traten de justificarse apelando a evidencias no quiere decir que se disponga necesariamente de ellas. Y aunque hubiera un saber científico indiscutible, de la constatación científica de unos hechos no se deduce automáticamente una concreta decisión política.

La idea de sacar del debate político las cuestiones controvertidas en relación con valores da por sentado que se puede distinguir claramente entre ciencia y valores, así como que hay un consenso entre los expertos acerca de esos valores, ambas cosas muy cuestionables. Qué asuntos podemos delegar en los expertos es, a su vez, una cuestión política. Los temas controvertidos no pierden su carácter polémico cuando se traducen en términos de conocimiento; el liderazgo político no consiste en competencia. Quien apela a un saber superior para resolver una cuestión política está haciendo un tipo de política que desconoce o no quiere reconocer. Por muy necesario que sea el recurso al saber experto, quien no percibe las divergencias de valores e intereses detrás de nuestros conflictos sociales ni siquiera entenderá la naturaleza de los conflictos en torno al saber, ya que también en ellos hay a veces convicciones normativas que se reformulan en términos epistémicos.

«Aunque puedan ser unos necios, quienes desprecian a la ciencia nos advierten de que, tal vez, esta no está bien articulada con la política y la sociedad»

La política no es algo que se resuelva con la objetividad, o solo en una pequeña parte. La democracia es un régimen de opinión y no un conflicto de enunciados a la búsqueda de ratificación científica. «La democracia es gobierno por discusión porque es gobierno por opinión». La democracia no tiene por objetivo alcanzar la verdad (aunque muchos ciudadanos así lo piensen y muchos políticos así lo digan), sino decidir con la contribución de toda la ciudadanía sobre la base de que nadie –mayoría triunfante, élite privilegiada o pueblo incontaminado– tiene un acceso privilegiado a la objetividad que nos ahorrará el largo camino de la pública discusión. En este sentido se puede entender por qué Rawls decía que cierta concepción de la verdad (the whole truth) era incompatible con la ciudadanía democrática y el poder legítimo o por qué Hannah Arendt hablaba de una tensión o no coincidencia entre la verdad y la política. Al afirmar que «la verdad tiene un carácter despótico» no pretendía defender ninguna clase de relativismo, sino proteger el carácter contingente y libre de la política, cuyas decisiones deben ser informadas y respetuosas con la realidad, pero que no se deducen de esa realidad. La política debe atender al mejor conocimiento disponible, pero de ese saber no se sigue generalmente que la política deba actuar de una determinada manera.

Los avances del conocimiento no nos han hecho necesariamente unos fanáticos de la ciencia, sino más conscientes de su provisionalidad y limitaciones. Durante estos últimos años hemos asistido a una explosión del saber disponible, unos avances espectaculares cuyo momento culminante ha sido la rápida consecución de vacunas contra el coronavirus. La ciencia ha triunfado, pero también hemos asistido a una impotencia relativa de las disciplinas concernidas por la pandemia y al espectáculo de científicos divididos, inciertos e inconstantes en sus declaraciones. La pandemia ha revelado sus éxitos pero también sus límites y su finitud. El progreso científico no es incompatible con la conciencia de su valor limitado y revisable, sino que más bien fomenta esa conciencia. El saber ha sido desacreditado en buena medida por los riesgos de las tecnologías, pero también hemos comprobado que no es tan robusto como habríamos deseado; su validez es a menudo discutida, no siempre proporciona indicaciones claras acerca de lo que debe hacerse, cada nuevo conocimiento viene acompañado por su correspondiente ignorancia… Estamos acostumbrados a la contestación del saber dominante. La crítica a los expertos (apoyada con frecuencia en otro saber experto) es compatible con la admiración que sentimos hacia ellos, del mismo modo que quien se procura una segunda opinión en cuestiones médicas pone de manifiesto el valor que otorga a los diagnósticos.

¿Explicaría de algún modo este contexto epistemocrático el fenómeno, en apariencia contrario, de eso que llamamos genéricamente negacionismo? A mi juicio, sí; se trata de una reacción que revela un problema profundo de nuestra cultura política, la consecuencia más penosa de la epistemologización de la política. La resistencia frente a una colonización de la sociedad por parte de la ciencia tiene aspectos muy razonables (contestación a los expertos, precauciones frente a la tecnología… ) y otras inquietantes que se recogen en la expresión science denialism. Este movimiento nos dice algo sobre la parte sombría de la sociedad del conocimiento. Las teorías de la conspiración y de los llamados «hechos alternativos» son virulentas precisamente allí donde datos, números y conocimiento experto juegan un papel dominante a la hora de decidir cuál es la política correcta.

«Cuando está bien diseñada, la democracia soporta mucha más ignorancia de lo que suponemos y puede permitirse el lujo del ensayo y el error»

En muchos sectores de la sociedad se ha asentado la idea de que la ciencia se ha ido convirtiendo en una institución que decide sin legitimidad sobre lo técnicamente factible, lo económicamente provechoso y lo políticamente conveniente. Por muy desproporcionado que resulte este rechazo, la crítica a los expertos debe ser entendida como una rebelión antiautoritaria. La rebelión de los negacionistas puede interpretarse como una reacción contra la colonización de la política por los expertos, con independencia de lo razonable que sus recomendaciones puedan ser en cada caso concreto. Todos aquellos grupos que no aceptan esa cientifización estarán tentados de justificar sus posiciones recurriendo a un saber esotérico, a hechos alternativos o teorías de la conspiración.

Los negacionistas, pese a que no tienen razón, nos informan acerca de los riesgos que plantea la disolución de la política en una disputa en torno a la objetividad, a la que politizan, cuestionan la cientifización de la realidad, pese a que lo hagan de un modo completamente irracional. La proliferación de teorías de la conspiración y desinformación durante la crisis del coronavirus puede entenderse como reacción ideológica a una política dictada por la epidemiología y la virología de una manera que se hacía inatacable salvo llevándose por delante a toda la ciencia; lo que podrían haber sido unas protestas políticas se convirtieron en una demostración anticientífica; se trataba de la reacción contra una instancia supuestamente autorizada que pretendía dictar qué era real, racional y político. Desde la perspectiva de esa protesta, la emancipación política no podía ser otra cosa que emancipación respecto de la realidad científicamente definida. Los hechos alternativos se hacen valer cuando la política, aliada con la ciencia, se presenta como no teniendo alternativa. La política que se entiende sin alternativa provoca hechos alternativos.

«Tendemos a añorar un pasado de certidumbre y confianza que realmente nunca existió»

¿Qué hacemos entonces con los negacionistas? La mejor manera de combatir el negacionismo no es tanto insistir en la verdad que niegan como repolitizar los conflictos y permitir una articulación entre los hechos y las decisiones que no sea vista como una imposición sino como un ejercicio de libertad. Hay hechos objetivos, por supuesto, pero también existe la libertad política que se plasma en que esos hechos, salvo casos excepcionales, no nos obligan a someternos a una única política. Tan absurdo sería no tomar en consideración el saber científico disponible, como dejar de explorar las opciones que este saber permite. Presentar a la política como una constricción (justificada en un supuesto saber indiscutible, en la autoridad final de los expertos o apelando a un contexto que no permite otra cosa) tiene como consecuencia que quienes la contestan (a veces desde posiciones delirantes) aparezcan como los defensores de la libertad.

Por supuesto que es muy importante que las decisiones políticas estén bien informadas, pero eso es algo que se consigue con mayor circulación de conocimiento, pluralidad en los medios y una cultura de debate, no excluyendo a los considerados estúpidos. Además, no deberíamos juzgar de la misma manera a quienes propagan falsedades y a quienes se las creen; la credulidad de estos últimos se debe a que, por motivos muy diversos, razonables o extravagantes, han dejado de confiar en las autoridades oficiales, a quienes hacen responsables de su malestar.

Es lógico que en la constelación posfáctica la ciencia cuente con una gran autoridad, ya que buena parte de las disputas políticas se juegan en su terreno, pero exagerar su función en un régimen epistocrático puede no ser bueno ni para la ciencia ni para la política. Poner a la ciencia en su lugar es un reconocimiento y aprecio que impide su degradación en un mero instrumento del poder. La ciencia debe presentarse con la debida modestia y la política tiene que acertar a la hora de comunicar adecuadamente los riesgos que hemos de aprender a gestionar (y la confusión generada en torno a la fiabilidad de la vacuna de AstraZeneca es el ejemplo más elocuente de lo mucho que queda por aprender). Aunque puedan ser unos necios, quienes desprecian a la ciencia nos advierten de que tal vez no está bien articulada con la política y la sociedad. Esta protesta es útil para la democracia en la medida en que nos recuerda que la disolución de los problemas políticos en problemas cognitivos deja esos problemas sin resolver.

Estamos demasiado preocupados, a mi juicio, por los efectos nocivos de la estupidez sobre la democracia y tendemos a añorar un pasado de certidumbre y confianza que realmente nunca existió. La ciencia ha sido siempre polémica y la democracia no ha dejado de estar acosada por la arrogancia de los que supuestamente saben y por la credulidad de los ignorantes. La democracia es un sistema político que soporta mucha más ignorancia de lo que suponemos; cuando está bien diseñada y es viva su cultura política, puede permitirse el lujo del ensayo y el error, llegando incluso a sobrevivir a la incompetencia de los representantes y a la irracionalidad de la gente.

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