Medio Ambiente

«No se puede hacer política ecológica contra los ciudadanos»

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18
Nov
2021
ecológica

Ante un momento tan decisivo para la crisis ambiental, Ségolène Royal (Dakar, 1953), exministra francesa de Transición Ecológica, no duda en señalar la lentitud con que avanzan las metas marcadas en el Acuerdo de París. En su último libro, ‘Manifeste pour una justice climatique’, la que fuera candidata socialista a la presidencia de Francia describe la lucha contra el colapso como una lucha por la prosperidad y la justicia climática: si la ecología es punitiva contra los ciudadanos, argumenta, entonces surgirá una revolución contra ella. En el marco de las Jornadas de Sostenibilidad 2021 organizadas por Red Eléctrica de España, Ethic se reunió con la política francesa tras su intervención, donde aprovechó para advertir que «los conflictos actuales y los que vendrán en los próximos años serán el fruto de un desarrollo desigual».


Un total de 49 de las 50 ciudades más contaminadas del mundo se localizan en Bangladesh, China, India y Pakistán, territorios donde miles de personas aún orbitan en torno a la subsistencia más elemental. ¿Qué lectura hace de esta situación?

Los países industrializados han proyectado sobre esos territorios su propio modelo, imponiendo el desarrollo a base de energías fósiles. Cuando íbamos a Beijing hace 20 años, tan solo había bicicletas; curiosamente, hoy las ciudades ‘reinventan’ la bici. Para la transición actual no solo no se ha facilitado el trabajo a estos países, sino que además se les pide hacer esfuerzos a ellos, lo cual es bastante paradójico. Lo mismo ocurre en África; allí se les pide incluso renunciar a sus energías fósiles, lo que los lleva a una recriminación evidente: «Vosotros habéis hecho vuestra revolución industrial en el siglo XIX y XX con energías fósiles. Nosotros ni siquiera hemos llegado aún a ese punto y, además, ¿nos pedís que nos privemos de ese potencial?». Si se quiere dar una lección moral a los países pobres o a los países en desarrollo, hay que transferirles las tecnologías necesarias y las energías renovables que necesitan.

El detonante que hizo estallar la violencia de los chalecos amarillos en Francia fue un impuesto al diésel, mientras que, en España, lo más probable es que Manuela Carmena perdiera el Ayuntamiento por una iniciativa que impedía acceder al centro de la ciudad a los vehículos más contaminantes. ¿Hemos convertido la lucha contra el cambio climático en algo elitista? ¿Cómo podemos asegurar así una transición justa?

No se puede hacer política ecológica contra el pueblo. Eso es imposible: si la ecología es punitiva y se extrae del poder adquisitivo, reduciendo lo que llamamos el ‘sobrante para vivir’ [reste à vivre], entonces habrá una revolución contra la ecología. Para asegurar una transición justa creo que habríamos de empezar por el ahorro energético, algo que precisamente no favorecen los lobbies petroleros y energéticos. Como ministra he observado que era cuando existían las reglas claras e inmutables el momento en el que ocurrían las inversiones. Es decir, si comunicamos a todos los edificios que tienen cinco años para realizar sus obras y reformas energéticas, evitando pasar enseguida al castigo, entonces sí hay una motivación positiva. Hay que encontrar palancas constructivas.

«Lo peor es que haya discurso pero no exista acción»

Usted, tal como señala, fue ministra de Transición Ecológica. Durante su mandato, ¿veía factible una hoja de ruta como el Green Deal impulsado por Ursula Von der Leyen, que ha convertido la descarbonización de la economía en el principal vector de crecimiento de Europa?

Lo creía realizable y, de hecho, pensé que sería algo que iría más rápido. Ahí está el Acuerdo de París: se han hecho cosas, pero no a la suficiente velocidad. En parte, porque las diversas COP –en cuya 21º edición se firmó el Acuerdo de París– no han cambiado de modelo. Es siempre lo mismo, asambleas de jefes de Estado y cuestiones diplomáticas acerca de lo que han comido y bebido. El problema es que durante el primer mes después de la COP21 tendría que haberse mantenido un cuadro de mando con las 70 coaliciones basado en las acciones decididas en el marco de la agenda de acción de cada país. ¿Quién tendrá la valentía de decir en un momento dado: «Ya no vamos a la COP. O cambiáis la forma y hacéis algo serio, o ya no volveremos»? Creo, sinceramente, que así pasaríamos a metodologías diplomáticas mucho más operativas.

¿Qué destacaría entonces, tanto en términos positivos como negativos, del Green Deal?

Lo peor es que haya discurso y no haya acción. Como dice Greta Zumberg: «Nada es peor que la gente que da discursos y que luego no actúa». Es mejor alguien que esté en contra de la acción, como Donald Trump, ex presidente de Estados Unidos, porque así identificamos al adversario, sabemos que hay gente que está en contra porque lo dice y sabemos que hay que convertir eso. De hecho, las ciudades estadounidenses habían reforzado sus exigencias porque Donald Trump estaba en contra del Acuerdo de París, lo que provocó un impacto positivo porque los estados y ciudades pro-clima dijeron: «Pues si esto es lo que hay, vamos a ello». Cuando miras el balance del carbono durante la presidencia de Trump los resultados no son tan malos, porque hay una compensación sobre aquellos actores que han ido más rápido. Pero lo terrible son esos discursos de «vamos a hacer esto y lo otro, y vais a ver lo que vais a ver» que terminan en nada. Eso sí que es terrible en términos climáticos.

«La transición actual no solo no le ha facilitado el trabajo a los países pobres, sino que además se les pide hacer esfuerzos»

Con este acuerdo, Europa se sitúa a la cabeza en la lucha contra el cambio climático. ¿Eso puede restarle competitividad frente a gigantes como China o Estados Unidos, menos comprometidos con esta causa?

No estoy segura que Europa sea la más comprometida. Acaba de cambiar ahora porque hay Green Deal, pero ¿dónde está el Green Deal? En Francia no hay un solo euro metido en el Green Deal. Sin embargo, en Estados Unidos, Biden finalmente ha metido dos mil billones en transición energética sin cuestionarse el problema del déficit y, mientras tanto, todo lo que vemos resurgir en Europa son los discursos contra el déficit. Alemania ya ha empezado a decir que la deuda se va a tener que reembolsar. Eso asusta a la gente. Lo que habría que hacer es acelerar las buenas inversiones y decirle a los países: «Adelante, esto no entrará en el cálculo de la deuda». Eso es lo que sería verdaderamente motivador, porque ya no sobrevolaría esa duda de quién va a pagar. Sin embargo, hay una especie de ideología antideuda general, un discurso que preocupa y que frena las inversiones… Esto sí que tendría que cambiar a nivel europeo.

De hecho, desde que estalló la crisis financiera en 2008, los líderes mundiales no han dejado de incidir en la necesidad de refundar o reformar el capitalismo. ¿Se han dado pasos realmente efectivos en esta dirección?

La refundación del capitalismo ya ha empezado, y no es suficiente. El capitalismo ha considerado que la naturaleza era algo gratuito y ha contaminado aire, suelos y ríos. Ha habido una apropiación privada de la naturaleza por parte de las grandes industrias y es ahora cuando hemos entendido que la naturaleza tenía un coste integrado. Por ejemplo, reglas como la de ‘contaminandor-pagador’ (cada contaminador debe pagar por la contaminación que ha generado) reconoce ese coste de la naturaleza y su descontaminación. Ese proceso hay que acentuarlo aún más porque es la verdadera transformación del modelo capitalista. Poner en marcha medidas que obligan a la industria a responder de sus actos y asumir las consecuencias es el reconocimiento de que la naturaleza no es gratuita.

Los populismos se han convertido en un fenómeno global que ponen en jaque a la democracia liberal. En España, por ejemplo, las tensiones separatistas en una región rica como Cataluña han evidenciado que el populismo no siempre es el resultado de un problema de desigualdad. ¿Qué hay detrás de ese malestar?

El malestar de los populismos está en la falta de sentido, en no saber por dónde seguir. La crisis sanitaria, por ejemplo, ha provocado un derrumbe de la democracia porque la gente –y, particularmente, los jóvenes– ha sido infantilizada. El gran sufrimiento invisible son los jóvenes y asistimos a su precariedad: en Francia, se ven obligados a acudir a la Soupe Populaire (comedores sociales) o Rests du Coeur (restaurantes del corazón) para comer. Esto los ha privado de interactuar con sus semejantes, algo fundamental para la formación. Además, los trastornos psicológicos o psiquiátricos que sufren siguen, a día de hoy, invisibilizados. Si tuviera una prioridad que recomendar sería la de devolverles alguna esperanza, una renta mínima. Esto tendría que hacerse a nivel europeo, estipulando que hay un problema masivo. La precariedad de los jóvenes es muy preocupante.

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