Sociedad

El rostro del mundo envejece

Numerosos estudios científicos estiman que, a partir de 2060, la población mundial sufrirá un decrecimiento paulatino que se sumará a la ya evidente demografía envejecida para transformar las economías.

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11
Nov
2021
Crisis demográfica
Fotograma de la película ‘Cocoon’. Fuente: Youtube

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Hace diez mil años, la época del Pleistoceno se extinguía junto con los grandes mamíferos, dando paso al periodo postglacial, conocido como Holoceno, que llega hasta nuestros días. Hace diez mil años, exactamente, desaparecieron seis tipos de homínidos y el homo sapiens quedó como único superviviente. Hace diez mil años, había alrededor de un millón de seres humanos. A comienzos del XIX, en 1800, la población mundial alcanzaba los 1.000 millones. En pleno desarrollismo franquista, 1960, 3.000 millones. Un año después de la pandemia del covid, superamos los 7.000. Siguiendo esta progresión, cuando finalice este siglo, habrá 10.000 millones de personas en el mundo, tal y como sostiene un grupo de investigación de la Universidad de Oxford liderado por el profesor de Stephen Emmott.

Sin embargo, hay otras investigaciones que advierten de que en la década de los sesenta del siglo XXI habitarán el planeta 9.700 almas y que, a partir de ese momento, habrá un decrecimiento paulatino. El Instituto de Métricas de Evaluación de Salud de la Universidad de Washington asegura que países como Níger pasarán de tener una media de siete hijos por mujer a 1,8; alcanzando porcentajes europeos. Las cifras de las Naciones Unidas hablan de que España pasará de 46 millones de habitantes a 23. A los países de nuestro entorno les sucederá lo mismo. Nigeria se convertirá en 2100 en una gran potencia con casi 800 millones de ciudadanos, solo por detrás de India (1.000 millones) y adelantando a China (que para entonces tendrá poco más de 700 millones de nativos).

La caída en natalidad afecta a la tasa de reemplazo, es decir, el porcentaje de ingresos que representa la prestación por jubilación

Habrá un colapso de fertilidad en el planeta. Eso supone menos saqueos de los recursos (finitos y no), descenso global de las emisiones y relajamiento de los sistemas alimentarios mundiales. Pero la caída de la población mundial también repercute directamente en el producto interior bruto de las naciones. Tal y como explica Jesús Fernández-Villaverde, catedrático de Economía en la Universidad de Pensilvania y miembro del Nacional Bureau of Economic Research (NBER), históricamente, la productividad del trabajo ha crecido de media un 2% anual. Si la población activa se incrementa un 1% anual, en condiciones normales la economía crecerá un 3% (un 2% de la productividad más un uno de la población), pero si la población activa cae a un 1% anual, incluso si la economía sigue creciendo al 2%, la economía crecerá de media un 1% (un 2% de la productividad menos un uno de la población); y si la economía se ralentiza, el resultado puede ser negativo. Es lo que le ocurre a Japón, que ha crecido más rápido que Alemania o que Estados Unidos y, no obstante, su estancada demografía lastra su economía. Es difícil mantener el estado del bienestar y el nivel de deuda pública de un país con una tasa nula de crecimiento medio. A eso se une la esperanza de vida, cada vez más alta, y la reducción drástica en el futuro de personas en edad de trabajar.

Recurramos a China para hacernos una idea de la dimensión del problema: en 1990, una década después de la prohibición de concebir más de un hijo, nacieron en la República Popular casi 24 millones de chinos. En 2020, sin restricciones cuantitativas a la hora de procrear, nacieron apenas doce millones. Ese mismo año, murieron diez millones de chinos. Y este ejemplo, que con mayores o menos matices ocurrirá en todos los países del mundo, afecta a la tasa de reemplazo, el indicador que relaciona el porcentaje de ingresos que representa la prestación por jubilación, respecto a los ingresos percibidos como trabajador activo. Prolongar la edad de jubilación tiene que ver con este asunto. La cantidad de ayudas fiscales y sociales para estimular la natalidad, también. La normativa que trata de garantizar la conciliación, otrosí. Pero del mismo modo, medidas mucho más delicadas que colisionan con otros derechos –por ejemplo obstaculizar el aborto, hacerlo más restrictivo o incluso prohibirlo–. Esta precisamente es la política china.

Japón ha crecido más rápido que Estados Unidos y, sin embargo, su estancada demografía lastra su economía

Los países que están apostando sin titubeos por la inmigración con vistas a largo plazo saldrán fortalecidos porque los estados surtidores de mano de obra también envejecen, sin reemplazo alguno y con una enjuta natalidad. Es lo que están haciendo Francia, Canadá, Reino Unido. Baste un ejemplo: el mejicano que traspasa la frontera para emigrar a Estados Unidos tiene una media de 29 años; es decir, nacieron cuando el territorio azteca contaba con una media de casi tres millones de nacimientos anuales. En 2020, nacieron apenas dos millones, con lo que en un futuro no habrá jóvenes que quieran o necesiten irse de México para buscar un futuro mejor.

España, lo dicen los informes de Naciones Unidas, es uno de los países más envejecidos, junto a Japón y Eslovenia. No se trata de mirar con recelo a los mayores pensando que las pensiones son el principal problema (no olvidemos que, tal y como reflejan los informes del CSIC, los pensionistas actúan como ‘amortiguadores sociales’ de la crisis económica y mantienen con sus prestaciones al 20% de los hogares del país).

Por tanto, hay tres vías para remontar este envejecimiento generalizado: aventar la natalidad con políticas serias y efectivas (ayudas, reducciones fiscales, conciliación), apostar por la inmigración o retrasar la edad de jubilación. El rostro del mundo envejece, y los países, para sostener sus sistemas económicos, han de responder al desafío. 

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