Medio Ambiente

El hambre es solo el principio

El ingeniero agrónomo Pablo Servigne y el investigador Raphaël Stevens analizan en ‘Colapsología’ (Arpa) los estudios científicos que muestran la posibilidad real de un colapso provocado por el crecimiento económico para ofrecer mostrar los peores escenarios que la humanidad puede protagonizar de no resolver la crisis ambiental.

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14
Jul
2021
Colapso

«La sobrepoblación mundial, el excesivo consumo por parte de los ricos y las pésimas elecciones tecnológicas» han colocado a nuestra civilización industrial en una trayectoria de colapso. Mañana mismo podrían tener lugar choques sistémicos globales e irreversibles, y la llegada de un colapso de gran envergadura parece mucho más cercana de lo que solemos creer, que es hacia 2050 o 2100. Nadie puede conocer el calendario exacto de las sucesiones que transformarán (a los ojos de los futuros arqueólogos) una serie de catástrofes en colapso, pero cabe la posibilidad de que esa sucesión esté reservada para las generaciones presentes. Esa es la intuición que compartimos con un buen número de observadores, tanto expertos científicos como activistas.

Cuesta decirlo, por la frecuencia con que la postura se ridiculiza, pero nos hemos convertido en catastrofistas. Queremos aclarar que eso no significa que deseemos las catástrofes, que renunciemos a luchar para suavizar sus efectos ni que caigamos en un pesimismo irrevocable. ¡Al contrario! Aunque el porvenir sea oscuro, «debemos luchar, ya que no hay ninguna razón para someterse de forma pasiva a los hechos». Para nosotros, ser catastrofista simplemente es evitar una postura de negación y tomar nota de las catástrofes que están ocurriendo ahora. Hay que aprender a verlas, aceptar su existencia y hacer el duelo de todo aquello de lo que nos privarán esos eventos. Desde nuestro punto de vista, esa actitud de valentía, de conciencia y de calma, con los ojos bien abiertos, es la que nos permitirá trazar caminos realistas hacia el futuro.

¡No es pesimismo! Tenemos la certeza de que nunca volveremos a la situación ‘normal’ que hemos conocido en las últimas décadas. En primer lugar, el motor de la civilización termoindustrial —el dúo energía y finanzas— está al borde de la extinción. Se están alcanzando límites; la era de las energías fósiles abundantes y baratas se acerca a su fin, como lo demuestra la avalancha de las energías fósiles no convencionales a precios medioambientales, energéticos y económicos prohibitivos. Este hecho destruye por completo cualquier posibilidad de retomar algún día el crecimiento económico, con lo cual firma la sentencia de muerte de un sistema basado en deudas… que sencillamente, no serán pagadas jamás.

La expansión material exponencial de nuestra civilización ha alterado irremediablemente los sistemas complejos naturales que la sostenían

En segundo lugar, la expansión material exponencial de nuestra civilización ha alterado irremediablemente los sistemas complejos naturales que la sostenían. Se han traspasado fronteras; el calentamiento global y los colapsos de la biodiversidad, por sí solos, anuncian la ruptura de sistemas alimentarios, sociales, comerciales o sanitarios; es decir, desplazamientos masivos de población, conflictos armados, epidemias y hambrunas. En un mundo que se ha vuelto «no lineal», los fenómenos imprevisibles de gran intensidad serán la norma, y hay que contar con que a menudo las soluciones que intentaremos aplicar afectarán aún más a los sistemas.

Y en tercer lugar, los sistemas cada vez más complejos que proporcionan la alimentación, el agua y la energía, y que posibilitan el funcionamiento de la política, las finanzas y la esfera virtual, exigen aportes cada vez mayores de energía. Dichas infraestructuras se han vuelto tan interdependientes, vulnerables, y con frecuencia anticuadas, que una pequeña ruptura del flujo o del abastecimiento puede poner en peligro la estabilidad del sistema global al provocar efectos dominó desproporcionados.

La globalización ha creado riesgos sistémicos globales, y por primera vez se da la posibilidad de un colapso a escala muy grande, casi global

Estos tres estados (la aproximación a los límites, el traspaso de las fronteras y la creciente complejificación) son irreversibles y, si se combinan, solo pueden tener un final. En el pasado han tenido lugar numerosos colapsos de civilizaciones que se limitaban a ciertas regiones. Hoy en día, la globalización ha creado riesgos sistémicos globales, y por primera vez se da la posibilidad de un colapso a escala muy grande, casi global. Pero no ocurrirá en un día; un colapso tomará velocidades, formas y giros diferentes según las regiones, las culturas y los riesgos medioambientales, y por lo tanto, debe considerarse como un mosaico complejo donde nada puede preverse.

Pensar que todos los problemas se resolverán con el regreso del crecimiento económico supone un grave error estratégico, porque presupone que volver al crecimiento es una posibilidad; pero sobre todo, porque aunque sea mucho el tiempo en el que los dirigentes se centren en ese objetivo, no se podrá poner en marcha ninguna política seria de conservación de la estabilidad del clima y de los ecosistemas para hacer lo que se necesita: reducir de forma rápida y considerable el consumo de combustibles fósiles. Los actuales debates de reactivación y de austeridad no son más que distracciones que hacen que nos desviemos de las cuestiones de fondo. De hecho, ni siquiera hay «soluciones» que buscar para esta situación inevitable (predicament), sino únicamente caminos que podemos emprender para adaptarnos a la nueva realidad.

Tomar conciencia de todo esto significa dar media vuelta. Es ver que, de pronto, la utopía ha cambiado de campo: hoy es utópico quien cree que todo puede seguir como antes. El realismo, en cambio, consiste en invertir toda la energía que nos queda en una transición rápida y radical; en la construcción de resiliencia local, ya sea territorial o humana.

Hacia una colapsología general y aplicada

«Precisamente porque la catástrofe supone un destino terrible que debemos rechazar, tenemos que vigilarla y no perderla nunca de vista». Ese será el tema central de la colapsología. Pero, mientras que para Hans Jonas «la profecía de la desgracia está hecha para evitar que se produzca», nosotros vamos un paso más allá, constatando (35 años después) que será muy difícil evitarla, y que solo podemos intentar mitigar algunos de sus efectos. Tal vez se nos reproche que ensombrezcamos la situación, pero los que nos acusan de pesimismo deberán demostrar en qué nos equivocamos exactamente. El peso de la prueba recuerda a los cornucopianos; la idea de colapso será muy difícil de eliminar y, como indica Clive Hamilton, «los deseos inútiles no bastarán».

Este libro es solo un comienzo; la continuación lógica, además de consolidar y actualizar los datos, será explorar en mayor profundidad las pistas de reflexión que se han planteado en los dos últimos capítulos. Ese será el objeto de la colapsología, que definimos como el ejercicio transdisciplinar del estudio del colapso de nuestra civilización industrial y de aquello que podría sustituirla, basado en los dos modos cognitivos que son la razón y la intuición, y en trabajos científicos reconocidos.

Sin embargo, no será más que un pequeño apoyo al proceso de transición interior que cada cual debe llevar a cabo. Saber y comprender representan solo un 10 % del camino por recorrer. En paralelo, hay que llegar a creérselo, actuar en consecuencia, y ante todo, saber gestionar las emociones. Todo ese trabajo se realizará mediante la participación en iniciativas que ya se sitúan en el mundo de después (transición u otras como Alternatiba, ZAD, ecoaldeas, talleres de Trabajo Que Reconecta, etc.) y, sobre todo, a través de otras formas de comunicación menos austeras: documentales, talleres, novelas, cómics, películas, series, música, danza, teatro, etc.

La generación «resaca»

En la década de 1970, nuestra sociedad todavía tenía la posibilidad de construir un desarrollo sostenible; la decisión fue no hacerlo. Desde los años noventa, todo ha seguido acelerando aún más, pese a las numerosas advertencias, y ahora ya es demasiado tarde. Sería justo preguntarse si nuestros antepasados realmente deseaban una sociedad «sostenible»; la respuesta es que no. Por lo menos, algunos antepasados, los que en un momento dado tuvieron el poder de imponer opciones tecnológicas y políticas a los demás, eligieron una sociedad no sostenible con conocimiento de causa. Por ejemplo, la cuestión del agotamiento (y, por tanto, del derroche) de las energías fósiles se lleva planteando desde que empezaron a explotarse, alrededor del año 1808. Hubo quienes abogaban por un consumo más razonable, pero sus voces fueron ignoradas. El economista británico William Stanley Jevons resumía en 1866 muy bien el tema del carbón (que puede aplicarse a todas las energías fósiles) como «una elección histórica entre un breve esplendor y una mediocridad a más largo plazo». No resulta complicado adivinar qué opción apoyó Jevons ni cuál salió ganando…

«Todo discurre como si la especie humana hubiera decidido llevar una vida breve pero excitante»

El trabajo de los historiadores es clave hoy en día para comprender lo que el brillante economista Nicholas Georgescu-Roegen presintió con lucidez en la década de 1970: «Todo discurre como si la especie humana hubiera decidido llevar una vida breve pero excitante, y dejar para las especies menos ambiciosas una existencia larga pero monótona». Pero todos nosotros, los descendientes de esos antepasados tan ambiciosos, los que nos acercamos al final del «breve esplendor» y sufrimos sus consecuencias, ¿tendremos por lo menos la posibilidad de regresar a un modesto periodo de «larga mediocridad»? Ya ni siquiera estamos seguros de eso.

Porque somos muchas personas en la Tierra, con un clima agresivo e imprevisible, ecosistemas destruidos y contaminados (¿quién podrá detectar entonces la contaminación?) y una diversidad biológica y cultural exánime. Si no damos un salto colectivo anticipado, puede que, en el gran silencio del mundo posindustrial, volvamos a una situación mucho más precaria que la de la Edad Media. Y en ese caso, paradójicamente, los partidarios del crecimiento desenfrenado serán los que nos hagan regresar a la «Edad de Piedra».

Los portavoces del «progreso» han venerado el breve esplendor, ese espíritu de fiesta que se ha vivido en los dos últimos siglos como si no hubiera un mañana y cuya intención era vibrar, moverse y gritar cada vez más fuerte, para olvidar todo lo demás, para olvidarse. Siempre hacía falta más energía, más objetos, más velocidad, más control; siempre hacía falta más. Ahora, para ellos, viene la resaca, ¡se acabó la fiesta!. Al final, la modernidad no morirá por sus heridas filosóficas posmodernas, sino por falta de energía; y si las anfetaminas y los antidepresivos han sido las pastillas del mundo productivista, la resiliencia, la sobriedad y las bajas tecnologías serán las aspirinas de esta «generación resaca».

Otras formas de festejar

Esos mismos «progresistas» también se han burlado de la «larga mediocridad». Pero ¿tan mediocre era? Hoy en día, los caminos posibles —porque los hay— apenas están señalizados, y llevan a un cambio de vida radical, a una vida menos compleja, más pequeña, más modesta, y bien alejada de los límites y las fronteras de los seres vivos. El colapso no es el final, sino el principio de nuestro futuro. Reinventaremos las formas de festejar, de estar presentes en el mundo y con nosotros mismos, con otras personas y con los demás seres que nos rodean. ¿El fin del mundo? Eso sería muy sencillo, pero aquí está el planeta, rebosante de vida; hay que tomar responsabilidades y elegir un futuro que trazar. Es hora de pasar a la vida adulta.

Durante los encuentros con el público, nos ha sorprendido encontrarnos con mucha alegría y risas que no buscaban esconder la desesperación, sino que se desplegaban con cierto alivio. Hay quienes hasta nos han agradecido que hayamos puesto palabras y emociones a un profundo malestar que no lograban expresar. ¡Otros nos han confesado que ha sido la clave para retomar el sentido de su vida! Ya no estábamos solos. Somos incluso demasiados. En tiempos difíciles, se forman redes. Y crecemos.


Este artículo es un fragmento del libro ‘Colapsología‘ (Arpa), por Pablo Servigne y Raphaël Stevens.

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