Sociedad

Ser uno mismo entre la gloria y lo vulgar (o cómo aprender a ser mortal)

Atravesamos un momento histórico en el que apenas hay modelos que imitar porque los valores se han vuelto difusos. Tan solo asumiendo, como hizo el propio Aquiles, nuestra condición de mortales, podremos alumbrar nuestra individualidad.

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11
Jun
2021
mortal

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La Organización Mundial de la Salud sitúa entre los 10 y los 19 años a la adolescencia, esa etapa de «iniciación en derrotas», como la calificara el escritor Bioy Casares. Ese periodo convulso, agitado, intenso, de hondo victimismo existencial y narcisismo, presidido por un deseo indómito, voluptuoso, en el que la perspectiva temporal de futuro se reduce a 24 horas vista. 

Para el filósofo Javier Gomá (Bilbao, 1965), la adolescencia pertenece al «periodo estético», como lo llamó Kierkegaard, inmaduro, romántico y artístico, que termina por producir un íntimo hastío al adolescente que se traduce en la sensación de inutilidad, de no ser productivo, de quedarse descolgado, ‘des-quiciado’: fuera de lugar. De ese malestar trascendente surge un movimiento, un tránsito necesario, un requiebro casi sutil que nos conduce a lo que Gomá denomina la doble especialización que permite a uno ser adulto y cumplirse: por un lado, acatar la vocación (etimológicamente ‘voz interior’, que en términos mundanos alude a seguir una determinada actividad o profesión con la que ganarse la vida); por otro, formar un hogar donde educar el corazón.

En Aquiles en el gineceo (Pre-Textos), el filósofo bilbaíno recurre al más famoso de los héroes de Troya para ejemplarizar su hipótesis de la doble especialización, la del corazón y la del oficio. Aquiles, antes de ganarse la gloria, permanecía escondido en el gineceo de la isla de Esciros porque un oráculo predijo su muerte temprana en campo de batalla. Su madre, la ninfa Tetis, intentó convertirlo en inmortal sumergiéndolo en la laguna Estigia, pero olvidó mojar el talón por el que lo sujetaba, dejándolo vulnerable justo en ese punto.

Del malestar trascendente surge un tránsito necesario que nos conduce a lo que Gomá denomina ‘la doble especialización’

Lo que le interesa a Gomá es que Aquiles tuvo que escoger en un momento de su biografía (azuzado por Ulises, dígase de paso) entre una vida larga y sin brillo, o una breve pero célebre. Es decir, tuvo que escoger entre «ser vulgar o excelente». Pero la excelencia a la que se refiere Gomá no entronca con las proezas, hazañas o epopeyas (aunque en Aquiles concurren) sino con el hecho de vivir, envejecer y aprender a ser mortal. Así, además de ejercer la libertad, Aquiles hace un buen uso de ella, inclinándose por lo bueno, que en su caso fue luchar con los suyos.

El adolescente (Aquiles agazapado entre las mujeres) carece de responsabilidades, así que se dedica por entero a sí mismo. Toma conciencia de que es único, cultiva su arrogancia creyéndose inmune, y contempla deseante todas las posibilidades que le ofrece el mundo negándose a escoger una de ellas porque supondría renunciar a las demás. Cuando el adolescente decide salir de su «indeterminación» y escoger lo mejor para su corazón, para su vocación, comienza a vivir el «periodo ético» caracterizado por la madurez, la dignidad y el ascetismo. E inicia la forja de su identidad.

Para Gomá, el hombre corriente comparte la dignidad heroica y trágica del propio Aquiles ya que lo que nos une es, precisamente, nuestra condición de mortales. Solo asumiéndolo podremos alumbrar nuestra individualidad. Así, de considerarnos un fin en nosotros mismos, algo que sucede en la adolescencia, en la «etapa estética», se pasa a la «etapa ética», contribuyendo en el todo social, al bien común. El adolescente que no abandona el territorio de lo estético se convierte en un desconsiderado que, creyéndose especial, distinto, único, no deja de ser uno más de entre masa.

Un hombre «ético» es consciente de su dignidad, cuida de sí, de los suyos y trabaja para conseguir una sociedad mejor

El problema, según Gomá, es que hoy en día cada vez son menos los instrumentos de los que disponen los adolescentes para decidir cuál será su vocación y para labrar su corazón. Por un lado, porque la educación que reciben cada vez lo es menos. Capacitan al adolescente, pero no lo educan, no lo convierten en ciudadano, no le enseñan  pensar, a distinguir qué quiere hacer en la vida, ya que lo condicionan a escoger aquello que tenga una mejor salida en detrimento de aquello que realmente lo ayudaría a conseguir una plenitud. Por otro lado, atravesamos un momento histórico en el que apenas hay modelos que imitar (al estilo de Aquiles) porque los valores se han vuelto difusos, la verdad está bajo sospecha, y eso dificulta a los adolescentes pulir su corazón a través de la imitación.

Un hombre «ético» es consciente de su dignidad, cuida de sí, de los suyos y trabaja para conseguir una sociedad mejor, más justa, más amable. No renuncia a sus sueños, y vive sin perder el sentido de la vida, es decir, no deseando vivir a cualquier precio, aprendiendo a ser mortal.

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