Cultura

«En el exilio hay una cierta pérdida emocional, episodios que nunca más vas a tener en tu vida»

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17
May
2021

Las canciones de Ariel Rot tienen tal calado intergeneracional que ya nos han acompañado durante más de 40 años. Las suyas, las de Tequila, las de Los Rodríguez. Guitarrista consumado a muy temprana edad, Rot ha desarrollado su don artístico en un largo proceso de maduración no exento de altibajos y cesantías. El músico bonaerense –ahora también figura catódica– sabe tanto de éxitos como de indiferencias clamorosas. Ha tocado el cielo, pero también ha mordido el polvo. En su sereno discurso relumbran destellos de una distinción que se antoja innata. Conserva intacto el impulso que le llevó a enchufarse al ‘ampli’ por primera vez, pero no está dispuesto a dejarse avasallar por la premura de un presente en perpetua aceleración.  


¿Te gusta contestar entrevistas? 

He hecho muchas. A veces me parece que hablo demasiado, ese es el problema. Intentaré resumir un poco mis respuestas. Es una primera pregunta bastante curiosa la que acabas de hacer. Podemos profundizar más. Depende de qué preguntas, claro.

Este arranque viene a cuento de que, en los últimos tres años, has cambiado de rol debido a tu trabajo como presentador del programa musical Un país para escucharlo, que ya lleva tres temporadas de emisión en La2 (TVE). Ahí las preguntas las hacías tú.

Fue mi debut, digamos. Nunca había estado en ese rol. La primera temporada la recuerdo como un momento de vértigo. Ese momento en que te dicen «estamos grabando, ya puedes empezar». ¿Cómo empiezo yo? ¿Esto qué es? Es difícil saber cuándo terminar la pregunta. A veces pasa lo mismo con las respuestas, pero con la pregunta es mucho más notorio cómo la cierras. Hay que saber redondearla. Hay gente que me pareció que tenía discurso, que tenía cosas interesantes que contar, bien desde el punto musical o más técnico; bien de su carrera y su vida, de su ciudad, porque era un programa muy dedicado al hábitat. Hubo entrevistas muy interesantes con discursos poco previsibles, que siempre se agradece.

¿Esta experiencia ha cambiado en algo tu percepción sobre el trabajo de los periodistas?

Me ha hecho entender la profesión un poco más. No podría decir que ha sido una carrera, pero sí 30 programas con unas siete entrevistas por programa. Es un buen número. Fui conociéndome a mí como entrevistador, viendo mis fallos, tratando de buscar preguntas con sustancia. También aprendiendo a cortar a veces a la gente cuando la cosa se pone un poco reiterativa o falta de interés. Es una profesión, no tiene nada que ver con lo que había hecho antes. Lo respeto, por supuesto, y creo que es muy bonita para la gente a la que le gusta escuchar.

De todas maneras el periodismo sí ha sobrevolado tu biografía a través de tu padre, que estuvo vinculado a él.

Sí, hubo un periodo de mi vida previo a la dictadura y al exilio en la que mi padre fue fundador y director ejecutivo [del periódico La Opinión], financiero más bien. Era muy fascinante ese mundo para nosotros. Aunque, por cuestiones de esa época, en Argentina sí que se tuvo que poner en algún momento al mando del periódico, no era periodista. Empezó cuando yo tenía 11 años y duró hasta que nos vinimos [a España], que yo tenía 15. Era amigo de muchos hijos de los periodistas que trabajaban ahí y del fundador, Jacobo Timerman, que era una eminencia del periodismo. Nuestro fin de semana era ir al periódico, estar ahí. No había fotos en el periódico, que era totalmente innovador y se basaba un poco en Le Monde, pero sí un gran caricaturista al que nos fascinaba eso ver dibujar. Era genial, Sabat. Hermenegildo Sabat. Jugábamos también a bajar a la calle con una libreta y parar a cualquiera para preguntarle cosas.

«Nos estamos cargando el chiringuito, si es que no nos lo hemos cargado ya»

Se te ilumina la cara al recordar todo eso.

Imagínate qué época maravillosa. Un día tu padre te dice que va a fundar un periódico con su amigo de la infancia. Todo empieza muy pequeñito y, de repente, empiezas a ver a la gente con el periódico bajo el brazo. Se convirtió en un periódico de referencia total –ahora se estudia en las universidades– que cambió el rumbo del periodismo porque era todo opinión: mucho editorial, muy abierto, capaz de generar polémica más allá de la portada. Es el recuerdo de toda una época.

También estaba muy presente en casa la música, por la vía materna. Tenías bastantes papeletas tú y tu hermana [la actriz Cecilia Roth] para ir por los caminos de la creatividad.

Ahora que soy padre me doy cuenta de que no es una regla infalible. El ambiente en mi casa era muy particular. Mi madre ensayaba con otros músicos que venían, porque era una casa muy grande. [Venía] El Cuarteto Cedrón, que era un grupo que me fascinaba. Llegar del colegio y saber que había ensayo esa tarde en casa era la mejor noticia que podía tener. Había un piano, había una guitarra… y enseguida sentí que no existía otra opción en mi vida. Siempre lo tuve claro. No exactamente la forma, pero sí el fondo. Lo que pasaba en casa era increíble: a veces había fiestas que reunían al mundo de mi padre y al de mi madre. Cantantes bohemios de la época como Facundo Cabral, cantautores de los 70 que se iban pasando la guitarra cantaban. Soledad Bravo y Paco Ibáñez vinieron a casa muchas veces. Y, a la vez, el mundo de La Opinión. Personajes fascinantes.

¿Cuál fue esa primera guitarra con la que tuviste claro que ibas a hacer rock?

Tuve algunas guitarras previas, muy baratas. Pero en un momento de bonanza familiar, mis padres fueron a Estados Unidos y les pedí una guitarra, pensando que me iban a traer una normal. Me trajeron una Gibson Les Paul Goldtop. Llegué a Madrid cargado con esa guitarra y cargado también con muchos años de tocar con otra gente. Tenía 16 pero llevaba más de cinco años juntándome para tocar y componer, con mucha pasión, muchas horas. Entre la guitarra y que ya era aventajado, enseguida marqué la diferencia en Madrid.

Ariel Rot, en sus primeros años como músico.

Efectivamente, una de las cosas que llama la atención en tu caso es la destreza en la precocidad.

Sí, pero todo se termina. ¡La Opinión fue confiscada por el gobierno militar y la guitarra me la robaron!

La primera vez que te subes a un escenario es en la Escuela de Industriales de Madrid, en 1977. Supongo que lo recuerdas como si fuera ayer.

Me acuerdo mucho de ese concierto. Tocábamos antes que Ñu, el grupo de Rosendo. Empezamos con Rock and roll en la plaza del pueblo. Yo cantaba en esa época en Tequila. Sentí una energía inusitada porque… no sé cuanta gente habría, era un sitio pequeño y estaba reventando. Un éxito. Yo era un niño. Recuerdo la sensación, esa que permanece. ¿Cuánto tiempo duró esa sensación? El primer ensayo después de ese concierto ya fue otra cosa. Cuando empezamos a tocar sentimos algo diferente. Empezamos muy bien, después hubo conciertos catastróficos, en sitios demenciales. Imagínate en esa época, que no sabían lo que iban a escuchar ni podían entender un grupo tocando tanto rato rock. Porque Tequila se pateó todos los pueblos de España y realmente había sitios donde nunca habían escuchado una banda de rock en directo.

¿Los músicos os pasáis la vida persiguiendo esa primera sensación?

Hay cierta sobrevaloración sobre lo que siente un músico arriba del escenario. Creo que parte de culpa la tienen los ellos mismos, que siempre dicen «qué sensación, no puedo vivir sin esto». Hay momentos en que sí, pero a veces no. El escenario puede ser algo muy reiterativo, a veces muy mecánico. En el escenario pasan muchas cosas, no todo es entrega y éxtasis [ríe con ganas]. A veces te pasan pensamientos parásitos por la cabeza, o estás mosqueado con algún músico, o con el sonidista porque no te gusta algo que está pasando. No es o negro o blanco. Yo no puedo vivir sin tocar, eso es cierto, pero tampoco te voy a decir que es la panacea. Hay que hacer un resumen de lo que pasa, de lo que sentiste tú y de lo que sintió el público, que también es importante. A veces hay conciertos en los que la gente está encantada y tú estás jodido. Y a veces es al revés, un sitio que no promete, poca gente, un teatro que no está lleno, y pasan cosas mágicas. No digo que no ocurran, claro que ocurren, pero no siempre. Tal vez por eso seguimos.

¿Tu primer disco profesional fue Fiebre de vivir, con Moris, o Matricula de honor, con Tequila?

Primero grabamos el single de Tequila con Necesito un trago y Buscando problemas. No te puedo asegurar cuál fue el primero, porque fueron los dos discos muy pegados y para mí formaron parte casi de lo mismo. Pero la primera vez que fui al estudio a grabar fue con Tequila.

El caso es que los dos discos se publican en 1978. Uno es el de un grupo de críos, Tequila, poniendo patas arriba la música popular española. El otro el de uno de los fundadores del rock argentino, Moris, acompañado por esos críos para hacer un disco clave del rock en castellano. ¡Y tú no tenías ni 20 años!

Tenía 18. Estaba realizando mi gran sueño del rock and roll, levantándome a la mañana para ir a grabar a un estudio, durmiendo a veces en casa de mi primera novia y con mi banda. ¿Qué quieres que te diga? Si hay algo mejor en la vida que alguien me lo demuestre.

Todo esto viniendo de donde venías con tu familia, del exilio.

Sí, con tanta gente alrededor, con historias trágicas que nosotros conocíamos desde aquí.

En ese momento tu biografía pasa de una página terrible a otra muy alegre, y todo esto en tu adolescencia.

Nosotros no nos dábamos cuenta de lo terrible que era, lo teníamos normalizado. «Ah, pusieron hoy dos bombas en el periódico, dos coches». Mi padre como si nada. La gente nos empezó a decir que nos teníamos que ir. Yo no viví el exilio como un drama, al revés. Me sentí un poco lobo solitario llegando aquí, pero tenía buenas sensaciones. Lo vivía como una aventura. Pensaba que iba a pasar algo bueno, sobre todo en lo musical. Ahora con el tiempo, ya con hijos, sí que hay algo que el exilio [piensa durante un momento]… hay una pérdida, hay cosas que ya nunca vas tener en tu vida. Tu grupo de amigos, tu grupo de infancia, los recuerdos, los olores, todo eso se borra en cierto modo. Tequila fue mi primer enlace con Madrid, porque estaba buscando y no encontraba un lugar en esa ciudad.

Madrid en 1976, con Franco recién enterrado, seguramente era algo muy distinto a lo que es ahora.

Había reductos, muy pequeñitos, muy underground, en el centro, en Malasaña, en el Rastro. Había brotes verdes que luego estallaron.

Al escuchar hoy las apelaciones a la defensa de una libertad supuestamente amenazada que hacen algunos políticos, y teniendo en cuenta la peripecia vital de tu familia, ¿qué piensas?

[Suspira] Lo que pasó en ese momento en Latinoamérica yo confío que, por muchas amenazas que veamos, es algo que nunca se va a repetir. Confío. Es cierto que ver en el poder a gente que niega cosas que no le interesa –o que no le conviene– y que son fundamentales para la especie humana como el ecologismo, el respeto, la ciencia, la solidaridad… es una mala noticia para mí. Ahora, libertad… bueno, se han hecho hasta canciones a la libertad… ¡Libertad, hala, cada uno la entienda como quiera! Estaría mucho más tranquilo si me dijesen «vale, pero también estamos cuidando las ciudades porque creemos que el futuro es verde o, si no, no será». Eso garantizaría una vida bastante mejor para nuestros hijos.

Volviendo a tu trayectoria musical, Tequila fue un fenómeno arrasador que os pilló en plena adolescencia, estando aún sin formar. ¿Cómo lo llevaste?

Fue como entrar en una nave, en un paréntesis, no sabría cómo llamarlo. Para un chico en formación, interrumpe o trastorna el crecimiento emocional. Ya conocemos las historias de miles de ídolos adolescentes que acabaron en los psiquiátricos, en los cementerios, en los centros de rehabilitación… En Tequila hubo de todo, hubo quien lo llevó muy mal, quien más o menos lo sacó adelante y quien consiguió reconstruir y tratar de continuar ese proceso. A recuperar, a crecer en otros aspectos. Fue un paréntesis, pero muy rápido, muy fugaz. Fue como un máster. En pocos años vimos cómo era el éxito repentino y la caída repentina también. Y el olvido y la indiferencia. Fue muy interesante, también sirvió para crecer.

El caso es que después de sacar tus dos primeros discos en solitario –Debajo del puente y Vértigo– regresas a Argentina y empiezas a trabajar con Andrés Calamaro. Todo eso antes de lo que vendrá con Los Rodríguez. Esta fase de tu vida está menos explicada, quizá.

Puede ser, porque yo en Argentina soy casi anónimo. De vez en cuando ponen una canción mía, de Los Rodríguez, de Calamaro, pero no dicen «Ariel Rot escribió esta canción». Uno de esos dos discos míos en solitario lo sacaron en Argentina, lo promocionaron de la manera que se hacía antes, dándole mucho fuelle. Debajo del puente sonó muchísimo en la radio. Es una canción que prácticamente toda una generación la conoce, pero luego no pasó nada. Por eso volví, para promocionar ese disco. Pasó un tiempo y finalmente me autoexilié de España. Lo creí conveniente por una serie de motivos, entre ellos la salud. Y fue un gran acierto. A pesar de que Tequila no existía yo todavía era una figura. Tenía esa carga encima. Si salíamos a la calle, se nos tiraban para pedir autógrafos o nos intentaban atracar. ¡Era el Madrid underground de la época! [ríe de nuevo]. Fue una época muy buena en Buenos Aires –la vuelta a la democracia, seguridad… aunque económicamente empezó a complicarse todo, pude disfrutar de otra gran fiesta que fue la de la democracia argentina–. Fue un cambio muy brutal en mi vida. Aquí cada vez estaba más encerrado, viviendo una vida bastante oscura. Y encontré una primavera, tanto alrededor como dentro mío. Tocaba con Andrés, que venía de ser famoso también pero estaba en un momento de rehacer su carrera, sin éxito. Me apunté ahí porque me encantaba tocar con él, nos hicimos enseguida colegas. Básicamente era salir a tocar de vez en cuando fuera, también en Buenos Aires, pero con mucho viaje por el interior. Muchos kilómetros y mucha locura. Por otro lado, me reencontré con un amigo que hacía publicidad y me puse a hacer música para anuncios, que me parece una profesión divertida y una muy buena posibilidad para un músico. Nos reíamos muchísimo. Tampoco trabajábamos mucho porque lo que queríamos no era crecer como productora, sino vivir de puta madre. Con que nos saliese una al mes ya estábamos contentos. Ese era nuestro objetivo, y más o menos se iba cumpliendo. Un gran aprendizaje también. En el grupo de Andrés estaba Gringui Herrera, un guitarrista fabuloso, y me sirvió mucho. Fue volver, porque los 80 me alejaron un poco de la guitarra orgánica. Volví a tocar y por eso llegué tan en forma a Los Rodríguez: porque estaba tocando con guitarras procesadas, afectado por esos sonidos anglos de los 80.

«Lo que hay que hacer son proyectos ilusionantes. Si no siento esa ilusión, lo voy dejando»

Los Rodríguez tuvisteis que empezar desde abajo, tocando en pequeños garitos. Quizá la percepción que se podía tener de vosotros era la de un grupo de viejas glorias de la nueva ola madrileña. ¿Fueron momentos complicados?

Si te digo la verdad, fueron los mejores. Los comienzos siempre tienen algo especial. Íbamos muy justos, siempre estábamos pendientes de que si faltaba el dinero Andrés tendría que volver a Argentina. Pero pasó algo muy mágico: confraternizamos y vivimos la historia del grupo de rock que se pasa todo el día junto, que cocina unos espaguetis cada noche porque no da para más pero al mismo tiempo vive cosas increíbles. Esos primeros años en Madrid fueron bestiales. Había muchos músicos tocando, mucha jam-session. Estábamos muy unidos en un estado de gracia. Fueron los años felices de Los Rodríguez.

No duró mucho, pocos años después ya estabais diciendo «hasta luego».

Soy de grupos de vida corta [ríe]. Está bien, me parece que es el tiempo natural de un grupo en realidad. Hay excepciones, como Sidonie y Love of Lesbian, que llevan mucho tiempo y se les ve genial. Pero también hay grupos longevos que se ven mal. Es como los matrimonios, esto es un cliché, pero… enseguida empezó a haber conflictos en la banda. Es como una balanza, siempre hay motivos para romper un grupo y para mantenerlo unido. Y el que puede decidir, decide.

Es algo normal, lo raro no es que los grupos se separen, sino que permanezcan muchos años juntos.

Creo que sí. Los Rodríguez todavía teníamos para dar más musicalmente, pero la situación interna era muy complicada. Al final teníamos treinta y pico de años y era bueno emprender nuevas aventuras. A mí me sirvió a pesar de la sensación de vértigo. Los grupos nunca los busqué, siempre surgieron. Y me animé a retomar esa carrera en solitario en la que no había sido muy feliz porque estaba demasiado acostumbrado a estar protegido por una banda. Esta vez me preparé un poco más, ya era más adulto. Hubo toda una época entre dos veranos en que Los Rodríguez estuvimos un año separados pero sabiendo que íbamos a hacer la gira con Joaquín Sabina. Y en ese momento empecé a tocar de una manera muy underground con en un grupo que se llamaba The Rota. Entendí la cuestión de prepararse para las cosas y eso me vino muy bien. Retomamos la gira con Los Rodríguez, completamente distinta a las que habíamos hecho. El escenario era igual, y tocábamos con Joaquín Sabina en sitios muy grandes. Pero entre nosotros ya estábamos muy distanciados y, cuando terminó la gira, se acabó. Retomé, empecé a aprender.. así como aprendí el oficio de presentador, pues también el de frontman.

Acabas de cumplir 61 años. ¿Ya te vacunaron?

Me dieron la primera de Astra [Astrazeneca] hace dos semanas. La segunda va para largo. Mantengo los cuidados a pesar de las vacunas.

¿Todo esto que ha pasado en los últimos 15 meses ha cambiado en algo tu visión de las cosas?

En lo personal descubrí que tenemos una familia increíble, porque hemos estado muy bien. Somos cuatro en casa y, a pesar de tener que reestructurar los espacios y un montón de cosas, hubo mucha armonía, mucho cariño y mucho respeto. Y las lecciones que aprendimos todos: que la ciencia-ficción en un momento se convierte en nuestra realidad, que es alucinante estar en manos, planetarias, de gente tan cortoplacista. Eso creo que es lo que más preocupa, que son medidas que no traen mucho voto, que, en principio, son sacrificios, pero mientras tanto nos estamos cargando el chiringuito (si es que no nos lo hemos cargado ya).

La última vez que hablamos fue en el salón de tu casa, cuando salió el álbum La manada (2016), tu último disco hasta la fecha. ¿Tienes canciones nuevas?

Hay bocetos. Si me pusiese, tendría material suficiente para unas cuantas canciones. Pero hay algo que –quizá la situación– no me hace tan ilusionado para hacer un disco. Noto que ha cambiado todo tanto, que hacer un disco va a implicar una serie de cosas que me van a resultar tan ajenas y, en cierto modo, incómodas, que me preocupa un poco. Si todo fuese tener charlas como esta estaría muy bien pero, ya sabes: con el streaming, los nuevos puestos que aparecieron en las discográficas, perdí un poco el pulso y ahora me da cierta pereza. Hemos hablado de mi vida, que es muy larga, empecé muy joven y soy tremendamente old school. ¡No se puede ser más old school que yo! [amaga una carcajada] Hice una canción para una película, ayer estuve haciendo una versión de T.Rex para la televisión… me encuentro muy bien de la voz, mejorado. También los últimos años he tocado mucho tanto solo como con el pianista de jazz Federico Lechner, que me puso mucho las pilas. Creo que lo que hay que hacer son proyectos ilusionantes. Si no siento esa ilusión, lo voy dejando.

«En pocos años vi cómo era el éxito repentino, pero también la caída, el olvido y la indiferencia»

Suena a pereza pero también a extrañeza.

Hay cosas que ya no me resultan tan extrañas porque nos hemos familiarizado, pero veo un poco la esclavitud de intentar mantener una carrera todo el tiempo. ¡Y en tiempos como ahora! Me resulta muy sacrificado. Tengo el privilegio de poder decir que ya he hecho mucho. No estoy en pleno combate sin poder aflojar. Puedo irme a las esquinas todo el tiempo que quiera, como un viejo boxeador.

Aquella última vez que hablamos nos detuvimos en la canción Una semana encerrado. Decías que el mundo que habitábamos invitaba a refugiarse de puertas para adentro porque lo que había fuera era un despropósito. Ahora no ha sido una semana, han sido meses de encierro, pero la sensación de despropósito no desaparece.

Al haber vivido esto de una forma tan colectiva también hay cierta ansiedad por recuperar algunas cosas. He sido muy cuidadoso y sigo siéndolo, así que hay muchas que están pendientes. Celebraciones, encuentros, charlas distendida… La última temporada del programa la he hecho en pandemia. ¿Qué quieres que te diga? No me sentía cómodo en un restaurante cerrado. Eso me lo permití solamente trabajando. No quería tocar porque no quería encerrarme en un local a ensayar con gente, le tengo mucho respeto a todo lo que está pasando. Pero sí es cierto que la canción ha cobrado ahora otra lectura. Tengo ganas de poder tocar, viajar, encontrarme con amigos músicos y confraternizar más. Por supuesto, lo que se ve afuera ya directamente [hace gestos con las manos]… Si no estuviese la salud en peligro, sería hasta divertido.

Una de las cosas que ha impedido la pandemia es poder juntarnos a ver conciertos de rock. ¿Crees que el músico popular en España tiene el reconocimiento que debería? ¿O quizá no habéis peleado lo suficiente para poneros en vuestro sitio?

Como decía Michael Jackson, «I’m a lover, not a fighter». Yo soy músico, peleo contra mí mismo para ser cada vez mejor. Esa es mi lucha. Puede sonar egoísta o pasota. Lo del reconocimiento es tan relativo… ¡Recibo, cada vez más, unos mensajes tan poderosos! Cuando alguien te dice cosas que tienen que ver con su vida, con enfermedades, con hijos, con cómo estuve presente en esos momentos de gente desconocida… ¿Cuál es el reconocimiento que buscamos? Empecemos por ahí. ¿Reconocimiento oficial? Un desastre. Lo que sería la parte más sindical, digamos, la de tomarse la música como algo más que puro entretenimiento. Pero en lo personal lo sigo viendo muchísimo, y lo agradezco.

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