Internacional

¿Por qué vuelve a arder Irlanda del Norte?

Al igual que en los peores años del conflicto irlandés, el norte de la isla arde de nuevo entre rocas y cristales rotos. Los nuevos disturbios provocados por el ‘brexit’ y la frontera marítima se describen ya como «una violencia peor que en ‘The Troubles’».

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16
Abr
2021

La convulsión en Irlanda del Norte se observa de nuevo tras la sombra de los coches ardiendo. En las distintas ciudades del país, como Derry, las noches son escenario de batallas campales entre la policía y los manifestantes unionistas, muchos de ellos miembros de las nuevas generaciones nacidas tras el antiguo proceso de paz. Por primera vez en seis años, la policía se ha visto obligada a usar el cañón de agua para dispersar las violentas manifestaciones que tienen lugar en los enclaves protestantes. El malestar creado desde enero tras la implantación de controles aduaneros entre Irlanda del Norte y el resto del Reino Unido por el brexit ha contribuido a esta escalada de tensión en las últimas semanas.

Más de veinte años después, estos episodios agitan el recuerdo de años grises para el país: el conflicto norirlandés –conocido en inglés como The Troubles–, motivado por la negativa de la mayoría de la población norirlandesa, protestante y de identidad británica, a unirse en el territorio católico de la República de Irlanda tras su independencia en la década de los veinte. La tensión acumulada, impulsada también por las discriminaciones hacia los católicos, hizo estallar las agresiones por parte de ambos bandos, que comenzaron a formar grupos paramilitares: el unionista, formado por protestantes que deseaban pertenecer al Reino Unido, y el nacionalista, que buscaba acabar con la discriminación y reunificar la isla.

Hasta 3.500 vidas yacen bajo tierra a causa de los Troubles. Calificados como el terrorismo europeo más violento del siglo XX, tras la firma del Acuerdo de Viernes Santo en 1998, se estableció un sistema de poder democrático compartido entre ambos bandos para lograr una convivencia pacífica que frenó la violencia a gran escala, pero nunca alcanzó el final rotundo para el conflicto. En los últimos años, los grupos paramilitares han seguido activos en sus respectivas comunidades a través de, entre otras actividades, los llamados «castigos por ofensas» –que incluyen, en una escala creciente, desde disparos en las rodillas a la ejecución directa– establecidos por estos grupos.

Michael McGibbon, un conductor de taxis, fue asesinado en 2016 con tres disparos en las piernas –uno de ellos diseccionó su arteria y le causó la muerte– por un supuesto comentario inapropiado a la hija de uno de los miembros de las organizaciones. No es anecdótico: se han contabilizado hasta 3.000 «castigos» de este tipo desde 1998. Muchos otros han quedado invisibles por el silencio colectivo que envuelve los sucesos.

Boettger: «Hay más elementos en juego que el ‘Brexit’: los jóvenes viven en una abundante pobreza y sin perspectivas de futuro»

El frágil equilibrio de Irlanda del Norte ha vuelto ahora a desnivelarse. Durante el mes de marzo y la primera semana de abril numerosos jóvenes –algunos menores de 14 años– quemaron vehículos en la capital, Belfast, además de lanzar cócteles molotov y ladrillos a numerosos oficiales de policía. En el marco de las revueltas, John Roberts, uno de los altos cargos de la policía norirlandesa, destacaba el hecho de que esa violencia tuviese lugar «a una escala que no habíamos visto en Irlanda del Norte desde hace años», motivo por el que el propio gobierno norirlandés se reunió de emergencia para tratar algo que muchos expertos describen como una de las consecuencias más peligrosas del brexit: una nueva frontera en el Mar de Irlanda.

En las negociaciones del tratado de salida del Reino Unido, esta estrategia se interpretó como una buena solución para que la República de Irlanda, perteneciente al mercado común europeo, pudiera establecer los controles acordes a los estándares de los veintisiete. La frontera en el mar pretendía evitar tensiones entre las dos partes: unionistas –persiguen permanecer en Reino Unido– y nacionalistas –buscan alejarse completamente de lo británico–. Sin embargo, esta medida ha terminado irritando las sensibilidades de los primeros (que, en su mayoría, votaron para abandonar la Unión Europea) por varios motivos. En primer lugar, porque la irrupción del libre flujo de productos desde el Reino Unido ha causado escasez de productos en los supermercados y, en segundo lugar, porque sienten que el Reino Unido los ha olvidado y que su integridad territorial está bajo amenaza.

«La situación surgida con la nueva frontera no es tanto una causa como una ocasión para la aparición de estas revueltas violentas», señala Katrin Boettger, directora del think-tank Institut for Europäische Politik. «Hay más elementos en juego en todo esto. Hay que observar, principalmente, la participación de gran cantidad de gente joven en las revueltas, que no solo vive en una abundante pobreza, sino que tampoco tiene perspectivas de futuro». La investigadora hace hincapié en que una parte importante de la economía norirlandesa se basa en el tráfico de drogas, actividad ilegal que se ha combatido con dureza por parte del cuerpo policial y que ha llevado a la isla a ver inversiones económicas mínimas en comparación con Irlanda y el Reino Unido. Al cóctel se añade también la prevalencia de enfermedades mentales en el territorio norirlandés, un 25% mayor que en Inglaterra, según Mental Health Foundation.

Emerson: «La actual violencia podría transformarse en una nueva versión de ‘The Troubles’»

La situación impone, además, una realidad que resulta desagradable para los protestantes: mientras que el Reino Unido es, para ellos, una pieza clave de su identidad política y cultural, para este Irlanda del Norte es menos importante. «El sistema implantado tras los acuerdos de 1998 creó una especie de balanza para una situación complicada en la que las dos partes parecía recibir algo digno a cambio. Las consecuencias del brexit han desequilibrado esta balanza», explica Boettger. Como defiende la investigadora, arreglar este nuevo problema no representa una solución definitiva para el conflicto, lo que se evidencia con la participación de las personas jóvenes en las revueltas: no es una lucha social la que impone las violentas dinámicas, sino la propia narrativa que rige la historia.

Michael Emerson, investigador del Centre for European Policy Studies, coincide a la hora de señalar la desestabilización del status quo en Irlanda del Norte que, para él «promueve la reunificación con el resto de Irlanda en la agenda política, ya sea de forma consciente o inconsciente». «La actual violencia llevada a cabo por parte de los jóvenes podría transformarse en una nueva versión de The Troubles», advierte. Es una opinión que comparten los residentes de las zonas unionistas de Belfast, como declararon recientemente a The Irish Times: «Es incluso peor ahora que en The Troubles».

El propio primer ministro irlandés, Micheál Martin, advirtió el 10 de abril acerca de lo que él considera «una espiral regresiva hacia un conflicto sectario en Irlanda del Norte». Los informes publicados por la policía de Irlanda del Norte señalan este aumento de la violencia: entre el 1 de marzo de 2020 y el 28 de febrero de 2021, los incidentes registrados como «comportamiento anti-social» crecieron un 34,1% con respecto al año anterior. También los crímenes con motivación política o los tiroteos paramilitares han aumentado respecto a años anteriores.

Algunos de los grupos en activo han advertido a Boris Johnson: «No se debe subestimar la fuerza de los sentimientos»

Los principales grupos paramilitares unionistas, organizados en el Loyalist Communities Council, han rechazado mediante un comunicado su responsabilidad en las revueltas, si bien señalan el «espectacular fallo colectivo» a la hora de comprender la furia respecto al Brexit y otros aspectos. No obstante, señala la BBC, si bien estas organizaciones no están instigando las revueltas, sí están permitiéndolas. Fue también con esta organización con la que se reunió recientemente el mayor partido político unionista de Irlanda del Norte, el Partido Unionista Democrático, para escuchar sus quejas acerca de la nueva frontera.

Parte de los analistas de la isla señalan como fuente del conflicto la decisión de la fiscalía norirlandesa de no penar la celebración de un funeral multitudinario a causa de la muerte de Bobby Storey el pasado junio, en plena crisis sanitaria. Considerado durante los noventa como jefe de inteligencia de una de las escisiones del IRA, uno de los grupos paramilitares nacionalistas más activos por entonces, el funeral del antiguo terrorista fue acompañado por gran parte del Sinn Féin –uno de los grandes partidos políticos en las dos Irlandas, considerado como brazo político de la organización paramilitar–.

El viejo conflicto aún recorre la isla de Irlanda como un fantasma. Algunos de los grupos que permanecen en activo, como el Red Hand Commando o el Ulster Volunteer Force, son conscientes de ello. Conocen el poder de una historia que ha quedado detenida en el tiempo. Guardan especial atención a su ingrediente más incendiario: tal como advertían al actual primer ministro británico, Boris Johnson, «no se debe subestimar la fuerza de los sentimientos».

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