Siglo XXI

Por qué la próxima revolución industrial será en África

El continente con mayores índices de pobreza es el que más despega económicamente. Que sea capaz de mantener el vuelo de forma sostenible y sostenida dependerá, en gran medida, de su capacidad para industrializarse de forma justa y generar empleo estable y digno.

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22
Mar
2021

Es bien sabido que los mapas no le hacen justicia –su superficie es catorce veces Groenlandia, aunque los cartógrafos la equiparen– ni tampoco su historia: sobre sus hombros pesa el lastre de la colonización y el expolio, lo cual explica muchos de sus problemas actuales. Pero África, esa fecunda, diversa y vastísima región, tan distinta de sus adulterados retratos, se adentra en un tiempo nuevo.

También contradictorio. Sus altísimos índices de pobreza –allí viven 500 millones de las personas más pobres del mundo–, sus siete trincheras abiertas, las hambrunas que aún persisten en el seno del continente o los regímenes autoritarios sembrados a lo largo y ancho de su geografía conviven con otra realidad más luminosa: hace ya una década, África dejó de estar a la zaga del crecimiento global y hoy prospera a un ritmo acelerado.

Durante los últimos años, entre los diez países que más crecen en el mundo, al menos la mitad está en África. Las economías de Ruanda, Etiopía, Ghana o Costa de Marfil se incluyen sistemáticamente en el ránking, y otras, como la de Kenia, Mozambique, Tanzania o Senegal, se encuentran en transición. Las reformas estructurales y políticas públicas favorables y la atracción de inversiones que han desarrollado estos países, junto al empuje de otras grandes economías más consolidadas como las de Sudáfrica o Nigeria, han permitido a África, al fin, despegar. Que sea capaz de mantener el vuelo de forma sostenible y sostenida dependerá, en gran medida, de su capacidad para industrializarse (no de cualquier manera) y generar empleo estable y digno.

 Oya: «Los sectores de tecnología poco desarrollada están ya pasando a otra fase en su desarrollo industrial»

«El continente africano tiene el potencial de convertirse en el próximo motor de crecimiento global dada su rica dotación de recursos naturales: tiene más de 60 minerales y metales diferentes, el 7% de las reservas mundiales de petróleo, el 13% de las reservas mundiales de gas natural y hasta el 60% de la tierra cultivable del mundo; una población joven y en crecimiento; una urbanización acelerada y un amplio mercado de 1.360 millones de personas», dibuja Isabelle Ramdoo, asociada senior del Foro Intergubernamental sobre Minería, Minerales y Metales para el Desarrollo Sostenible, que resume las condiciones que reúne África para erigirse como nuevo caso de éxito de los países en desarrollo y competir con las cadenas de valor globales.

Carlos Oya, doctor en Economía del Desarrollo por la School of Oriental and African Studies y profesor en SOAS University of London, eleva el análisis al plano geopolítico: «La oportunidad viene porque los países en los que se ha concentrado buena parte de la producción de los últimos veinte años en sectores de tecnología poco desarrollada, como el de la ropa o el calzado, están ya pasando a otra fase en su desarrollo industrial y económico. Estoy hablando en particular de China. El primer punto de salida antes de África fue trasladarse hacia el sudeste asiático, a otros países desgraciadamente pobres, comparables a muchos de África, como Myanmar o Camboya, que también están conociendo bastantes inversiones en estos sectores menos complejos», explica el experto.

Querer, ¿y poder?

Hace algo menos de un lustro, Naciones Unidas declaraba el periodo entre 2016 y 2025 el Tercer Decenio del Desarrollo Industrial para África. Lo cierto es que diversas industrias, aunque incipientes, están emergiendo en el continente. «Aunque varios estén haciendo esfuerzos, hay muy pocos países en África donde se haya visto recientemente un desarrollo industrial significativo», afirma Oya, que destaca Etiopía como el país más avanzado en los últimos diez años, fundamentalmente por un empuje por parte del Estado, «que ha invertido mucho en infraestructura y en energía hidroeléctrica, lo que ha permitido que el país tenga uno de los costes de electricidad más bajos de África e incluso del mundo, y haya tenido acceso a financiación para el desarrollo de parques industriales», explica el investigador, a lo que se suma otro factor exógeno: la ventajosa orografía del país.

Marín: «La deslocalización ‘a priori’ es positiva. Otra cosa es que no se respeten los derechos de los trabajadores»

A pesar del éxito de algunos países como el etíope, muchos otros siguen siendo muy dependientes de la producción y exportación de materias primas. Las economías, en gran parte, continúan sin diversificar y las industrias son débiles. Se estima que el sector informal representa nada menos que el 90% del empleo en África. «Los principales cuellos de botella incluyen una infraestructura deficiente: el transporte sigue siendo insuficiente y no facilita el comercio; se estima que 565 millones de africanos aún carecen de acceso a la electricidad y la brecha energética se está expandiendo, con una disparidad particular en el acceso entre las áreas rurales y urbanas. Esto cuesta a las economías africanas entre un 1% y un 4% del PIB perdido anualmente», advierte Ramdoo.

El potencial está ahí, pero las condiciones básicas en la mayoría de los países, no. Eso conlleva que un sector como la agricultura, el más tradicional y más grande de África, que representa en torno al 15% del PIB, esté subexplotado: soprendentemente, la región solo genera el 10% de la producción agrícola mundial. En el caso de la industria manufacturera, África representó un escaso 1,4% del valor agregado manufacturero mundial en el primer trimestre de 2020, según un informe de UNIDO, a pesar de ser el segundo continente más poblado del mundo, con 1.200 millones de personas.

Por su parte, el negocio de las materias primas seguirá siendo una fuente importante de ingresos de exportación para África en los próximos años, gracias a una demanda mundial que continúa creciendo. A mayores, los expertos consultados para este reportaje coinciden en destacar los suministros médicos y los equipamientos de protección, las energías renovables, los materiales de construcción, la industria farmacéutica y el turismo como los sectores que gozan de mayor proyección dentro del continente.

Aprender de los errores: África no es China

China está teniendo un papel muy activo en algunos países de África. Ainhoa Marín Egoscozábal, investigadora principal del Real Instituto Elcano y miembro del Grupo de Estudios Africanos de la Universidad Autónoma de Madrid, apunta el motivo evidente: los costes salariales son más bajos y, por tanto, la mano de obra más barata. «¿Que si esto es bueno o malo?», se dispone a respondernos. «En primera instancia me parece positivo. Igual que España se ha beneficiado en los años ochenta de su incorporación a la entonces Comunidad Económica Europea, cuando se deslocalizaron sectores y se generaron puestos de trabajo, no veo porque esto tiene porqué ser a priori malo. Otra cosa es que no se respeten los derechos de los trabajadores: lo que no sería bueno es que África se convirtiera en un Bangladés. Las condiciones de empleo no tienen por qué ser como en las sweatshops».

El desarrollo sostenible es viable en África, pero requiere un compromiso doble, tanto de gobiernos como de grandes marcas

Una suerte de sweatshops (al aire libre) son las minas de oro, litio o coltán que ocupan zonas como la región fronteriza nororiental de la República Democrática del Congo, de donde se extraen minerales en conflicto de los que paradójicamente nos servimos para la creación de baterías eléctricas en favor de la descarbonización de nuestras economías. «La mayoría de las minas de oro son artesanales y de pequeña escala, y emplean a unas 200.000 personas, algunas de ellas mano de obra forzosa o niños. Se estima que entre el 75 y el 98 por ciento del oro cruza la frontera hacia Uganda ilegalmente», cuenta Ramdoo. Y añade: «Esos minerales están bajo el control de grupos armados y sin escrúpulos de personas que explotan la miseria de la población local para poder financiar sus conflictos internos. Garantizar que nuestras necesidades de descarbonización no alimenten la violación de los derechos humanos tendrá que abordarse con los países interesados para ayudar a poner fin al conflicto».

En opinión de Carlos Oya, el desarrollo industrial sostenible es perfectamente viable en África, pero requiere un compromiso doble tanto de los gobiernos como de las grandes marcas. «No hay razones por las que los países africanos debieran reproducir los errores que se han dado en el pasado, tanto en términos de sostenibilidad ecológica como sostenibilidad social». Saldrían, además, escaldados a largo plazo: el continente se encuentra en la primera línea de los riesgos del cambio climático, incluidas las amenazas a la seguridad alimentaria y del agua y la creciente degradación de la tierra. Si no se anticipan y se abordan, en línea con la Agenda 2063 africana y la Agenda 2030, se crearán desafíos adicionales que paralizarán el crecimiento futuro del continente.

La mayor área de libre comercio del mundo

Posiblemente una de las mayores esperanzas que alberga el éxito o el fracaso del desarrollo industrial de la región sea la aplicación del Tratado de Libre Comercio Africano (AfCFTA), que aspira a establecer la mayor área sin barreras comerciales del mundo desde la fundación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995, con un mercado de más de 1.200 millones de personas –que se prevé que aumenten hasta 2.500 millones para el año 2050– y un PIB conjunto de unos 3,4 billones de dólares.

«Este Acuerdo Comercial no podría ser más oportuno. De hecho, la pandemia lo ha hecho más relevante que nunca. El mundo ha conocido una disrupción masiva en las cadenas de valor globales cuando los países cerraron sus industrias y fronteras. Muchos países que dependían del mundo para sus importaciones, en particular las importaciones de alimentos, equipos de protección, medicinas, se encontraron en una situación desesperada, sin productos importantes y necesarios», cuenta Isabel Ramboo. «Los países africanos deberían aprovechar esta oportunidad para acoplar la herramienta comercial con una herramienta industrial, para impulsar la producción agroindustrial más cerca de los mercados; desarrollar industrias estratégicas, como equipos de protección, suministros médicos e industrias de cadenas de valor añadido para satisfacer las crecientes necesidades del continente. Entonces, desbloquear el acceso a los mercados permitirá a los países aprovechar el fortalecimiento de los demás y sus necesidades de desarrollo industrial sostenible».

La última gran cuestión es si la transformación de todo un continente con grandes dualidades derivará en tensiones sociales

Para Ainhoa Marín, el Tratado no supone un milagro, y menos a corto plazo, pero sí sienta las bases para crear mercados regionales más grandes e invertir en las necesarias infraestructuras. «Puedes crear un área de libre comercio continental y quitar aranceles, pero si no hay carreteras o es demasiado costoso trasladar las mercancías, no funciona; de igual manera que si tampoco diversificas lo que produces, no puedes satisfacer la demanda de esos países africanos vecinos. O sea, si África tiene petróleo, pero se lo vende a Canarias, a las empresas en Canarias y Canarias en se refina y lo vuelven a comprar los africanos ya refinado… No tiene mucho sentido», ejemplifica.

También supone una oportunidad para integración del continente africano en la economía global, por lo que abre más puertas al multilateralismo con la vecina Unión Europea en un momento en el que el Viejo Continente busca una relación más estrecha con África frente a la influencia china. La última gran cuestión es si esta transformación sistémica de todo un continente que de por sí presenta enormes dualidades podrá derivar en desequilibrios y tensiones sociales. «Los procesos de industrialización nunca han sido armoniosos», recuerda Carlos Oya. «El desarrollo nunca es generalizado, es siempre desigual: habrá zonas de los países y grupos sociales que se van a beneficiar más que otros».

Los ojos del mundo están puestos en África. Parece que con una mirada distinta. El respeto por los derechos humanos, la transición justa, la sostenibilidad ecológica y la colaboración público-privada marcarán la diferencia de la Cuarta Revolución Industrial africana. La comunidad internacional y las inversiones en educación, desarrollo e infraestructuras jugarán un papel clave.

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