Opinión

Mentores y caciques

La sucesión de acontecimientos en estas últimas semanas (mociones de censura, elecciones anticipadas y candidatos sorpresa) confirman lo que ya sabíamos: que los políticos y las políticas son extraños seres que solo piensan en ellos, olvidando cuál es su auténtica estatura.

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16
Mar
2021

Homero nos cuenta en la Odisea que Méntor fue amigo de Ulises, y maestro y consejero de su hijo Telémaco. De ese nombre propio, ya en el siglo XVIII, derivó el común mentor/mentora, sustantivo que la RAE define como consejero y guía, pero también maestro y padrino. En el siglo XXI, aunque se practica también por algunos mercenarios –y no pocos advenedizos–, el mentoring quiere aparecer como una respetada/reputada y bien pagada profesión donde el conocimiento y la experiencia del mentor se conjugan para ayudar a todos aquellos que, neófitos, persiguen objetivos concretos en cualesquiera ámbitos, desde la política y las artes al mundo del deporte o, especialmente, al universo de los negocios y las empresas.

El cacique –o la cacica– es otro nombre común que, además de referirse a los jefes de algunas tribus indígenas, el diccionario recoge como la persona que, valiéndose de su influencia o riqueza, interviene arbitraria o abusivamente en la política y administración de una comunidad. En España, en los años finales del siglo XIX y los primeros treinta del XX, coincidiendo con la Restauración borbónica, el termino cacique se refería a quienes –notables e influyentes, adinerados y déspotas– controlaban las elecciones de un distrito, generalmente en pueblos y áreas rurales, de forma tal que los «clientes» del cacique votaban lo que este les decía, y no se hable más de este asunto. Los caciques fueron los inventores del llamado «pucherazo» (los votos se guardaban en un puchero y se utilizaban a conveniencia), palabra que se consagró como sinónimo del fraude electoral.

«Echamos de menos que se valoren los políticos de diálogo y encuentro, que se premien los proyectos de consenso»

En menos de una semana, dicen las crónicas políticas que en España se ha dado la mayor conjunción por metro cuadrado de mentores, caciques, opinadores, tránsfugas e indocumentados que la historia reciente ha conocido. Una sucesión de acontecimientos (mociones de censura, elecciones anticipadas, cacicadas y pucherazos, candidatos sorpresa…) que confirman lo que todos ya sabíamos: que, a pesar de sus bien pagados mentores, consejeros y asesores, en general los políticos y las políticas son extraños seres que solo piensan en ellos, en el poder, y pierden el contacto con el suelo, olvidando cuál es su auténtica estatura. Los políticos, narcisos al fin, ya no se ven en el espejo porque, como decía Machado, «son el espejo mismo». Son capaces de confirmarnos con hechos, cada día, su absoluto desprecio por los ciudadanos y desatienden, como sería su estricta obligación (y para eso los elegimos), la necesaria y urgente solución a los diferentes y graves problemas que nos aquejan: pandemia, dura crisis económica, crisis social, sanidad, educación, paro… Naturalmente, de responsabilidad ni se habla, y de los miles de muertos y enfermos nos hemos olvidado.

Las situaciones excepcionales (se ha dicho tantas veces) requieren trabajar de consuno, hombro con hombro, con soluciones extraordinarias y, si fuere preciso, heterodoxas en lo económico. Soluciones sin espontáneas improvisaciones y con comunicación, buena comunicación, involucrando a la gente en el proyecto común, y con medidas concretas de aplicación inmediata, no con retórica: inyectando, además de vacunas, esperanza en la ciudadanía, tirando del carro y aportando también sosiego en los tiempos de incertidumbre y tribulación que ahora padecemos. Echamos de menos que se valoren los políticos de diálogo y encuentro, que se premien los proyectos de consenso, que se ensalce el ceder para poder avanzar. Sin embargo, se aviva irresponsablemente el fuego del enfrentamiento y de la polarización.

«Es necesario escuchar las legítimas aspiraciones de los ciudadanos, las voces de los que luchan contra la injusticia social»

Hemos repetido muchas veces, en diferentes ámbitos, que necesitamos un nuevo contrato social que transforme a España en un país más decente y mejor, y no deberíamos resignarnos. Un consenso utópico. Tan importante es la tarea que no podemos dejarla solo en manos de políticos que han demostrado su manifiesta incompetencia para luchar, por ejemplo, contra la desigualdad, una lacra que puede destruir, no solo la democracia, sino también la sociedad. Antes de morir, en agosto de 2010, Tony Judt dejó escrito que «ya no importa tanto lo rico que sea un país, sino lo desigual que sea». Y es así, porque cuanto mayor es la distancia entre la minoría acomodada y la masa empobrecida tras la pandemia, más se agravaran los problemas sociales y económicos. Por eso es necesario escuchar las legítimas aspiraciones de los ciudadanos, las voces de los que luchan contra la injusticia social y trabajar para vivir la libertad de ser libres y, como nos dijo Hanna Arendt, por tanto, «iguales». Cansados de mentores y caciques, pedimos a los políticos, que tanto predican sobre la necesidad de dialogar, que no olviden a Antonio Machado: «Para dialogar, preguntad, primero; después… escuchad».

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