Opinión

Acoso nudista

«¿Había encontrado esta minoría oprimida un blanco para expresar la grandísima indignación moral que le produce el uso-burgués-y-alienante de esta prenda textil?», escribe Pablo Blázquez, editor de Ethic.

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20
Jul
2020
bañador

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Aprovechando una escapada relámpago a Málaga, el pasado sábado fui a la playa de Cantarriján, en Almuñécar. Es una playa espectacular a la que, de forma puntual, he ido desde hace años y en la que, como pude comprobar también ese día, algunas personas llevan traje de baño y otras van desnudas. Mi sorpresa fue que cuando dejé mis cosas en la arena y me zambullí en el agua, un paisano que parecía Paco Martínez Soria me empezó a increpar. Le molestaba que yo llevase bañador. Jamás me había pasado nada igual. Desde hace muchos años, paso los veranos en Menorca, donde nudistas y gente con bañador nos entremezclamos en muchas playas, y la verdad es que un episodio así me parece inconcebible en el paraíso balear. Lo mismo me pasa en las fabulosas playas de Cádiz, a las que suelo escaparme con Sandra, mi mujer, al final del verano. Cuando salí del agua, vino otra bañista con la misma cantinela. «Con todas las playas que hay, ¿por qué tienes que venir a esta?», me increpaba, como si realmente ella representara allí una autoridad especial y yo estuviese obligado a quitarme la ropa o largarme de allí. Su hostilidad hacia mí, en ese entorno de belleza natural, me resultaba desconcertante. ¿Cuál era el problema, si además había otras personas que también llevaban traje de baño? ¿Quién demonios era el rey vestido allí? ¿Había encontrado esta minoría oprimida un blanco para expresar la grandísima indignación moral que le produce el uso-burgués-y-alienante de esta prenda textil? ¿En verano, las dos Españas son acaso la España en pelota picada y la España en bañador? ¿La tercera España somos entonces quienes de cuando en cuando disfrutamos del sol y de un chapuzón desnudos y otras veces, porque nos da la realísima gana, nos sentimos estupendamente luciendo nuestro calzón estival? ¿Me había convertido yo de repente en el representante del heteropatriarcado capitalista en bañador? ¿O estamos acaso ante una contemporización del derecho de pernada: «Si quiere pasear por mi playa su plebeyez, ¡despelótese ya!»? La frustración existencial y el fundamentalismo suelen estar conectados y en ocasiones adquieren formas realmente delirantes. Imponer que en una playa pública todos tengamos que ir desnudos es una locura digna de psicoanálisis y da buena cuenta de la cantidad de tontos indignados que proliferan en nuestro país. Que los ayuntamientos miren a otro lado refleja la calidad institucional de una España que no se ha recuperado de la hostia desde que perdió el tren de la Ilustración.

«¿Me había convertido yo de repente en el representante del heteropatriarcado capitalista en bañador?»

Os confieso que llegué a dudar de si alguna ley absurda podía amparar algo así y decidí preguntar a dos trabajadoras de la Junta de Andalucía que estaban en la cala para controlar la distancia social. Me dijeron que claro que podía estar allí. Vamos, lo obvio, que la playa es de todos por mucho que algunos pongan una bandera pirata y se fumen no sé qué. Pero lo cierto es que me tiré en mi toalla a leer y no me sentí nada numantino: estaba incómodo y finalmente, plegué. Qué queréis que os diga: me di cuenta de que no soy Cayetana Álvarez de Toledo. A pesar de que el lugar es espectacular, y os recomiendo que vayáis, con bañador o sin él, no me apetecía estar en esa playa rodeado de algunos inquisidores que posiblemente tienen alguna tara mental (más de uno me miraba fijamente y creo que no me querían precisamente seducir). Y, por supuesto, esas mentes estrechas no iban a fastidiar el maravilloso fin de semana que estaba pasando en Málaga. Seguramente, algunos de los presentes compartían mi posición, que en el fondo no era otra que defender mi libertad individual, pero nadie lo expresó, como suele ocurrir cuando una minoría ruidosa se cree en la posesión de la verdad y actúa con fervor religioso contra quien no sigue sus dictados.

Cantarriján es un paraje natural de los Acantilados de Maro de una belleza absolutamente alucinante. Nos pertenece a todos. En algunas playas de esa zona planean peligrosos proyectos inmobiliarios dignos de la España de Jesús Gil que no podemos permitir. Tampoco se puede tolerar que un grupo de personas decida okupar un espacio público de incalculable valor y se permita increpar y acosar a quien no se quiere desnudar. Es una actitud intolerante y fascista que no se puede normalizar.

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