Apuntes éticos y estéticos sobre «la cosa»

Gracias a la obligada reclusión, hemos descubierto la importancia del otro en nuestras vidas: de nuestras familias, de los vecinos, de los que trabajan para curarnos, de los que nos surten de artículos de primera necesidad, de los que velan por nuestra seguridad y de cuantos se han puesto a disposición de los demás.

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06
Abr
2020
coronavirus

Estamos viviendo, lo sabemos todos, uno de los cambios más grandes de la historia humana: la globalización en un mundo digital, adobada –y es lo mas grave– con la pandemia cruel del coronavirus, cuyo final no atisbamos todavía, que nos llena de dolor y muerte, y nos dejará recesión, angustia e incertidumbre. Un duro presente alimentado por lo que Muñoz Molina ha llamado el «guirigay neurótico de las redes sociales», un tumulto reconvertido en una especie de poderosa fuerza interna «que provoca en uno mismo la impaciencia de compartir o de contestar, de atacar o defenderse, de emitir una opinión tajante cada dos minutos…».

Estamos viviendo, sin duda, un cambio de época y un proceso repleto de interrogantes y desconfianza. El futuro de los seres humanos está siempre lleno de dudas y, por eso, también de miedos. Por nuestra propia naturaleza, y porque nos enfrentamos a los azarosos movimientos de la historia, frente a la que casi siempre nos encontramos desprotegidos y a la intemperie. Conocemos, seguramente, los problemas, pero no sabemos cómo resolverlos, tampoco los dirigentes. Hemos optado por convivir con ellos y eso nos está llevando a una peligrosa y creciente desconfianza en las instituciones, los gobiernos, las empresas y los medios de comunicación, y seguimos viviendo cada día –no sin esfuerzo–, en un mundo donde la única certeza que atesoramos los humanos es la propia certeza de la incertidumbre. Dicen los todólogos, que son sabios y siguen oficiando en todos los medios, que después del COVID-19 ya nada será lo mismo y habremos de vivir un mundo diferente… y no sabemos si para mejor.

Hace falta, dice Adela Cortina, que los «brotes de solidaridad» que han nacido por el coronavirus se consoliden y fructifiquen para saber cómo actuaremos cuando no haya una amenaza constante, porque «para poder construir el futuro, para poder seguir adelante, necesitaremos toda la capacidad moral y el capital ético de cada uno». Necesitaremos resucitar lo que Orwell llamó common decency, la decencia común, la infraestructura moral básica que nos dignifica como personas y hace cabales a hombres y mujeres, a los dirigentes que trabajan por el bien común y a las empresas e instituciones que, sabedoras de su función social, creen que ética y estética pueden caminar juntas y buscan la excelencia conjugando –sin estorbarse– beneficio, empleo, innovación y productividad con compromiso solidario, transparencia y responsabilidad. Todo eso será posible porque, gracias a la obligada reclusión, hemos descubierto la importancia del otro en nuestras vidas: de nuestras familias, de los vecinos, de los que con riesgo personal y desprendimiento sin límites trabajan para curarnos, de los que nos surten de artículos de primera necesidad, de los que velan por nuestra seguridad y echan una mano en lo que sea y, en fin, de cuantos solidariamente se han puesto a disposición de los demás ayudando en lo que fuera menester. La ciudadanía se está comportando ejemplarmente y por eso, precisamente, nos hemos dado cuenta de que no siempre tenemos los líderes que merecemos, ni tampoco dirigentes capaces.

«Comunicar bien supone construir relaciones de confianza y, sobre todo, mantenerlas»

La ética, el carácter «esencialmente un saber para actuar de un modo racional», en definición de Adela Cortina, no se regala: se aprende. A cualquier institución –y el Gobierno es una de ellas, que tenga como finalidad integrar a las personas, a los ciudadanos, en un proyecto común–, se le debe exigir que genere confianza y, además, que actúe con dimensión ética. Es decir, con transparencia sobre sus actos y comportamientos para dar seguridad a las personas, hombres y mujeres a las que esa institución dirige su actividad. Seguridad y confianza. La transparencia es en democracia una obligación ética y estética, nunca una humillación.

La comunicación, gracias a su importancia social, se ha convertido en un instrumento indispensable en la gestión diaria de las organizaciones y en el cotidiano desarrollo de las relaciones interpersonales; más aún cuando transitamos por tiempos de una gravísima crisis sanitaria en forma de pandemia y todos nos acordamos, como decían nuestras abuelas con verdad, de que la salud es lo primero. La comunicación, además de transparente, comprometida y veraz, debería reflejar siempre el comportamiento de quien la transmite, y a eso se le llama coherencia. O, como nos enseñó Séneca, «di lo que debes y haz siempre lo que dices». Comunicar –y comunicar bien– supone construir relaciones de confianza y, sobre todo, mantenerlas. Comunicar es la principal responsabilidad del dirigente/líder, es conseguir que todos se involucren y participen en el proyecto común. La comunicación del Gobierno en esta crisis podrá ser bienintencionada y quizás ética, pero nunca estética ni transparente. Las llamadas ruedas de prensa o declaraciones institucionales son pesadas y reiterativas y olvidan que el auténtico líder debe marcar el camino y hacer que los demás le sigan y confíen en lo que hace. ¿Sería tan difícil señalar los problemas, apuntar las soluciones y cultivar la esperanza animando al personal en un tiempo razonable? Naturalmente, dejando que los periodistas pregunten en directo y sin trabas ni cortapisas. Eso es también transparencia.

Por mucho que sea legítimo, no es ético ni estético que los que más nos están ayudando y trabajando para salir de esta crisis –médicos, sanitarios, conductores, reponedores, cajeros, profesores, policías, guardias civiles y militares, barrenderos, voluntarios…– sean las personas que peor pagadas están y menos dinero ganan en cualquier circunstancia. El artículo de Alberto Andreu en Ethic nos acerca a esa tristísima realidad que nos confirma, entre otras cosas, cómo hemos descuidado pilares esenciales de la dignidad humana: salud, educación y algunos más. Necesitamos menos influencers, aunque sean políticos, y más referentes como todos los héroes anónimos que hoy nos hacen salir a los balcones, cada día, para aplaudir su generosidad. Ellos aprendieron, y nosotros gracias a ellos, que el galardón de las buenas obras, como escribió Séneca, es haberlas hecho. No hay, fuera de ellas, otro premio digno.

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