Energía

La hoja de ruta (circular) para la transición energética

Un informe de Irena asegura que el beneficio acumulado de la descarbonización de la energía proporcionará una mejora del 2,5% del PIB y un aumento del 0,2% en el empleo mundial.

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28
Ago
2019
transición energética

En los últimos meses, se han sucedido las movilizaciones por el clima y las huelgas estudiantiles o de consumo para pedir acciones reales a quienes tienen el poder de actuar contra el calentamiento global. Mientras, los fenómenos atmosféricos extremos son cada vez más frecuentes y devastadores, al igual que los incendios que arrasan los pulmones de la Tierra, a menudo de forma intencionada. Los científicos aseguran que aún hay tiempo para tomar medidas que cambien el preocupante futuro de nuestra especie en el planeta, pero se deben llevar a cabo con urgencia. El uso de energías renovables y la electrificación de nuestras actividades diarias –o, lo que es lo mismo, caminar hacia una transición energética para la descarbonización global– son dos ingredientes decisivos si queremos cumplir con los objetivos climáticos para 2050, o al menos así lo asegura la Agencia Internacional de las Energías Renovables (Irena).

Aunque cada vez son menos y más débiles las voces que aún cuestionan el decisivo papel que juega la actividad humana en un cambio climático que hace años que alcanzó la situación de emergencia, y pese a que sabemos que existen alternativas energéticas limpias, sostenibles y rentables, las emisiones de dióxido de carbono relacionadas con la industria de la energía han aumentado un 1,3% de media anual en los últimos cinco años. La paradoja se personifica en una brecha preocupante: mientras las cifras de reducción de emisiones impuestas por los organismos internacionales son cada vez más altas, la cantidad de CO2 que el ser humano lanza a la atmósfera también lo es.

Para poner de relieve la importancia de la implementación inmediata de opciones efectivas y sostenibles para que los países sean capaces de hacer realidad los compromisos medioambientales adquiridos y limitar el aumento de las temperaturas globales, Irena publicó este año su informe titulado La transformación de la energía global: la hoja de ruta hacia 2050. Según el estudio, una transición energética total bien ejecutada reduciría los costes netos de la misma y aportaría beneficios socioeconómicos significativos. La agencia internacional asegura que la transición energética global «tiene sentido y es lógica a nivel económico»: a pesar del desembolso inicial, los beneficios se verán multiplicados a medio y largo plazo. Incluso su director general, Francesco La Camera, reconoce en el informe que la transición energética «ya está en marcha y el imperativo climático y la necesidad de fomentar un crecimiento sostenible la convierten en imparable».

La transformación tiene que producirse por lo menos seis veces más rápido que las previsiones de los Gobiernos

«Los factores clave que residen detrás de la transformación global son el descenso sin precedentes de los costes de las renovables, las nuevas oportunidades en eficiencia energética, la digitalización, las tecnologías inteligentes y las soluciones de electrificación», puntualiza el director general de Irena. Sin embargo, para alcanzar los objetivos climáticos, la transformación tiene que producirse por lo menos seis veces más rápido que las previsiones de los Gobiernos y, aunque parezca complicado llevarlo a cabo, las administraciones públicas de todo el planeta tan solo necesitarían visualizar en el horizonte las oportunidades que la transición energética les brindaría: crecimiento económico rápido, creación de empleo y un mayor bienestar social generalizado. La Camera garantiza que «para 2050, la transición energética proporcionará una mejora del 2,5% del PIB y un aumento del 0,2% en el empleo mundial en comparación con permanecer en el sistema actual». Por cada dólar que se invierta en la puesta en marcha de esta transición, se calcula que habrá un retorno de entre 3 y 7 dólares o, lo que es lo mismo, un beneficio acumulado de entre 65 y 160 billones de dólares.

El estudio de IRENA no deja de ser una hoja de ruta para la descarbonización total de la energía que examina los caminos tecnológicos que deberíamos transitar y las políticas activas que deberíamos implementar para asegurar un futuro sostenible. «Incrementar el mix eléctrico con una combinación de energías renovables reduciría sustancialmente el uso de los combustibles fósiles responsables de la mayor parte de las emisiones de efecto invernadero», asegura el informe. Por suerte, aunque las emisiones de CO2 hayan aumentado, los proyectos renovables o de energías limpias a nivel mundial han empezado a florecer y parecen estar dispuestos a dominar el futuro del sector energético, ya que son muchos los que se han dado cuenta de que, como explica Irena, «por sí sola, la apuesta por las renovables y la electrificación tiene como consecuencia una reducción del 70% de las emisiones». Para que el impulso no decaiga, desde el organismo consideran imprescindible la inversión en infraestructuras sostenibles, con bajas emisiones de carbono y que, a largo plazo, apuesten por la descentralización y la electrificación. Una vez más, aseguran que la inversión inicial se verá recuperada y recompensada con creces. Además, la apuesta por prácticas de economía circular puede conseguir una reducción radical de la demanda de energía y de las emisiones: «la reutilización, el reciclado y la reducción del uso de agua, metales, residuos y materias primas de todo tipo es factible y se debe tender a su promoción», recuerda el estudio.

«La apuesta por las renovables y la electrificación tiene como consecuencia una reducción del 70% de las emisiones»

Por desgracia, seguir el camino correcto a veces no es tan sencillo como poner un pie tras otro, y la transición global requiere una planificación que no deje atrás a las poblaciones más empobrecidas y vulnerables. Es más, La Camera admite en el informe que «los daños provocados por el cambio climático producirán pérdidas socioeconómicas significativas, pero estas pueden atenuarse si se implementan políticas que aseguren una transición justa y equitativa que maximice los beneficios de la misma en cada país, región y comunidad  y que haga frente, desde un principio, a las desigualdades que pueda crear». Como concluye el informe, nos quedamos sin tiempo para llevar a cabo una transición del sistema energético global que destaque por el acceso asequible y universal a la energía antes 2050. Y lograrlo pasa por garantizar la mejora de la seguridad energética hasta en el último rincón de la Tierra.

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