Siglo XXI

«Quien quiera acabar con Madrid Central tendrá que explicarlo en Bruselas»

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Noemí del Val
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26
Jul
2019
Cristina Monge

«La política es un arte protagonizado por ese amasijo de egos que somos los humanos», escribía ella misma hace unos días. Una idea cada vez más difícil de rebatir. En medio de un ruido mediático que sobrepasa los telediarios, las redes sociales y las conversaciones en la calle, Cristina Monge (Zaragoza, 1975), politóloga y asesora ejecutiva de Ecodes, analiza el ecosistema político y social moviendo el foco hacia una realidad cada vez más incuestionable: la crisis climática amenaza la estabilidad de nuestras democracias.

«Empieza a ser habitual que a cada noche electoral le suceda una mañana de arrepentimiento», afirmabas hace unos meses en un artículo de El País. Es un pronóstico que se ha cumplido a nivel nacional y local. Ocho años después del 15-M, ¿qué queda de un movimiento que, como afirmabas en tu libro, sirvió de inicio hacia una segunda transición?

Hemos cambiado el país. Es decir, España ha cambiado –y mucho– en este tiempo. El ciclo político que se inició con el 15-M se cerró con la últimas elecciones. Si lo miras con perspectiva, desde aquel mayo han pasado infinidad de cosas: una nueva generación se ha incorporado a la política y el sistema de partidos tradicional que teníamos desde la Transición –basado en el PP, el PSOE, los partidos nacionalistas e IU por la izquierda– ha saltado por los aires. Ahora tenemos dos bloques nítidos, izquierda y derecha, dentro de los que hay varias opciones políticas con proyectos diferentes. Con el 15-M se abrió una ventana de oportunidad para una renovación de la democracia. Hace ocho años, por ejemplo, casi ningún partido se sometía a un proceso de primarias, había muy pocas administraciones públicas que tuvieran políticas de transparencia y en las empresas ni se lo planteaban, había poco debate político en la calle acerca de cómo debían ser nuestras sociedades… Todo eso ha cambiado.

Reformulo la pregunta. ¿Ha sido suficiente?

Tenemos la sensación de que nos ha sabido a poco porque pensamos que se podía hacer más. Eso es algo que históricamente ha pasado siempre. Si le preguntas a alguien que participó en el Mayo del 68, te dirá que aquello al final quedó en nada. Son momentos de cambios sociales, estallidos de indignación —al menos el 15-M lo fue— que remueven sentimientos, valores y actitudes que hacen que cambien las cosas en toda la sociedad. El PP de ahora no tiene nada que ver con el de entonces, y el PSOE ya ni te cuento. Podemos no existía, y ahora está en horas bajas tras cinco años muy intensos. Ciudadanos era un partido pequeño de Cataluña y ahora mismo es tercera fuerza. El ciclo se cerró, es cierto, pero hay que hacer un balance realista de lo que ha supuesto. ¿Dónde estaba el discurso ambiental hace ocho años? ¿Y el feminista? Ese 15-M que empezó con un estallido de indignación abrió una ventana a la renovación y la transparencia que creo que se cerró en las últimas elecciones generales: aquellos partidos que habían surgido con una idea de regeneración al final han demostrado que la política es… muy difícil, por decirlo de manera suave.

Al final resultó que el 15-M era un movimiento mucho más complejo y más transversal de lo que se creía.

«La extrema derecha no va a dar un golpe de Estado. Están trabajando en el campo de los valores, que es mucho más peligroso»

Siempre es así. Los movimientos sociales y los partidos políticos son cosas muy diferentes, he ahí el problema. Un movimiento social está para decir que te preocupa la democracia, la participación ciudadana, el medio ambiente, las mujeres… Mientras que la virtud de un partido político está en saber escuchar esas reclamaciones, ponerlas sobre la mesa y llevarlas a las instituciones para traducirlas en medidas legislativas. Esa es una diferencia enorme, y canalizar toda la fuerza de un movimiento en un solo partido político, recién nacido, con una organización creada de la nada… Es muy complicado.

Entonces, el voto de protesta o descontento fue para Podemos. En los últimos comicios parece que el voto de castigo ha tomado el color contrario, el de la ultraderecha. 

En términos electorales, Vox no deja de ser una escisión del PP. Tengo la sensación de que ha conseguido sacar a cierta gente de la abstención, un voto de cabreo: personas que no han votado en su vida y han decidido que Vox sea el que ponga orden. Es solo una intuición, pero es llamativo que sea matemático: el puzle electoral dice que donde el PP pierde diez mil votos, los gana Vox. Eso sí, creo que en los últimos comicios el electorado conservador se ha dado cuenta de que dividiendo el voto en tres se ha equivocado y lo que han hecho ha sido facilitarle el camino a la izquierda. Pablo Casado lo vio enseguida, y esa «vuelta a casa» de voto conservador asustado se vio en la diferencia de resultados entre las generales y las autonómicas.

La inmigración, el aborto, los derechos LGTBI+… asuntos que parecían incuestionables han vuelto a estar sobre la mesa. Y, seamos conscientes o no, son cuestiones que se están votando.

Es el gran peligro que tiene la extrema derecha, tanto en España como en el resto de Europa. La extrema derecha no va a hacer ninguna barbaridad como dar un golpe de Estado: están trabajando en el campo de los valores, que es mucho más peligroso. Cuestionan cosas que pensábamos que estaban ya superadas –como en el caso de los derechos de las mujeres– y sobre otras, simplemente, siembran dudas. Lo que ha hecho Vox en Andalucía pidiendo los datos de los trabajadores que estaban valorando las situaciones de violencia responde a esa estrategia: generan la duda sobre esos trabajadores, sobre aquellas mujeres que se han atrevido a denunciar y, por lo tanto, sobre la propia idea de violencia de género. Siembran un escepticismo que abre la puerta a discursos como el de «si una mujer se quiere divorciar lo primero que le asesoran los abogados es que ponga una denuncia por violencia de género para que después tenga mejor punto de partida para la negociación». ¡Por favor!

Pero el hecho es que esos discursos están calando, también en gente bastante joven.

Los discursos contra las mujeres y los inmigrantes son dos discursos fáciles que están pegando fuerte, pero que, por otra parte, nos confirman que estamos avanzando mucho porque son una reacción a los avances conseguidos por los movimientos sociales. Pero es curioso que sean dos cuestiones que a un sector de la población –generalmente más vulnerable y con menos recursos– le generan mucha inseguridad. Con el asunto de los inmigrantes, una titulada superior con trabajo estable, no se siente amenazada; pero un vecino que vive de trabajar en la Seat o de recoger fruta, sí. Por eso hay que explicarle que eso no es así. De la misma manera, los hombres que tienen relaciones sanas con las mujeres no se sienten amenazados por el hecho de que reclamemos nuestro rol como ciudadanas iguales, pero los que no las tienen sí. En el momento en el que siembras la duda, esa gente reacciona. Son muy permeables a este tipo de discursos.

La polarización se ve en asuntos como esos, pero también en otros como el de Cataluña: en el discurso del blanco y el negro, parecen no existir los grises. ¿Hay espacio (o esperanza) para un futuro de entendimiento?

«La buena calidad de vida que se consigue en el centro es a costa de desplazar los elementos más conflictivos y contaminantes hacia fuera»

Dependerá de todos. La lógica competitiva de los partidos políticos hace que sean maquinarias muy buenas para ganar elecciones, pero muy malas para llegar a acuerdos, sobre todo en tiempos de convocatorias electorales continuas. En estos momentos, ¿quién mueve posición, sobre todo sabiendo que en Cataluña van a votar en septiembre o en febrero? No soy muy optimista, pero es muy importante que los partidos tengan incentivos para encontrar el acuerdo, y esos incentivos se los tiene que dar la sociedad. En las últimas elecciones catalanas, lo interpreté en esa clave: que los partidos sientan que aquellos más proclives a sentarse a hablar con los otros tienen apoyo social en las urnas. Ahora bien, si las urnas siguen premiando a los que están más alejado de ese discurso conciliador, ¿por qué van a querer llegar a un acuerdo, si van a ganar igual? El conflicto es profundo y la única forma de solucionarlo es sentarse a hablar. Y, como los representantes probablemente no sean capaces de encontrar los espacios, la sociedad civil debería facilitárselo.

¿Cómo garantizamos que la transición hacia un modelo más justo y sostenible —en todos los sentidos, del democrático al medioambiental— sea justa para todos, incluso para los que menos tienen?

Acompañando desde la política. Nos hemos olvidado de su capacidad para redistribuir la riqueza y canalizar determinados procesos de una manera y no de otra. De hecho, esa es su función. Necesitamos políticas que garanticen que la transición que está en marcha no deje a nadie atrás, es decir, que le den más medios a quienes menos tienen para que se puedan adaptar a esa nueva situación. El ejemplo de la industria es muy claro: si hay que abandonar el carbón pero hay comarcas mineras que viven de ello, hay que estudiar bien cómo hacerlo de la mejor manera posible. Esa misma lógica ha de plantearse a todos los niveles: si queremos que la gente consuma fruta y verdura orgánica porque es más sana y mejor para el planeta, no puede llegar solo a los espacios cool.

En Madrid, una de las primeras cuestiones que se puso sobre la mesa con el cambio de corporación sobre la mesa fue Madrid Central, que finalmente fue reactivado por orden judicial. ¿Qué crees que va a pasar con este tipo de políticas medioambientales?

Madrid Central ha sido un éxito. Se podrá mejorar, se podrá hacer de otra manera, se podrá comunicar mejor, se podrá ampliar… podemos hacer muchas cosas, pero los madrileños tienen que sentirse orgullosos. Además, la zona de bajas emisiones responde a una serie de políticas y directivas europeas que están en vigor. Es decir, quien quiera suspenderlo tendrá que explicarlo en Bruselas, como ya hemos visto, y se expondrá a una denuncia por no cumplir su deber de velar por el bien de sus ciudadanos, como también ha pasado. Pero lo más grave es que la derecha española esté considerando que buena parte de lo que tiene que ver con el medioambiente –y este es un ejemplo claro– pertenece al patrimonio cultural de la izquierda y no va con ellos. Deberían preguntarles a sus colegas europeos. El cambio climático no tiene color político, es una cuestión de supervivencia. No asumir eso es tan absurdo como si el Ayuntamiento dijese va a dejar de gestionar el agua pública porque eso es de izquierdas.

Quizá todavía exista un pensamiento que identifica el ecologismo como algo activista radical. 

Si la derecha española —tanto la nueva como la vieja— no lo ha entendido es porque se ha quedado anticuada. Esa podría ser la definición del ecologismo en los años 80, no ahora. Desde entonces, el discurso ecologista ha evolucionado muchísimo y es más complejo, más global, más integral y más ambicioso. De hecho, en toda Europa hay políticas de carácter ambiental que se plantean tanto por gobiernos de izquierdas como de derechas.

La contaminación se ha convertido en un problema grave de salud, especialmente en las ciudades pero, según las previsiones ONU, cada vez viviremos más en ellas. ¿Cómo pueden las urbes pasar de ser un problema a formar parte de la solución?

Cuanto más grande es la ciudad, menor es la elite para la que está diseñada. El espacio público ha estado monopolizado por un determinado tipo de población minoritaria: el arquetipo de hombre blanco, de clase media, que vive en ciudades, que tiene coche y que goza de un nivel de poder adquisitivo medio-alto. ¿Pero qué pasa con las personas que tienen cualquier tipo de discapacidad, por ejemplo, las que van en silla de ruedas? ¿Qué pasa con los ancianos que tienen problemas para moverse? ¿Qué pasa con las embarazadas o con las mujeres —porque suelen ser las que lo hacen— que van empujando un carrito de bebé? La democratización del espacio público radica en entender la ciudad y el espacio público como algo que tiene que dar cabida a los diferentes tipos de grupos sociales. Eso significa que hay que hacer más zonas peatonales, fomentar el transporte público y rebajar todo tipo de obstáculo en las aceras para permitir la movilidad de todos, hay que crear zonas con velocidad más baja y garantizar, por ejemplo, la iluminación por las noches en zonas donde las mujeres se sienten especialmente vulnerables. Una ciudad que tiene un espacio público democrático es una ciudad que integra las diversidades sociales.

De hecho, barrios céntricos que hace apenas unos años eran para trabajadores con poder adquisitivo muy bajo, se han convertido en zonas reservadas a los más pudientes.

«Una ciudad que tiene un espacio público democrático es una ciudad que integra las diversidades sociales»

Ese proceso de gentrificación se ve muy bien en Madrid. Existe un gran riesgo de que el centro de las ciudades quede reservado cada vez más para quienes tienen un poder adquisitivo medio-alto. Además, suelen ser las zonas con más porcentaje de espacios peatonales, donde hay mayor comercio de proximidad o ecológico, más espacios para hacer deporte… Pero si te vas a las afueras, donde viven las clases más pobres, te encuentras un montón de coches, sigue habiendo fábricas y polígonos industriales muy contaminantes, el comercio de proximidad se sustituye por grandes superficies… La buena calidad de vida que se consigue en el centro es, en cierta medida, a costa de desplazar los elementos más conflictivos y contaminantes hacia fuera. Todo esto eso genera de desigualdades: existe un espacio central, público, muy bonito, muy cool y que nos encanta a todos, pero eso no lo tienes en Villaverde u Orcasitas. La nueva forma de vida de las clases altas está relacionándose cada vez más con lo sostenible, por lo que corremos el riesgo de lanzar un mensaje equivocado: que los comportamientos más responsables y más sostenibles solo se lo pueden permitir los más ricos.

Esa ordenación también responde a una cuestión de género. Detrás de muchos viajes urbanos están los cuidados, tareas que han realizado tradicionalmente las mujeres. ¿Logrará el feminismo humanizar las ciudades?

El feminismo y la ecología tienen una idea común muy potente. La ecología nos muestra que dependemos del planeta, en el que somos una variable más. En esa línea, el feminismo está haciendo mucho hincapié en que comprendamos que todos los seres humanos somos dependientes unos de otros. Se trata de entender que dependes del planeta y de los demás, al mismo tiempo que ambos dependen de ti y de tus acciones. Es cuestión de situarnos dentro de un ecosistema, no solo el natural o el biológico, sino el social. Y ahí entra el feminismo.

Entre las mujeres líderes, la joven Greta Thunberg parece haber despertado a la bestia de la movilización juvenil y a los movimientos de Jóvenes por el Clima en todo el mundo. ¿Hasta dónde crees que llegarán?

Están consiguiendo ya cosas importantes. Han puesto el tema en una agenda en la que no estaba, la de los jóvenes. Han dado un toque de atención al mundo político, recordando que son los votantes de mañana. Su apelación al mundo de la ética, de los valores y de las acciones son un gran logro. Además, alrededor del movimiento de los jóvenes se están generando otros paralelos, como el de madres o el de profesores por el clima, y eso puede darles mucho poder.

¿Por qué en España está siendo algo mucho más discreto que en otros países?

«El ciclo del 15-M se cerró en las últimas elecciones»

Por la misma razón por la que no hay un partido verde en solitario y potente, como sí sucede en otros países de Europa: porque todavía nos cuesta ver los valores ambientales como algo suficientemente importante para dedicarle más tiempo y recursos. Por una cuestión histórica, siempre que ha habido un empujón del movimiento verde en Europa aquí nos ha pillado en un momento de reconfiguración del sistema de partidos en el que las ideas verdes han acabado dentro de otro partido, hace años en Izquierda Unida y, ahora, en Podemos. Ha habido algún intento que no acaba de cuajar, algo que también ha pasado en otros países del sur de Europa como Grecia, Portugal o Italia.

¿Qué pasará con ellos? Si dejan de interesar a los medios, a los políticos en busca de votos…

Lo sabremos en septiembre. No creo que los medios dejen de hacerle caso, porque ya no serán novedosos, pero tienen un discurso muy fresco, global y real, y con un tema que va a seguir en la agenda. Otra cosa es que eso se transforme. Es un asunto complicado, porque este tipo de movimientos, en general, son muy reacios a relacionarse con los partidos políticos. Es habitual que, cuando un ministro o un concejal les pide una reunión, se nieguen para que no puedan relacionarlos con ellos o politizarlos. ¿Pero cómo les pides a los políticos que te hagan caso si no les escuchas o te sientas a contarles lo que quieres? De alguna manera, tienen que tener una relación sana, tan cercana como distante, con la política: ni negarse a hablar, ni convertirse en las juventudes de un partido político determinado. Si son hábiles, pueden encontrar un equilibrio que les haga fuertes. Dependerá mucho de lo que hagan, de si pierden fuelle con las vacaciones de verano –es un movimiento de raíz estudiantil–… Pero creo que van a seguir ahí. Tienen carrete para rato.

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