Cultura

Cómo derribar un muro con una fotografía

El arte es, hoy por hoy, una de las armas más eficaces contra las injusticias sociales. Una sola instantánea puso en tela de juicio el muro de Donald Trump.

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Luis Meyer
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22
Feb
2018

Es un hito histórico con nombre propio: Tregua de Navidad. La víspera de la Nochebuena de 1914, en plena contienda, las tropas alemanas decidieron decorar sus trincheras con motivos navideños. El fervor que causó ese atisbo de humanidad, en medio de un escenario tan ominoso como la Primera Guerra Mundial, se expandió entre los soldados que, ya entrada la noche, cantaron al unísono el villancico Stille Nacht (Noche de paz). Al otro lado del frente, unos metros más allá, las tropas británicas se contagiaron de aquellas notas y respondieron entonando el mismo villancico, en inglés. Unos y otros, que unas horas antes se apuntaban con sus fusiles, acabaron felicitándose la Navidad a voz en grito, cada uno en su idioma, desde sus respectivas posiciones. Aquella tregua tácita sirvió para que los soldados pudieran acercarse al bando contrario a recoger a sus muertos. Celebraron un sepelio común, en el que alemanes y británicos expresaron sus respetos por el enemigo caído. Se dice que la tregua se extendió a otras áreas de la contienda durante aquella Navidad y hay historias, tal vez apócrifas, que incluso relatan partidos de fútbol entre soldados de ambos bandos. En lo que sí coinciden los historiadores es en que el detonante de ese acercamiento fue la canción. «La música puede cambiar el mundo porque puede cambiar a las personas», repite Bono, el líder de U2, durante sus conciertos.

Recientemente, se ha vivido un hecho parecido en un escenario muy diferente, pero de similar calado humanitario: los policías estadounidenses que patrullan la frontera con México, a la altura de Tecate, compartieron un pícnic con los pobladores del otro lado del muro. Algunos incluso brindaron a través de las rejas.

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Grafiti de Banksy en el muro de Cisjordania.

Tan improbable escena la consiguió el artista Jr (de él se sabe poco más que el nombre artístico y que es francés): extendió sendas mesas de comedor a ambos lados de la frontera, de manera que, si se ve desde un plano cenital, parece una enorme tabla que atraviesa el muro. En su superficie, sobre la que se dispuso comida y bebida, Jr pintó los ojos de un niño con un realismo subyugante, uno en cada país. Esta instalación, a la que acudieron, espontáneamente, más de cien personas, se denominó The giant picnic (El pícnic gigante): «Es algo totalmente prohibido», escribía hace unos días el artista en su cuenta de Instagram: «Pero, al final, sucedió. Merece la pena intentar hacer posible lo que parece imposible». También colgó un vídeo, ataviado con sombre – ro y gafas de sol (como Banksy, guarda celosamente su identidad), en el que comparte, desde el lado mexicano, un consomé con un policía federal, con sonriente camaradería.

El artista Jr organizó un pícnic para mexicanos y policías estadounidenses en la frontera

En la red social, que es su única vía de comunicación, el artista aclara que su pintura refleja «los ojos del soñador», y que la enorme mesa «pretende representar un lugar de reunión distendida en el que los habitantes de ambos lados de la frontera puedan dejar la política de lado». Y describe la experiencia: «Vi a gente comiendo la misma comida, compartiendo la misma agua, disfrutando la misma música alrededor de los ojos de un soñador… Por unos minutos, nos olvidamos del muro».

El lugar elegido no es casual. Justo allí, en el lado de Tecate, el artista había erigido una fotografía de más de 10 metros de Ikito, un bebé mexicano, como si asomara su cabeza y apoyara sus manitas sobre el enrejado. A las autoridades estadounidenses les faltó tiempo para exigir su retirada, pero era demasiado tarde: la imagen ya había dado la vuelta al mundo.

Intervención del artista Jr en Río de Janeiro

La instalación de Jr está acicateada por la pretensión de Donald Trump de levantar un muro a lo largo de toda la frontera con México (hoy existe, pero en tramos puntuales). Pablo Picasso dijo una vez: «Aprende las reglas como un profesional, para que puedas romperlas como un artista». Una recomendación que se ceñía a lo artístico, pero, en el caso de Jr, que trasciende su obra enfrentándose al orden establecido, cobra un significado más amplio.

Confrontar el arte con las injusticias del mundo no es algo nuevo. La fotógrafa Diane Arbus, en los años setenta, retrató a los colectivos marginados de Nueva York y, como reflejaron los medios en la época, consiguió lo que hasta entonces parecía imposible: convertir lo que la sociedad de la época consideraba «extraño» en algo «normal». La cineasta Shirley Clarke, tras ganar un Óscar al Mejor Documental en 1963 por una cinta en la que plasmó los últimos meses de vida del poeta Robert Frost, grabó una única entrevista de doce horas con Jason Holliday, un afroamericano homosexual cuya aspiración en la vida era ser bailarín en un club nocturno. Gordon Parks, músico, poeta, escritor, cineasta y reputado fotógrafo en publicaciones punteras de los años cuarenta como Life y Vogue, ciñó siempre su obra a temas relacionados con los derechos civiles, la pobreza y la difícil situación de los afroamericanos en Estados Unidos.

Podemos ir más lejos aún. Francisco de Goya pintaba sin miramientos la convulsión política de su época. El director de la Pinacoteca de París, Marc Restellini, destacó recientemente el compromiso del genio aragonés, «que tiene una traducción gráfica en la fuerza de la ejecución del trazo y en la potencia estética de sus imágenes», y añadía: «Su temática, con retratos psicológicos o grabados de fuerte crítica social, lo convirtió en un pintor moderno y problemático para las élites». El dramaturgo y escritor inglés John Berger dijo, a finales del siglo pasado, durante la presentación de su biografía teatralizada sobre el pintor: «Si hubiera nacido en este siglo, Goya sería un fotógrafo comprometido».

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Uno de los grafiti entre ruinas que dejó la visita clandestina de Banksy a Gaza.

El precursor del Romanticismo y del arte moderno también podría haber pintado hoy en día, pero con otros lienzos. Como Banksy, grafitero virtuoso que usa las fachadas de edificios y el mobiliario urbano para plasmar su arte. Tras este pseudónimo, se sabe que hay una persona nacida en Bristol en 1975, y poco más, porque nunca se ha dejado ver en público. Hay quienes dudan incluso de su sexo. El anonimato es premeditado, porque Banksy quiere que toda la atención se centre en su arte y, sobre su arte, en su mensaje. Como buen británico, aplica la sátira imbricada con la crítica social en todas sus obras. Aunque nunca lo pretendió, hoy en día es uno de los artistas más cotizados del mundo: su mural Mobile Lovers, en el pub Plain Boys Club de Bristol, se vendió por más de medio millón de euros. Normalmente, no acepta este tipo de ofertas, pero aquello no tenía un móvil crematístico propio: logró que el local, acuciado por las facturas y al borde de la quiebra, no se cerrase.

La obra de Banksy refleja realidades sociales incómodas

La obra de Banksy, basada en el estarcido, siempre refleja realidades sociales incómodas en los lugares donde más duelen, y está en entornos urbanos dispares como los de Londres, Viena, San Francisco, París, Barcelona, Berlín, Tokio, Belén, Nueva York, Los Ángeles e incluso en el muro de Cisjordania, que divide y enfrenta a Israel y Palestina. Desde una persona que lo abre como si corriera un telón para dejar ver lo que hay al otro lado hasta unas escaleras mecánicas, sus pinturas recorren la tapia de cemento y son un llamamiento que reivindica pasar al otro lado, y viceversa. La desaparición de esa pared vitanda, en definitiva.

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El mural ‘Mobile lovers’, de Banksy, fue retirado de las calles de Bristol, Reino Unido

El buen arte, algo que se inventó prácticamente desde que existe la Humanidad, tiene una capacidad de impacto que no conocen las actuales y tecnológicas redes sociales. Por eso hay artistas que, conscientes de su poder, lo han derivado a soliviantar aquello que les quema. La escritora y filósofa Simone de Beauvoir, adalid francesa de la igualdad de género, murió en 1986. El año pasado, varias autoras estadounidenses le rindieron homenaje. La fotógrafa Petra Collins compuso una serie de imágenes de mujeres velludas, para reclamar la belleza que subyace en todo eso que muchas mujeres quieren esconder. Grace Miceli, a través de sus dibujos de técnica infantil (incluso en los recursos: solo un lápiz o un rotulador escolares), denuncia la supremacía masculina en obras como Cruel intentions, proyectada sobre una caja de cereales para el desayuno.

Son solo algunos ejemplos de artistas que usan su talento para extender un mensaje que va mucho más allá de la obra en puridad. Por suerte, hoy hay tantos que harían falta decenas de revistas como esta para reunirlos en su totalidad. Ossie Davis, actor, poeta, escritor y activista estadounidense, dijo a mediados del siglo pasado una frase que aglutina a este movimiento: «Cualquier forma de arte es una forma de poder que impacta, que cambia. No solo nos mueve; nos hace mover».

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