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La medicina de la confusión

La OMS reconoce la existencia de las pseudociencias, y apoya su promoción e investigación, siempre y cuando se basen en criterios de calidad y eficacia.

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16
Oct
2017

El gluten es enemigo de la dieta. Las vacunas provocan autismo. Las plantas curan el cáncer. Este tipo de afirmaciones campan a sus anchas por Internet, en programas de televisión, radios y manuales de vida saludable, desafiando a la ciencia y a la medicina, y a los profesionales que la ejercen. En su lugar, blogueros, presentadores, ‘celebrities’ y embaucadores enfundados en disfraz de sanadores proclaman la legitimidad de las pseudociencias ante millones de seguidores. La comunidad sanitaria advierte: los bulos perjudican gravemente su salud.

«Cuando te haces consciente de algo, te desapegas de ello». Este enunciado, un tanto sibilino para el arranque de un reportaje, pertenece a Enric Corbera, probablemente el adalid de teorías pseudocientíficas más mediático de España. Por despojar su alegato de eufemismos: sustituyamos «algo» por «cáncer». Según su teoría, las enfermedades son, en realidad, conflictos emocionales sin resolver, nunca de origen fisiológico. «Creeremos que hemos muerto por un cáncer, y en realidad nuestra muerte sobreviene porque nuestro corazón está aburrido». «Si la persona no está sanada mentalmente, los tratamientos no funcionan». «El cáncer es la penúltima oportunidad que te da la vida para que realmente cambies». Son algunos fragmentos extraídos del medio centenar de vídeos subidos a su cuenta de YouTube (216.264 suscriptores, 21.897.171 visualizaciones).

Corbera ha registrado la «bioneuroemoción», que define como «un método basado en los conocimientos de disciplinas científicas, filosóficas y humanistas que estudian las emociones y su relación con las creencias, la percepción, el cuerpo y las relaciones interpersonales». Se esfuerza en no emplear la palabra «terapia» y en desligar sus tesis de la medicina, en un intento casi obsceno de evadir su responsabilidad. Las alarmas se encienden cuando sus sermones inducen a una persona enferma de cáncer, dominada por el cansancio y la desesperanza, a abandonar la quimioterapia. No hablamos en clave de hipótesis: las denuncias contra Corbera se multiplicaron a raíz del fallecimiento de una mujer que respondía al nombre de Maribel, afectada por una me tástasis de clavícula. Asesorada por el pseudoterapeuta, decidió renunciar al tratamiento médico y ponerse en «cuarentena», un periodo en el que «la persona se aísla de su entorno habitual, sea cual sea, para conectar con su propia coherencia», «un tiempo de regeneración que le va a permitir decidir cómo quiere vivir su vida a partir de ese momento», según la jerga corberiana. Lo contaba en una entrevista que le realizó Corbera ante un abundante público, y cuyo vídeo, casualmente, fue eliminado de su canal.

En su página web, se presenta como ingeniero técnico industrial, licenciado en Psicología, naturópata y sofrólogo (aquel que practica técnicas de acción psíquica, como el hipnotismo o la sugestión), y se define como «un investigador incansable en busca de la libertad emocional de las personas». Entre la comunidad científica y médica, prefieren calificarle como sectario, magufo y charlatán. Sin rodeos, un defraudador de libro. Lo cierto es que el negocio le va viento en popa: Corbera factura tres millones de euros al año, dando charlas por España y el extranjero (inscripción: 35 euros), ofreciendo consultas individuales (sesión de hora y media: 90 euros), a través de la venta de sus libros (entre 15 y 28 euros; tiene trece publicados) e impartiendo cursos a través del Enric Corbera Institute (entre 500 euros por un preparatorio de 3 días y 2.895 euros por un «Postgrado en Bioneuroemoción online» de 10 meses).

Una abeja no hace colmena, reza el refranero español. Precisamente, lo más preocupante del asunto es que son un sinnúmero los Enric Corbera que campan a sus anchas por Internet, en determinados programas de televisión o entre las estanterías de libros de autoayuda. Curar el ébola a base de cloro, el sida con lejía, la psoriasis con cenizas de café o la epilepsia en recién nacidos con marihuana. Son algunas de las terapias milagro que promueve el agricultor Josep Pamiés. Seguidores en Facebook: 114.504. En Mis recetas anticáncer, la doctora y superviviente de cáncer Odile Fernández reduce la cura de la enfermedad a cambios en la alimentación y en el estilo de vida, a pesar de que ella recibiera quimioterapia para tratar la suya. «Hay personas que eligen la palabra AMOR, otras SANACIÓN. La mía durante la quimio fue YO PUEDO. Elige la tuya y transmítesela a tu agua con toda la fuerza de tus pensamientos. Después deja la botella al sol para que se vitalice, pierda el cloro y reciba toda la energía lumínica de nuestro gran astro. Y ya tienes lista tu agua sanadora. […] ¿Has visto qué medicina más barata e inocua? Efectos secundarios, cero. Efectos positivos inimaginables, no hay límites. El límite lo pones tú y tus pensamientos», escribe en su libro, que ha obtenido las mismas ventas que la novela del año, Patria, de Fernando Aramburu. No podemos cerrar el capítulo de estos vendedores de crecepelo sin antes mencionar a Txumari Alfaro, famoso por sus supuestos conocimientos de iridiología, una rama de las pseudociencias que pretende diagnosticar a través del análisis del iris ocular. Desde 1996, este visionario ha tenido espacios en TVE, Antena 3, Telecinco, La Sexta y, ahora, Intereconomía TV.

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Chamanes y celebrities: los okupas de la salud

Los chamanes 2.0 no son los únicos intrusos en el campo de la ciencia y la medicina. Aunque en este caso el objetivo inmediato no es el rédito económico sino captar audiencia o, sencillamente, persuadir, son muchas las caras conocidas –periodistas, presentadores, actores– que han participado, desde su posición de poder como líderes de opinión, en la promoción de las pseudociencias. La presentadora Mariló Montero y la teoría del aroma de los limones para prevenir el cáncer. La periodista Mercedes Milá y su «enzima prodigiosa». O el locutor Javier Cárdenas y su patinazo al vincular el autismo con las vacunas, un bulo desmantelado hace años y retractado por cientos de estudios científicos.

Gualberto Díaz: «El problema no es la medicina no convencional, el gran problema es el fraude»

«Sr. Cárdenas, podría contarle el inmenso esfuerzo que supone convencer a unos padres con un hijo que padece un Trastorno del Espectro Autista que su patología nada tiene que ver con las vacunas, podría contarle el desgaste que supone luchar contra los bulos y la desinformación, podría contarle incluso lo que supone ver morir a un niño (y a dos y a tres…) en apenas 24 horas por una sepsis meningocócica fulminante sin que puedas hacer nada porque la bacteria lo devora vivo delante de tus narices, podría compartir con usted la impotencia de decirle a unos padres que su hijo se ha muerto por varicela. Podría contarle tantas y tantas cosas de enfermedades hoy en día prevenibles gracias a las vacunas…». Esta carta abierta la firma la Dra. Lucía Galán Bertrand, pediatra y escritora. «Con que una sola familia haya dudado o haya decidido no vacunar a sus hijos tras escucharle ayer en la radio, ya habremos fracasado todos»

La muerte, en 2015, de un niño de seis años infectado de difteria en Olot (La Garrotxa) reabrió el debate sobre la peligrosidad de saltarse el calendario de vacunación. Más llamativo es el rebrote de sarampión que se extiende por Europa. Se ha detectado que en los países más afectados -Rumanía, Italia, Francia, Alemania, Polonia, Ucrania y Suiza- la tasa de vacunación de la enfermedad había descendido por debajo del porcentaje recomendado (el 95% de la población) hasta el 85% en algunos casos.

«Los antivacunas no están correctamente informados. Me remito a la historicidad, a la cantidad de muertes que generaban enfermedades como la peste y que afortunadamente están erradicadas», recuerda Elena Campos, doctora en Biomedicina y presidenta de APETP (Asociación para Proteger al Enfermo de las Terapias Pseudocientíficas). «Confundimos a menudo sostenibilidad humana con racionalidad. Aprovechar los recursos de manera más eficiente es una cosa; otra muy distinta es rechazar todo el avance tecnológico que nos ha permitido la calidad de vida que tenemos. Cuando un personaje público se opone a las vacunas, no es consciente del impacto social. Puede estar causando muertes a medio o largo plazo», advierte la experta.

Terapias alternativas: ¿dónde está el límite?

Acupuntura, osteopatía, medicina tradicional china, homeopatía, naturopatía, reiki, ayurveda, shiatsu, aromaterapia… Según la literatura científica disponible, las distintas terapias que integran la llamada «medicina alternativa» coinciden en un punto: ninguna de estas pseudociencias ha logrado demostrar su eficacia. Si bien la OMS reconoce su existencia y apoya su promoción y su investigación, el organismo establece que habría que incorporar los conocimientos tradicionales a la medicina convencional siempre y cuando se basen en criterios de calidad y eficacia.

La homeopatía lleva 200 años intentándolo. Sin embargo, la reciente muerte de otro niño, esta vez en Italia, a causa de una otitis que había sido tratada con procedimientos homeopáticos ha vuelto a cuestionar el uso de este tipo de compuestos propios de las pseudociencias. Los padres llevaron al niño al hospital cuando vieron que empeoraba su estado de salud, pero los médicos no lograron salvarle la vida, pese a administrarle antibióticos y operarle de urgencia para eliminar la infección.

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«Cuanto más diluida esté una sustancia, mayor será su potencia. O lo que es lo mismo, cuanto menos fármaco, mayor el efecto. Ese es el principio de la homeopatía: lo semejante cura a lo semejante. Una contradicción en sí misma. Sería como decir que un café solo tendría menos capacidad de inducirte insomnio que si tomaras una sola gota. Los supuestos resultados de la homeopatía son los resultados del efecto placebo», sostiene Campos.

Elena Campos: «Los personajes mediáticos que se oponen a las vacunas pueden estar causando muertes a medio o largo plazo»

Pseudocientífica, alternativa, complementaria, integrativa… La incursión de la medicina no convencional suscita disputas desde la propia terminología. «La trampa es llamarla medicina. La medicina de verdad no tiene apellidos», afirma José Miguel Mulet, doctor en Bioquímica y Biología Molecular por la Universidad de Valencia y autor del libro Medicina sin engaños. «Ningún ensayo clínico ha demostrado la eficacia de la medicina alternativa. Si un principio activo realmente es eficiente, acaba incorporado a la farmacopea. Y dirás: los medicamentos provienen de plantas. Es cierto. El ácido acetilsalicílico, el principio activo de la aspirina, se encuentra en la corteza de los sauces, por ejemplo. Pero en naturopatía no se sabe si la dosis es correcta ni se tiene en cuenta si la planta contiene otros compuestos que puedan interferir en el tratamiento de la enfermedad», explica.

¿Nos medicamos en exceso?

Si las pseudociencias son una amenaza, la ingesta excesiva de medicamentos también se ha convertido en un problema de primera magnitud. Partamos de un dato cuando menos llamativo: el consumo de antidepresivos en España se ha triplicado en los últimos diez años. Las mismas directrices siguen los antibióticos: la mitad de los españoles reconoce haberlos consumido en el último año. Sin olvidarnos de los principales moradores del botiquín: los antiinflamatorios. El ibuprofeno es el sexto medicamento más ingerido en España, con 18 millones de envases vendidos cada año, según los datos del Sistema Nacional de Salud.

La pregunta es obligada: ¿habría que desmedicalizar la salud? «A ser posible, del todo». Pedro Ródenas, médico miembro de la Asociación Española de Médicos Naturistas (AEMN), se expresa con contundencia: «Hay que priorizar recursos no agresivos y de visión global. Siempre y cuando el perjuicio no sea mayor que el beneficio. La medicina se ha basado básicamente en la farmacología, esto es, en drogas con efectos secundarios, que lo máximo que pueden hacer es suprimir síntomas, pero no los regulan; los desplazan, hacen crónicos los problemas de salud y normalizan esa situación de desequilibrio. Los medicamentos farmacológicos son, precisamente, la tercera causa de mortalidad en países occidentales», afirma.

Un motivo que refuerza la idea de seguir investigando y testeando los efectos de la medicina no convencional, más inocua que la farmacológica. «Los antiinflamatorios, los antibióticos o los probióticos no han sido siempre iguales; a lo largo de los años, ha cambiado radicalmente la forma de entender la interacción del medicamento, cómo afecta a la célula y a los genes. Lo mismo ocurre en los no convencionales: los principios se entienden de manera diferente que hace miles de años, y sigue evolucionando la comprensión de esos mecanismos de acción», defiende Gualberto Díaz, médico especializado en homeopatía oncológica.

«El problema no es la medicina no convencional, el gran problema es el fraude, que existe y que debe denunciarse. Que alguien prometa beneficios o resultados que no son justificables nos disgusta y, además, nos perjudica. Médico o no médico, que alguien asegure que puede curar el cáncer con su intervención, abandonando la quimio, es perseguible», concluye Díaz.

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