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Rusia y Siria: relación interesada, intereses relacionados

Rusia se mantiene férrea en su veto a una intervención armada en el conflicto sirio. ¿A qué se debe su apoyo incondicional a Bachar el Asad? La respuesta tiene un nombre: geopolítica.

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Marta H. Vázquez
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11
May
2017
PUTIN-BASHAR-AL-ASSAD

Durante los primeros días de presidencia de Donald Trump se vivió un acercamiento inédito entre Estados Unidos y Rusia. Nunca antes se le había visto a Vladímir Putin deshacerse en halagos de forma tan desprendida ante un recién llegado a la Casa Blanca. Pero, por mucho que el presidente de Rusia y el magnate se alegren tanto de conocerse (aún está por esclarecerse hasta qué punto el Kremlin influyó en el resultado de las elecciones), lo cierto es que su relación siempre escollará por culpa de otra: la de Rusia con Siria.

La postura de Putin respecto al conflicto sirio es clara: apoya al régimen de Bachar el Asad por ser el «legítimo» y considera a la oposición un hervidero terrorista, origen de la cruenta guerra civil que ya asuela al país desde hace siete años, con más de medio millón de muertos contabilizados y unos 10 millones de desplazados. La de Estados Unidos es la del Consejo Nacional de Naciones Unidas, o lo que es lo mismo, exactamente la contraria: el régimen de Bachar el Asad está cometiendo un genocidio con su pueblo para aplastar a los sediciosos, y por eso hay que pararle los pies. Rusia anunció hace tiempo que vetaría cualquier resolución del Consejo de Seguridad que autorizase el uso de la fuerza. Estados Unidos actuó de motu proprio el mes pasado y bombardeó un aeródromo sirio, después de que aparecieran pavorosas imágenes de civiles víctimas de armas químicas, utilizadas, según la comunidad internacional, por el ejército de Al Asad. Rusia se sale de la opinión generalizada defiende justo lo contrario: fueron los rebeldes quienes las usaron para achacárselo al Ejecutivo sirio y provocar la reacción internacional.

El general Serguei Rutskói, jefe del mando operativo del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas rusas, sostuvo el pasado abril que «el gobierno de Bachar El Asad no tiene ninguna posibilidad de utilizar las armas químicas, porque el ejército sirio carece de ellas». Lo justifica en el hecho de que Siria se sumó en 2013 a la convención de prohibición de armas químicas y, por tanto, está sometida al control de la ONU. De las 12 instalaciones de armas químicas que tenía, 10 fueron destruidas y las dos restantes, según Rutskói, «están en el territorio de los rebeldes, por lo que el Gobierno de El Asad no tiene acceso a ellas».

Sea como fuere, los testimonios de los pocos observadores que lo pueden contar desde dentro (ONG, periodistas, etc.) no dejan lugar a dudas de que la sociedad civil está sufriendo un genocidio por parte del régimen de Bachar el Asad. Organizaciones como Médicos del Mundo han denunciado en varias ocasiones y aportado pruebas irrefutables del asedio del Gobierno sirio sobre la población de Alepo sin discriminación alguna, ni siquiera médicos y hospitales.

Con todo, Rusia mantiene su apoyo al régimen de Al Asad, al menos, en forma de rocosa reticencia a una intervención armada por parte de la comunidad internacional. Como siempre, esto va más allá de éticas o ideologías, y tiene mucho más que ver con intereses geopolíticos y económicos.

Amigos para siempre

O al menos, mientras continúe la situación actual en Oriente Próximo. «Desde la época de la Unión Soviética, es el único aliado que le queda en esa zona», cuenta Asier Arriaga, politólogo y doctor en Relaciones Internacionales. «Un ejemplo claro es el puerto de la ciudad siria de Tartus, que le dan apoyo logístico para desplegar sus flotas navales por el Mediterráneo». Por otro lado, en cuanto desapareció la Unión Soviética, el Kremlin condonó a Siria la deuda multimillonaria que había contraído desde décadas anteriores a cambio de que garantizara cuantiosas compras al mercado ruso, en gran parte, el armamentístico.

Las empresas rusas llevan décadas realizando grandes inversiones en terreno sirio, y no solo en infraestructuras. Sin ir más lejos, Damasco firmó hace un par de años un acuerdo con Soyuz Naftogaz (una compañía bajo el control del Banco Central de Rusia) para gestionar la exploración y explotación de yacimientos petrolíferos en sus aguas. «Es, de hecho, el primer permiso en este sentido que Siria da a un país extranjero. Eso da una idea de lo estrecha que es su relación, y el grado de confianza», dice Arriaga, que añade: «La industria armamentística es otro se los lazos entre ambos países. Para el régimen de Putin es un sector clave, ya que da empleo a unos dos millones de personas».

Los dirigentes rusos han mostrado frecuentemente en público su preocupación por el hecho de que los actos terroristas en los países del Cáucaso Septentrional tengan un fuerte apoyo de islamistas radicales suníes, que a su vez están cada vez más entreverados en las filas de la oposición siria. «El Kremlin considera que la caída de Al Assad les daría alas para seguir con su yihad hacia el norte, y sería muy perjudicial para la seguridad de Rusia», opina Arriaga, que concluye con un último razonamiento: «Hay, también, un punto de orgullo en la posición de Rusia. En 2011 respaldó la intervención en Libia con su abstención, pero una vez derrotado Gadafi, el Kremlin consideró que Occidente había llevado el mandato de la ONU demasiado lejos para proteger a la población civil, tocando incluso intereses propios. Por eso, no está dispuesta a repetir el mismo patrón en Siria. Seguirá vetando las resoluciones de Naciones Unidas y eso, desgraciadamente, provocará que esta crisis siga enconada mucho tiempo. Y al final, quien más lo sufre es, una vez más, la población civil».

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