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Alimentos ecológicos: ¿sabemos lo que comemos?

La venta mundial de comida orgánica ha crecido un 157% desde 2004. Pero, ¿es realmente más saludable que los productos ordinarios? ¿Está justificado el encarecimiento de los precios?

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29
Jun
2016

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Sara Maroto

Cadmio, arsénico, plaguicidas… Son microtoxinas que no incluimos voluntariamente en nuestra dieta. Queremos comer sano, y los datos lo corroboran: la venta mundial de comida y bebida orgánicas ha crecido un 157% desde 2004, según el informe The world of Organic Agriculture 2015, desarrollado por el Instituto de Investigación de Agricultura Orgánica (FiBL) y la Federación Internacional de Movimientos de Agricultura Orgánica (IFOAM).

Sin embargo, sólo el 10% de la población española se decanta por esta alternativa. Sus motivos: la desconfianza en el etiquetado y la diferencia de precio. La producción sostenible de los alimentos ecológicos daña menos el medio ambiente que los procesos industriales tradicionales. Pero, ¿realmente son más saludables que los productos convencionales?

La etiqueta de ‘calidad orgánica’ se aplica al proceso de producción, garantizando que el alimento se ha producido y elaborado sin impactar sobre el entorno, y el Servicio Internacional de Acreditación Orgánica (IOAS) garantiza la equivalencia mundial de los programas de certificación, a la vez que se esfuerza por armonizar las normas. Sin embargo, existen tantas normativas nacionales e internacionales, voluntarias y obligatorias, que los consumidores tienen dificultades para saber qué es exactamente lo que compone su plato. Los estudios científicos son una vía para recopilar información, pero la falta de estándares comunes desemboca en contradicciones y cierta confusión, en vez de en ayuda práctica.

Polémicas sobre la mesa

Uno de los principales enemigos de la producción orgánica es el glifosato, el herbicida más utilizado en la agricultura convencional y claro ejemplo de la lucha entre ambas facciones. En marzo del 2015 y tras un año de estudio, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC-OMS) incluyó el glifosato en la lista 2A de productos o agentes que «probablemente» provocan cáncer en seres humanos, excluyendo su uso por parte de muchos agricultores por miedo a las consecuencias. Sin embargo, siete meses más tarde, un informe publicado por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) clasificó el mismo hecho como un riesgo «improbable», y el glifosato volvió a copar el mercado.

La decisión la ha tomado la Comisión Europea: el pasado 29 de junio renovó su permiso de utilización durante 18 meses, es decir, hasta el 31 de diciembre de 2017. Ante esta noticia, la multinacional Monsanto, descubridora del compuesto y principal beneficiaria, insiste en su nota oficial en que el glifosato ha sido utilizado «durante 40 años como una herramienta segura, eficiente y rentable para el control de malezas». Opinión enfrentada con la de Greenpeace España, quien recuerda que «la agricultura ecológica y casi un centenar de municipios españoles, y muchísimos más a nivel europeo, muestran cada día que es posible hacer agricultura y jardinería sin glifosato», según manifiesta Luis Ferreirim, responsable de agricultura de la ONG en España, en declaraciones a Europa Press.

Por su parte, la OMS mantiene su postura frente al glifosato mientras la comunidad internacional espera a que la Agencia Europea de Productos Químicos publique sus conclusiones a finales de este año. A partir de este informe definitivo, la Unión Europea podría alargar o retirar el permiso para el uso de este herbicida.

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Independientemente de cómo termine este tira y afloja, el daño ya está hecho: este tipo de contradicciones entre instituciones internacionales hacen que la sociedad desconfíe tanto de los productos que consume como de los organismos que regulan el mercado de los alimentos.

Y con mayor motivo si los informes que sustentan las teorías son erróneamente interpretados. Es el caso de la ambigüedad que se desprende de un análisis publicado por el British Journal of Nutrition. Según este escrito, los alimentos ecológicos contienen hasta un 60% más de antioxidantes y un 50% menos de cadmio. Sin embargo, a pesar de todos los datos que recoge (está considerado como uno de los estudios más completos), el documento es en realidad un metaanálisis que revisa 343 artículos de diferentes especialistas, no un estudio científico como tal, y en ningún caso evalúa si existen efectos directos sobre la salud de la población. De nuevo, la falta de relaciones claras da margen a la especulación.

¿Alto precio justificado?

Los alimentos orgánicos tienen otro gran frente abierto: su coste en el mercado, mayor que el de los productos ordinarios. En el ámbito de la producción, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ofrece algunos argumentos que justifican la diferencia de precios, como la menor oferta de alimentos orgánicos respecto a su demanda, la necesidad de más mano de obra, la manipulación post-cosecha y una ineficiente cadena de comercialización y distribución.

Existen además factores exclusivos de la producción orgánica que la encarecen aún más, como la rotación de cultivos, el mayor cuidado de los animales o la promoción de un empleo rural con condiciones justas para los trabajadores. Otro de los argumentos es que los alimentos ecológicos tienen más nutrientes por unidad que los tradicionales.

La compañía de servicios financieros BB&T Capital Markets sostiene que el precio de los productos ecológicos podría ser todavía demasiado bajo desde el punto de vista de los productores y de los proveedores: «A menudo el precio de estos productos es insuficiente para compensar completamente su coste, también más alto, lo que proporciona márgenes menores. Como consecuencia, la oferta no puede mantener el ritmo».

A pesar de todas las dificultades a las que se enfrentan los alimentos orgánicos para hacerse un hueco en el mercado, la comunidad verde confía en que, con el tiempo y mediante la presión a las autoridades para unificar criterios, las innovaciones tecnológicas y las economías de escala, se afiance la unión entre salud y sostenibilidad.

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