Innovación

Makers: ¿una nueva revolución industrial?

Casas, puentes, coches, instrumentos musicales, fármacos, ropa, comida, refugios espaciales e incluso órganos humanos. Pocas son las cosas que una impresora 3D no puede replicar.

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23
julio
2015

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Casas, puentes, coches, instrumentos musicales, fármacos, ropa, comida, refugios espaciales e incluso órganos humanos. Pocas son las cosas que una impresora 3D no puede replicar. Además, cualquier material es apto para la impresión 3D: desde plásticos, metales, resinas o arena hasta células madre. Esta tecnología promete revolucionar no solo la industria, sino la manera en que nos relacionamos con lo material, imponiéndose a la a la obsolescencia programada y, en general, a la cultura del consumo.

Aunque no es nueva. Se inventó hace tres décadas, pero contadas multinacionales y centros de investigación tenían acceso a ella con la excepción de 3D Systems y Stratasys, consideradas dos de las empresas más innovadoras por la revista Forbes. «Las patentes de las tecnologías para impresión 3D frenaron durante años su desarrollo» afirma Adam Jorquera, cofundador de Los Hacedores, primera escuela española de impresión 3D. «Lo que ha desatado el boom, y que se hable ya de cómo estas máquinas transformarán el mundo, es el fin progresivo de las patentes en los últimos seis años».

No cabe duda de que estas máquinas marcan un antes y un después en nuestra concepción de la producción (hasta ahora industrial y en masa) y del consumo. «Vivimos en un mundo donde el 99% de la población consume y el 1% fabrica. Estamos en sus manos», argumenta Jorquera. Es decir, con la impresión 3D los creativos proyectarán sus ideas y productos sin depender de nadie.

Este do it yourself o hágalo usted mismo es la encarnación más auténtica de lo que conocemos como ‘prosumidor’: el consumidor abandona su rol pasivo para producir y personalizar sus propios productos. Porque, anuncian los expertos, es cuestión de tiempo que estas impresoras 3D se extiendan más allá de la industria y proliferen en nuestras casas.

Las empresas también sacan provecho de los makers (nombre que viene dado por la revista Make, que comenzó liderando este movimiento). Toyota, por ejemplo, compartió los planos de uno de sus vehículos y sus clientes, a través de una app, cocrearon el automóvil con la compañía. O General Electric, que construyó en Kentucky (Estados Unidos) la planta First Build con el objetivo de que los propios consumidores fueran quienes desarrollaran sus electrodomésticos.

«Así, los makers hacen que las empresas les cedan el control de su estrategia de mercadotecnia. Han descubierto que las mejores personas para modificar sus productos son quienes los consumen», explica Peter Hirshberg, presidente de Reimagine Group, donde diseña estrategias de marketing para compañías como Best Buy, Sony, IBM, Verizon, Estée Lauder y Telefónica.

El movimiento maker pretende pues, empoderar a las personas en materia tecnológica, ofrecerles autonomía y fomentar la creatividad. Eso sí, es necesaria una buena formación previa. Además, hoy en día las impresoras 3D no son accesibles para todos los bolsillos. Algunos ingenieros ya visualizan la Tercera Revolución Industrial; otros ven un fututo más impredecible, pero todos coinciden en que los makers serán los nuevos inventores y productores del siglo XXI.

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