Internacional

Sáhara Occidental: un exilio en el desierto

Muy poca gente conoce la realidad del Sáhara Occidental, colonia española hasta 1975. Los que nos hemos asomado a ella, tenemos una deuda común: difundir su historia.

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03
Jun
2015

«Ellos se llaman hijos de las nubes, porque desde siempre persiguen la lluvia. También persiguen la justicia, más esquiva que el agua en el desierto.» Eduardo Galeano en Los hijos de los días.

Desgraciada u oportunamente, muy poca gente conoce la realidad del Sáhara Occidental, española hasta 1975. Los que nos hemos asomado a ella, tenemos una deuda común: la de difundir esta historia dura y duradera, que tiene nombres españoles y rostros conocidos. Esta es la historia de cómo el pueblo saharaui lucha por recuperar su vida y su tierra contra el dominio de ambos por potencias extranjeras. El presente artículo tiene la misión explícita de dar voz a los que no son oídos en el panorama español e internacional. David contra Goliat, o el capítulo sin cerrar del colonialismo africano.

Repasaremos brevemente los anales desde el Sáhara español, para posteriormente reconocer el estatus actual en que se encuentra la antigua provincia. Todo con el fin de demostrar que el estado español mantiene una responsabilidad con dicho pueblo, que es exigible y urgente, y que deja abierta la herida del colonialismo africano en su última colonia.

Enclavado en pleno desierto del Sáhara, a orillas del océano Atlántico, se delimita el territorio saharaui. De raíces nómadas, los saharauis son una población singular; tanto por su particular visión del Islam como por su pintoresco medio natural. Es un pueblo que resiste a las adversas las condiciones de vida, a la ofensiva de los sucesivos invasores, y a las nuevas y continuas amenazas del continente africano.

Una provincia española

La historia del conflicto saharaui se remonta a la Conferencia de Berlín en 1885, donde las potencias europeas se repartían el pastel africano. A España pasó el dominio del Sáhara Occidental, colonia a la que dio más tarde el nombramiento de provincia.

La presencia  española en la zona fue creciendo progresivamente hasta considerar una efectiva colonización en los años 30. Estos años fueron más que convulsos para su población. Al tiempo que huía de la armada colonización francesa en el noreste, se veía obligada a abandonar su cultura nómada y asentarse en los nuevos trazados fronterizos. Una coyuntura de sobra conocida en el continente. El testimonio de saharauis y colonos habla de convivencia “pacífica” en las primeras décadas de presencia española, algo que fue difuminándose con la influencia de las descolonizaciones y el incipiente nacionalismo africano.

En los años setenta, esto se materializa en el movimiento de liberación nacional saharaui, el Frente Polisario*. Un nuevo sentimiento como pueblo soberano animaba a los saharauis a reclamar su territorio. Hoy, cuatro décadas después, el Polisario hace las veces de gobierno en el exilio, y trabaja para conseguir la autodeterminación del pueblo saharaui y el retorno de la población refugiada a su territorio.

Un retiro sin honores

En 1963, la maldición de la riqueza de la tierra cayó sobre los saharauis. Se hallaría en su territorio la mayor reserva mundial de fosfatos. Técnicos y gestores españoles administrarían la explotación hasta la retirada de la colonia, cediendo a su partida el negocio a Marruecos.** Esta reserva, junto a su estratégica zona pesquera, harían del Sáhara Occidental un dulce codiciado para las naciones vecinas.

Poco después, España se verá presionada por las Naciones Unidas para abandonar el territorio de los saharauis. La resolución 15 14 (XV) del 14 de diciembre de 1960 concedía la Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales. Según esto, a su partida, España debía celebrar un referéndum popular en la zona, con la finalidad de relevarse en el poder con un Estado soberano, nacido de la voluntad democrática del pueblo saharaui. Como veremos, esta última condición no fue cumplida, lo que traería nefastas consecuencias para el Sáhara Occidental.

Aprovechando tal coyuntura, Hassan II de Marruecos irrumpe en la escena. El entonces Rey de Marruecos, viendo el debilitamiento de España y su incapacidad para mantener la colonia, comenzaría sus reclamos por el territorio saharaui. Lo hará bajo la premisa de que sus predecesores monarcas habrían gobernado en la zona. Sus aspiraciones imperialistas se extenderían además a Mauritania, Argelia, Norte de Malí e incluso a las ciudades de Ceuta y Melilla.

En los últimos coletazos de la dictadura, y ante las exigencias marroquíes e internacionales, las tropas españolas se retiraban del Sáhara Occidental, abandonando literalmente a su suerte a la población. España cedía de facto el paso a la colonia. Y también lo haría por escrito. En los llamados Acuerdos Tripartito de Madrid, España, Marruecos y Mauritania, volvían a repartir el territorio como un pastel colonial entre los dos últimos a modo de administración temporal.

Finalmente, el 6 de noviembre de 1975, Marruecos inicia la Marcha Verde; unos 350.000 ciudadanos y 25.000 soldados marroquíes se dirigían al territorio saharaui con la intención de ocuparlo. Firmados los más que cuestionables acuerdos con Madrid, Marruecos conseguía irrumpir en el Sáhara Occidental bajo la atenta mirada de la comunidad internacional.

Para los saharauis solo quedaba la opción de aceptar la guerra o una nueva invasión marroquí. El Sáhara Occidental se convirtió entonces en un tablero de la Guerra Fría. Los aliados aún hoy de Marruecos (EEUU y Francia) se posicionaron en favor de éste. Estos además dieron a Marruecos apoyo logístico, lo que terminó de asegurar el dominio del Sáhara Occidental por Hassan II, frente a un Polisario apoyado por el bloque socialista y armado por Argelia.

Todo ello resultó en el dominio de dos tercios del territorio por parte de Marruecos, que en 1980 empieza a construir un muro de la vergüenza. Esta monstruosa edificación sobrepasa los 2720 km de longitud, en los que recoge búnkeres, vallas y campos de minas.

El Sáhara Occidental, hoy

La situación actual es la siguiente: La población saharaui se encuentra separada en dos zonas. A un lado del muro, aquellos que resisten en territorio ocupado por Marruecos perviven en una situación de exclusión social y violencia institucional. Las protestas y símbolos en favor de su pueblo son duramente reprimidos, sus ciudadanos son a menudo torturados y la justicia brilla por su ausencia. El otro grupo de la población saharaui vive refugiado en territorio argelino, gracias a la ayuda internacional. Es este el estado en que resiste el pueblo saharaui.

En esta situación ha sido más que obvia la pasividad de las naciones. Asumamos que Marruecos representa un importante aliado para el Estado español. El país ejerce, entre otras cuestiones de vital importancia para Europa, un importante freno a  la inmigración.

Desde el Estado español hemos visto diferentes posturas acerca del conflicto. El líder socialista Felipe González llegó a firmar un acuerdo con el Frente Polisario en 1976, con la finalidad de apoyar la creación de la República Árabe Saharaui Democrática.

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Tal documento quedaba sin efecto al llegar al gobierno. Se explicaba su cambio de sentido, al registrarse en 1985 varios ataques del Polisario a tropas y flotas pesqueras españolas. Según el grupo de liberación, actuaron por error en la nacionalidad de las naves. El resultado derivó incluso en varias muertes. Tales sucesos modificaron drásticamente la inclinación de González y de parte de la opinión pública. Otros como el Partido Comunista y asociaciones de amigos del pueblo saharaui criticaron el cambio de posición.

Hoy día encontramos poca oposición entre la población española. Importantes movimientos de apoyo al pueblo saharaui participan en la defensa activa y en la difusión del conflicto. Hablamos por ejemplo, de la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui, y de diversos movimientos en el ámbito político y académico. Es también gracias a esos ciudadanos que, desde el programa Vacaciones en Paz, hace años que los niños y niñas saharauis pueden pasar el verano con familias españolas, huyendo de las asfixiantes temperaturas y la escasez de recursos.

Con todo, parece que las aguas institucionales van progresivamente volviendo a su cauce. El 9 de abril del presente año 2015, el juez Pablo Ruz recogió en un auto ante la Audiencia Nacional el relato de las torturas a los saharauis en el periodo entre 1975-1991. En él se imputa a once altos cargos y militares marroquíes por un presunto delito de genocidio contra la población saharaui.  El juez ha conseguido así escapar a las limitaciones de la recién modificada justicia universal con la audaz justificación de que los saharauis son considerados ciudadanos de nacionalidad española.

También han sido diversas las sanciones desde el Derecho Internacional y los intentos por celebrar un referéndum de autodeterminación. El referéndum es, según Naciones Unidas,  el primer paso para la efectiva descolonización de un territorio, y es obligación, como vimos, su celebración por parte de España al abandonar el territorio.

Urge el fin del conflicto y de las torturas. Urge el fin del exilio y de la separación de las familias a ambos lados del muro. Y urge, como españoles responsables, reparar los errores de nuestra historia. Por ello, es fundamental requerir del Estado español que colabore en el fin del conflicto, saldando su deuda legal e histórica con el pueblo saharaui.

* Frente Popular de Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro.

** Anexos extraoficiales de los Acuerdos de Madrid.

Enlaces de interés:

– Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental

– Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui

– Auto de 9 de abril de 2015 ante el Juzgado de Instrucción nº5  de la Audiencia Nacional

Artículo originalmente publicado en The Social Science Post.

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