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Pensamiento

Silvia Bardelás

Una conciencia nueva

«La crisis permanente, ese espacio de incertidumbre en el que nos hemos acostumbrado a vivir, nos ha descolocado y nos obliga a buscar un nuevo sentido que nos cargue de una energía limpia» señala Silvia Bardelás.

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03
junio
2026

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En la crisis económica de 2008 hubo un momento de auténtica parálisis. Llevaba a mis hijos a la parada del autobús y apenas había coches. Los restaurantes, cines, tiendas siempre estaban vacíos. Una vez vi a la madre de una amiga del pasado rodeada de policía en Ikea. Había robado salmón. Me fui al coche con vergüenza, curioso cómo la vergüenza ajena se convierte en propia, y volví para intentar sacarla de esa situación. Me acordaba de su inmensa casa separada del mundo por un muro altísimo. Pensé en el absurdo mecanismo de necesitar salmón. Cuando llegué ya no estaba. Me sentí aliviada de no tener que enfrentarme a aquella situación. Lo había intentado. Con eso me bastaba, pero con eso no me bastaba.

Desde el coche veía colas de gente esperando una bolsa de comida, gente que se había quedado sin trabajo. No eran necesarios, sobraban. Unos meses antes habría peleas por sus servicios. Ellos no sólo no tenían nada, sino que eran totalmente dependientes de que otros tuvieran algo. Era necesario que unos pocos tuvieran mucho para que la mayoría pudiera comer. Entre ellos no hablaban. Hacían cola en silencio. Eran individuos, tan individuos como los que se suicidaban por haber perdido su capacidad de comer salmón. Me di cuenta de que la crisis había puesto de manifiesto que no éramos una red de seres humanos que se retroalimentaban. Todos dependíamos de un sistema que si fallaba ponía de manifiesto un vacío existencial que el ruido tapaba. Me convertí en una observadora que se veía a sí misma como una observadora. Intentaba ayudar a mi entorno cercano, pero no iba más allá.

Me di cuenta de que la crisis había puesto de manifiesto que no éramos una red de seres humanos que se retroalimentaban

Me encerré en mi casa a escribir la tesis que había dejado en la veintena. Todo estaba parado y me sentí con una especie de respaldo moral, podía dedicarme sin culpa a pensar para escribir una teoría de la novela, entender eso que llevaba haciendo tanto tiempo, unir por fin esas dos pulsiones que siempre he experimentado: escribir y pensar. Mientras la mayoría se sentía atrapada en el extraño silencio que crea la falta de proyecto, yo me sentía llena escuchando la voz de Kant, de Lukács o de Ortega. Sonaban altísimo en medio de la nada. Eran voces recogidas, cuanto más íntimo su pensamiento más capacidad tenían de llegar hasta mí, tan lejana estaba yo en el tiempo y el espacio. Cada día me acostaba con la satisfacción de haber pasado una tarde entera con ellos, eran mucho más cercanos, llegaban a mi intimidad de una forma mucho más real que el mundo que me esperaba al otro lado de la puerta. Era un sentido asegurado. En esos momentos donde escaseaba el dinero para todos, donde nadie tenía claro qué tenía que hacer, donde cada día era una posibilidad de perder todos los recursos que nos permitían la vida, incluso colegios y hospitales, el sentido era fundamental. El sentido no estaba dado, había que construirlo.

Después llegaron más crisis: crisis climática, política, social y una pandemia que nos enfrentó a la fragilidad de la existencia y a la gravedad de la muerte. Recuerdo esos cuerpos que aparecían constantemente en las pantallas, sin conciencia, pesados y entubados, respirando artificialmente, perdidos de cualquier aliento vital. Una muerte extremadamente dura de la que sólo unos pocos detrás de trajes espaciales, como si el mundo se hubiera convertido en un planeta hostil, eran testigos reales. De alguna manera, esos muertos, esos enfermos inconscientes representaban nuestro Zeitgeist, el plomizo estado vital que llevaba tiempo acompañándonos.

La crisis permanente, ese espacio de incertidumbre en el que nos hemos acostumbrado a vivir, nos ha descolocado y nos obliga a buscar un nuevo sentido que nos cargue de una energía limpia, que nos descargue de un largo episodio denso y deforme.

Las construcciones ideológicas han ido cayendo hasta llevarnos a un reconocimiento irremediable de un mundo absurdo y peligroso. La naturaleza en su orden roto nos puede aniquilar, cualquier político desalmado nos puede aniquilar y tampoco tenemos claro cuál va a ser nuestro lugar en un mundo dirigido por la tecnología. Los modelos de vida, los valores democráticos, la convención social han caído desde sus propias dinámicas. Quizá ya no respondemos a ningún modelo porque los modelos se han alejado demasiado de nuestro ser humanos, quizá el haber llamado valores a formas de relación que deberían fluir de manera natural ha roto el centro anímico de nuestra energía.

Mientras se concibe un transhumanismo o un posthumanismo como si tuviéramos que escapar de lo que realmente somos —humanos— podríamos pensar en qué significa ser humano. Esa pregunta no pertenece a nadie, a ningún movimiento filosófico, a ningún paradigma. Haber identificado al ser humano como ser racional y por lo tanto centro del universo nos ha llevado a una situación límite. Tendremos que plantearnos nuestro ser humanos con una inteligencia racional no autónoma sino unida a todas nuestras formas de percibir el mundo que nos permiten la conexión. La desconexión por un exceso de abstracción es uno de los problemas básicos de lo que nos está ocurriendo.


Este texto es un extracto de ‘Una conciencia nueva’ (Acantilado), de Silvia Bardelás. 

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