¿Qué legado deja una empresa?
Toda empresa deja un legado, incluso las que nunca se han detenido a pensar en él.
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Durante años aprendimos a medir el éxito empresarial con cifras: crecimiento, facturación, cuota de mercado, rentabilidad… Pero hay una pregunta mucho más incómoda que casi nunca aparece en un Consejo de Administración: cuando una empresa gana, ¿quién o qué está pagando realmente el precio?
He pasado más de veinticinco años liderando marcas y equipos en distintos países, en contextos muy diferentes, pero con algo en común: la presión por crecer. He visto lo mejor de la empresa: su capacidad de innovar, crear empleo, transformar industrias y mejorar vidas… pero también he visto cómo, en nombre de los resultados, podemos normalizar decisiones que agotan recursos, tensionan proveedores, desgastan personas, dejan a las comunidades con menos de lo que tenían antes, y el planeta, cada vez más agotado de recursos naturales… sólo por mencionar algunas consecuencias.
Durante mucho tiempo, las dinámicas empresariales nos han llevado a pensar que todo aquello que no aparece en la cuenta de resultados es secundario. Pero que algo no tenga una línea propia en un balance no significa que no tenga valor. Y, sobre todo, no significa que no tenga un coste.
La respuesta habitual es que hacer negocios con responsabilidad cuesta más. A veces es verdad, pero tenemos una capacidad extraordinaria para calcular el coste del cambio y una incapacidad casi cómica para calcular el coste de no cambiar.
Tal vez ha llegado el momento de cambiar la pregunta. En lugar de «¿cuánto ha crecido esta empresa?», preguntemos «¿qué ha mejorado gracias a que esta empresa existe?». No solo «¿qué valor hemos creado para el accionista?», sino «¿qué valor hemos dejado en todos aquellos que han hecho posible ese crecimiento y en el planeta?».
Las dinámicas empresariales nos han llevado a pensar que todo aquello que no aparece en la cuenta de resultados es secundario
Porque el legado de una empresa no se escribe el día en que celebra una gran operación, alcanza una determinada valoración o presenta resultados récord. Se escribe cada día, en decisiones que muchas veces parecen pequeñas: qué proveedor elegimos, cuánto apretamos un margen, cómo tratamos a una persona cuando deja de ser imprescindible, qué hacemos con nuestros residuos, qué estamos dispuestos a sacrificar por cumplir un objetivo trimestral.
El legado no es filantropía. No es una campaña de comunicación. Tampoco es un informe de sostenibilidad. Es la consecuencia acumulada de cómo hacemos negocios. Y aquí es donde la responsabilidad del liderazgo se vuelve profundamente humana. Porque una empresa no decide… deciden las personas que la dirigen.
Cada líder tiene, por tanto, una capacidad extraordinaria y también una obligación: ampliar el perímetro de aquello que considera éxito. Entender que rentabilidad y responsabilidad no deberían vivir en extremos opuestos. Que cuidar a las personas no es ser menos competitivo. Que proteger recursos no es renunciar a crecer. Que exigir a una empresa que deje algo mejor de lo que encontró no es ingenuidad, es propósito.
El legado no es filantropía
A veces hablamos del legado como si fuera algo reservado al final de una carrera profesional. Para mí, el legado empieza mucho antes. Empieza cuando decidimos qué tipo de empresa queremos construir y qué tipo de líder queremos ser mientras la dirigimos. Hoy me interesa menos la pregunta «¿hasta dónde puede llegar una empresa?» que «¿qué deja a su paso mientras llega?». Quizá el gran cambio pendiente sea este: dejar de construir empresas admiradas por lo que logran y empezar a construir empresas recordadas por lo que dejan.
Porque llegará un día en que dejaremos nuestros cargos, venderemos nuestras compañías o entregaremos el relevo a una nueva generación, y entonces quedarán dos balances: uno será financiero y el otro será mucho más difícil de alterar… Será el balance de las personas que crecieron o se rompieron trabajando con nosotros. De los proveedores que prosperaron o desaparecieron. De los recursos que protegimos o agotamos. De la confianza que construimos o destruimos. Ese será nuestro verdadero legado.
Si algún día tuviéramos que rendir cuentas no solo de los beneficios generales, sino de la huella que dejamos detrás, me pregunto si tomaríamos las mismas decisiones… Yo sé que no. Y reconocerlo para comenzar a liderar con propósito real, me parece un punto de partida innegociable.
Marisa Selfa es consejera delegada y fundadora de Impact Tailors.
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