Once maneras de calzarse el chapeo
La gran contribución de Reverte al idioma no consiste tanto en haber devuelto a la circulación unas cuantas palabras insólitas o viejunas, cuanto en recordar a millones de lectores que el español no es únicamente esa herramienta administrativa con la que se rellena un formulario en la ventanilla.
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Hay palabras que uno asocia a ciertos autores. En las novelas de Azorín el camino no da sombra ni es resbaladizo, sino que es sombrajoso y patinoso. En las de Juan Benet la mañana no es invernal sino hienal y no es primaveral sino vernal. Leyendo Alatriste con 12 o 13 años, un servidor aprendió que la espada puede ser toledana o vizcaína, y que nada tienen que ver un galeón con una galera y mucho menos con una galeota, de la misma forma que hay quien aprende la palabra gárrulo, que no garrulo, por La Regenta, o quien aprende por Galdós la palabra hortera, en el sentido de tendero, o quien descubre en una novela francesa que hay señores apopléticos con «ideas fijas»…
También hay quien aprende palabras horrísonas como «bibloquismo» por ciertos politólogos y su repugnante langue du bois. Ahora hablan de pasar leyes en vez de aprobar leyes. ¿Pero pasar por dónde? ¿Por el aro, por el arco de triunfo, por caja, por la piedra o por el forro de la toga de Montesquieu? Porque las leyes no se pasan, como se pasa el sarampión, sino que, en todo caso, se aprueban, se discuten, se enmiendan y se votan. También nos dicen que el gobierno quiere «encapsular» el caso Leire, y uno se pregunta si van a meter a Leire en una cápsula soyuz, como si fuera un astronauta.
Gracias a Alatriste aprendí voces como «bravonel» (bravucón) o «culebrina», artefacto de artillería cuya sola mención parecía dejar en el aire un olor a pólvora. No tardé en descubrir que «chapeo» sonaba mejor que «sombrero». Habituado hasta entonces a tomar por atildamiento lo que no era más que mi traje funcionarial de las BBC —bodas, bautizos y comuniones—, averigüé que un hombre podía comparecer ante el mundo con cierta majestad sin necesidad de americana, siempre y cuando mediara un jubón bien ceñido y unos borceguíes bien rechaferos.
Puestos a buscarle al juntaletras una tierra donde arraigar, no concibo tierra más fecunda que la propia lengua
Por entonces mi imaginación indumentaria era tan pobre que no conocía más capa que la de Ramón García ni más cuello alzado que el de Cantona. De ahí que me deslumbrasen el herreruelo, una capa corta pero mucho más novelesca que la del maestro de ceremonias de ¿Qué apostamos?, y la valona, que concedía al pescuezo mayor dignidad que la del niki subido. Averiguar qué eran los gregüescos me convirtió durante un verano en el sujeto más insoportable de la piscina, pues cada vez que el bañador se me abombaba por obra del agua yo veía reaparecer toda una prenda imperial.
Empecé entonces a barruntar que el Siglo de Oro no era una regalía de catedráticos alcanforados, con el jersey lleno de pelotillas y el caletre sembrado de notas al pie, sino una francachela con endecasílabos, un corral de caraduras, rateros y mosqueteros donde cada palabra parecía haber dormido con una faca bajo la almohada. ¿Quién quiere la vitrina del museo cuando en la taberna el verso entra dando un portazo y pide un vaso de bon vino?
Pasadas dos décadas tuve ocasión de leer el discurso de ingreso de Pérez-Reverte en la RAE, titulado El habla de un bravo del siglo XVII, y comprendí entonces que no había allí colorín ni perifollo, sino todo una poética. Pudo haber desembarcado en la Academia con una disertación sobre «la problemática de los cuerpos en la inter-transitabilidad posmoderna», pero prefirió contar la jornada de un rufián del Siglo de Oro que se levantaba tarde, se ceñía la toledana y salía por Madrid a beber, putañear, cobrar de su daifa y trampear en el garito.
La gran contribución de Reverte al idioma no consiste tanto en haber devuelto a la circulación unas cuantas palabras insólitas o viejunas, cuanto en recordar a millones de lectores que el español no es únicamente esa herramienta administrativa con la que se rellena un formulario en la ventanilla o se organizan congresos donde nadie escucha a nadie (pero donde todos vigilan que su nombre figure bien escrito en el certificado), sino un arsenal a disposición de cualquiera que quiera empuñarlo. Quien tenga a tiro una biblioteca dispone de un arcón gratuito de motes, blasfemias, latines y navajazos sin tener que dejarse un solo euro. O un doblón.
No hay, para quien hinca la pluma, patriotismo más elevado que ese. Los hay más altisonantes, desde luego, pero entre la sobreactuación banderística y el trémolo de las cornetas terminan produciendo vergüenza ajena. Ignoro si la patria del escritor es la infancia, según dijo Rilke (aunque su biografía desmintiera tal sentencia), pero, puestos a buscarle al juntaletras una tierra donde arraigar, no concibo tierra más fecunda que la propia lengua. Por eso es bueno recordar que el español no lo labraron gramáticos ni catedráticos, sino soldados, esquineras, galeotes, mendigos y picaruelos. No era una España pulcra, y mucho menos perfumada, pero era una España viva.
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