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Encontrar un hogar

La responsabilidad individual no es más que ser plenamente consciente de que tus pensamientos, y por ende tus acciones, definen los resultados de tu vida y modelan el mundo que estás construyendo tanto para ti como para los demás.

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05
octubre
2026

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¿Qué fue lo primero que aprendí y que provocó en mí una necesidad imperiosa de ponerme las pilas? Pues algo muy sencillo que la mayoría de nuestros padres nos llevan repitiendo e intentando inculcar desde que somos muy pequeños: la responsabilidad individual.

Han pasado años desde que me embarqué en este proceso que consiste en ser cada día más consciente de mis defectos y permanecer atento a todo aquello que puedo ir mejorando con la humilde intención de acabar convirtiéndome en la mejor versión de mí mismo posible, pero si hay algo que considero de vital importancia en este proceso tan complejo y duradero es, precisa y únicamente, la responsabilidad individual. Habrás escuchado lo de levantarte muy temprano y hacer mil cosas antes del amanecer. Hay gurús del desarrollo personal que te sugieren empezar a las cinco de la mañana… aunque eso era al principio. Últimamente se comenta que es mejor a las cuatro y media y, si puedes, a las tres. De hecho, ni te acuestes ya, porque a estas alturas ya deberías haberte enterado de que dormir es de pobres o de gente que «se conforma».

Tras este inciso sarcástico, quería exponer una serie de técnicas que proponen algunas personas a modo de «maneras de desarrollar tu mejor versión» y que suelen ser acciones como levantarte temprano, no mirar el móvil nada más despertarte, no perder el tiempo con mujeres, comer bien, no beber alcohol, dejar de masturbarte, ahorrar dinero, etc. Todas estas prácticas, si hablamos en términos generales, son positivas, y yo soy el primero que las lleva aplicando — siempre de manera intermitente porque me cuesta ser constante— en mi día a día desde hace años. Sin embargo, para mí, la responsabilidad individual es mucho más poderosa que todas estas prácticas, ya que, si entiendes su esencia y la integras en tu ADN, ésta será el río cuya corriente se irá bifurcando y alimentando todas y cada una de las áreas de tu vida.

La responsabilidad individual no es más que ser plenamente consciente de que tus pensamientos, y por ende tus acciones, definen los resultados de tu vida y modelan el mundo que estás construyendo tanto para ti como para los demás. Dicho de otra manera: todo lo malo y lo bueno que te pase es responsabilidad tuya. Tanto si te ocurre algo bueno como si te ocurre algo malo, tú te lo has ganado porque tú eres dueño de tus pensamientos y tus acciones. Y soy el primero en entender que hay situaciones en la vida en las que no queremos aceptar la carga que traen consigo y, por ello, nos forzamos a concluir que no son culpa nuestra, cuando en realidad sí son nuestra responsabilidad.

No es que todo lo malo te ocurra a ti, sino que todo lo malo le ocurre a absolutamente todo el mundo desde que la vida existe

Este tipo de afirmaciones suelen sonar terriblemente disonantes para todas aquellas personas que aún siguen pensando que el mundo les debe algo, que tienen una serie de derechos que se dan más que por hecho y que todo lo malo les ocurre siempre a ellas. No es que todo lo malo te ocurra a ti, sino que todo lo malo le ocurre a absolutamente todo el mundo desde que la vida existe y, además, tú no eres en especial habilidoso en lo que podríamos catalogar como «vivir la vida de manera óptima y organizada», por lo que tú mismo sueles provocar que las cosas te vayan peor de lo que deberían más a menudo de lo que deberían.

¿Qué quiero decir con esto? Que puedes culpar a tu familia de los traumas que te causaron de pequeño, puedes culpar a los compañeros del colegio por haberte hecho bullying, puedes culpar a tu jefe de que odies el trabajo que él te ha dado y por el cual te paga, puedes culpar al clima hostil de tu ciudad porque se ha puesto a llover y era tu día libre, puedes culpar también al que dejó los discos mal colocados en el gimnasio, a los políticos, burócratas y una larga lista de miles de personas, objetos, colectivos y entes abstractos. Puedes culparlos a todos ellos de tus desgracias y, de hecho, puedes hacerlo todos los días e incluso a todas horas hasta convertirlo en un hábito o en un bucle de autocomplacencia, como aquel que se fuma un cigarrillo detrás de otro con la excusa de «alivianar la carga de sus problemas», integrando así la acción como parte de su día a día hasta encontrarse con un problema real que responde al nombre de cáncer de pulmón.


Este texto es un extracto de ‘Encontrar un hogar’ (Alienta Editorial, 2026), de René Ponte. 

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