Elogio de la duda
Cuando desaparece la duda — cuando una ideología, una fe o una razón de Estado se proclaman incuestionables— el sufrimiento ajeno puede dejar de importar y la crueldad encontrar su justificación.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Vivimos tiempos de trincheras. En el debate público, especialmente cuando se abordan las grandes preguntas de la existencia, parece obligatorio elegir entre dos bandos. O bien se invoca una verdad revelada que pretende dar coherencia y sentido al mundo, o bien se ofrece una versión empobrecida de la verdad científica que reduce todo a materia y azar. No es la fe ni la ciencia en sí lo que resulta dogmático, sino su uso cerrado, cuando se blindan frente a la duda.
Esta dinámica muestra que quizá el mayor obstáculo para el entendimiento humano sea el dogmatismo. Entendido este no como el hecho de sostener convicciones, sino como la pretensión de blindarlas frente a toda duda, como si la complejidad del mundo pudiera comprimirse en un solo marco explicativo. En esa lógica, el creyente dogmático y el ateo dogmático se asemejan mucho más de lo que admitirían. Donde uno apoya sus convicciones —absolutas e inamovibles— en lo que percibe como un diseño divino inteligente, otro las fundamenta en la lógica del azar que, según su entendimiento, respondería a todas las preguntas sobre la realidad. Conviene subrayar que muchos creyentes y no creyentes rehúyen esa cerrazón; pero quienes descansan en una seguridad aplastante padecen, por igual, la incapacidad de convivir con el vértigo de las preguntas. Y ambos, como advirtió Max Weber, corren el riesgo de convertirse en «especialistas sin espíritu», técnicamente precisos en sus argumentos, pero humanamente vacíos, incapaces de reconocer los límites de su propio saber.
El creyente dogmático y el ateo dogmático se asemejan mucho más de lo que admitirían
Frente a esa seguridad, se alza la figura del agnóstico, a menudo mal comprendida. Cuando Thomas Henry Huxley acuñó el término en 1869, no pretendía fundar un refugio para indecisos, sino reivindicar una postura epistemológica rigurosa basada en la afirmación de que la existencia de Dios, o de cualquier realidad metafísica, es desconocida o incluso incognoscible para el entendimiento humano. No es un «no querer saber», sino el reconocimiento honesto de los límites del saber. Como recuerda la máxima atribuida a Carl Sagan, «la ausencia de prueba no es prueba de ausencia». Incluso la Enciclopedia Católica define el agnosticismo como una teoría filosófica sobre las limitaciones del conocimiento, una forma de «sabia ignorancia». Y esa sabia ignorancia —que no equivale en absoluto a relativismo moral— es, a menudo, la única actitud verdaderamente compatible con la complejidad de la experiencia humana.
Esta posición no conduce a la parálisis ética; al contrario, puede fundamentar una moral más centrada en el presente y en la humanidad compartida. Si las certezas absolutas sobre un más allá se desvanecen, la brújula moral debe orientarse necesariamente hacia el más acá. Y al hacerlo, reaparece un principio tan antiguo como la vida en sociedad. Una regla de oro de la convivencia que, en su formulación más sencilla, podría expresarse así: «respeta a los demás; no hagas a otros lo que no quisieras que te hicieran; procura ponerte en su lugar».
Tal máxima, transmitida por la sabiduría popular mucho antes de quedar plasmada en tradiciones religiosas o filosóficas, no exige avales divinos ni demostraciones científicas, sino que surge como un descubrimiento ético elemental. Para vivir juntos necesitamos reconocer en el otro a un igual. Esa ética —desprovista de sanción divina o de justificación materialista— se sostiene en la simple afirmación de nuestra común humanidad.
Una perspectiva así nos conduce inevitablemente al problema del mal y el sufrimiento. Si existe un infierno, no es necesario imaginarlo en un más allá de fuego y castigo eterno. Basta mirar la historia y la sociedad humanas. Las guerras que se prolongan durante generaciones, las vidas quebradas por la violencia o la miseria, las atrocidades que se repiten como si fueran parte natural de nuestra condición. Todo ello muestra que el infierno puede ser, sencillamente, este mundo cuando dejamos de reconocernos como humanos. El cardenal Ratzinger, antes de ser Papa, lo expresó de forma contundente: «donde no hay Dios, despunta el infierno». Con esta afirmación evocaba nombres como Auschwitz o el Gulag para subrayar que, cuando los seres humanos se atribuyen la potestad de dictar la verdad última, terminan construyendo infiernos sobre la tierra. Pero lo decisivo en esa afirmación no es la referencia a Dios, sino lo que señala de forma más profunda: que los mayores horrores han surgido siempre allí donde los seres humanos se han creído autorizados a imponer una verdad indiscutible. En el caso del nazismo, esa «verdad» adoptó la forma de un credo cerrado, una jerarquía racial pseudocientífica y un antisemitismo absoluto; la Volksgemeinschaft que subordinaba por completo al individuo; la obediencia al Führer como principio de autoridad (Führerprinzip); el Lebensraum como misión expansionista; y la eugenesia convertida en política de Estado.
Lo que convierte el mundo en un infierno no es la ausencia de una divinidad, sino la presencia de una certeza absoluta aliada con el poder. Cuando desaparece la duda — cuando una ideología, una fe o una razón de Estado se proclaman incuestionables— el sufrimiento ajeno puede dejar de importar y la crueldad encontrar su justificación. Eso es lo que, en el fondo, denunciaba Ratzinger al evocar Auschwitz o el Gulag: la peligrosa autosuficiencia moral que se atribuye la potestad de decidir quién merece protección y quién puede ser sacrificado.
Lo que convierte el mundo en un infierno no es la ausencia de una divinidad, sino la presencia de una certeza absoluta aliada con el poder
Independientemente de que ese sacrificio se haga en nombre de Dios o de la razón — como muestran tanto los crímenes de la Inquisición y de ciertos fundamentalismos religiosos contemporáneos, como esas racionalidades instrumentales modernas analizadas por Zygmunt Bauman, que hicieron «técnicamente racional» —aunque moralmente irrazonable— el funcionamiento de los campos de concentración nazis, y que George Friedman describió, en la misma línea, como una actuación «racional pero no razonable»—, el resultado es siempre el mismo: la suspensión de los límites morales ante el sufrimiento ajeno.
Desde la humilde actitud de quien deja siempre abierta la puerta a la duda, pensar en el más allá puede resultar liberador. Si hay algo, y uno ha procurado vivir con honestidad y respeto hacia los demás, no parece razonable esperar un castigo eterno. Existe una incompatibilidad evidente entre la idea de un castigo infinito y la de una justicia verdaderamente bondadosa. Y si no hay nada tras la muerte, sencillamente no habrá consciencia para experimentar la nada. La postura agnóstica no invita a la indiferencia, sino a centrar la ética en el impacto real de nuestras acciones sobre los otros, no en un hipotético balance post-mortem.
Porque, en el fondo, las incertidumbres y angustias que todos sufrimos no deberían afrontarse abrazándonos a una idea —por sublime que sea—, sino abrazándonos a nuestros congéneres. El consuelo verdadero no debe buscarse en la adhesión a un dogma, sino en la constatación compartida de que, más allá de nuestras muchas diferencias —de creencias, de culturas, de ideologías—, compartimos un destino común. Todos nacemos, todos amamos, todos sufrimos, todos morimos. Es precisamente esa fragilidad compartida, esa humanidad vulnerable que nos caracteriza, la que debemos aprender a afrontar juntos. Y hacer esto no desde las certezas absolutas a las que se aferran dogmáticamente ciertos creyentes o ateos, sino desde la actitud de quienes reconocen sus dudas e incertidumbres y se saben parte de una misma humanidad.
Necesitamos, más que nunca, una inyección de humildad intelectual. Personas capaces de transitar entre paradigmas, de escuchar lo que incomoda, de reconocer que el otro — desde su cultura y su marco vital— comparte inquietudes, alegrías y angustias universales muy similares a las nuestras. Solo desde esa honestidad epistémica, desde el reconocimiento de que todos navegamos entre incertidumbres y preguntas sin respuesta, podremos construir una tolerancia auténtica, basada no en la indiferencia, sino en el respeto activo entre personas distintas que se reconocen mutuamente en esa ética fundamental de ponerse en el lugar del otro.
Francisco Entrena-Durán es catedrático Emerito de Sociología de la Universidad de Granada
COMENTARIOS