Seis ejemplos de arquitectura animal
El reino animal cuenta con numerosos ejemplos de construcción que, además de útiles para el desarrollo de las especies, son sorprendentemente bellos.
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Desde el nacimiento de los primeros núcleos urbanos y la construcción de las viviendas de quienes los habitaban, las fortificaciones que las defendían de ataques externos o los sistemas hidráulicos que les permitían acceder al líquido elemento, la arquitectura ha marcado nuestro devenir como especie. Nuestra vida en sociedad está marcada por las construcciones que, con uno u otro motivo, utilizamos a diario. Y el mundo animal es un sorprendente ejemplo de que, en cuestiones de pericia arquitectónica, no estamos solos.
Podríamos situar el origen de la construcción en aquellas humildes horadaciones que hacían, en las cuevas, nuestros ancestros para cuidar a sus recién nacidos y protegerse de los elementos externos. En esto, los animales siempre fueron por delante. Expertos constructores de nidos, logran adaptarse al medio y utilizar sus habilidades para cuidar a su progenie.
Existen ejemplos en el mundo animal que, además, cuentan con un indudable valor estético. Las golondrinas, eminentemente sociales, utilizando su propia saliva, paja y barro, crean unos hermosos nidos en las cornisas de los edificios. Nidos que van ampliando hasta crear colonias que bien podrían ser el reflejo aéreo de nuestras actuales urbes.
Muy similares en su estética y composición, están los nidos que construyen las avispas alfareras. Con saliva y barro moldean una especie de vasijas similares a ánforas antiguas. En estos nidos depositan insectos como arañas o larvas para después poner sus huevos y sellarlos. La avispa recién nacida tiene así alimento y puede desarrollarse hasta romper el nido y salir al exterior.
Otro tipo de avispa cuyos nidos cuentan con una fascinante arquitectura son las conocidas comúnmente como avispas papeleras. En este caso, la construcción la realizan con fibras de celulosa provenientes de materiales vegetales como madera descompuesta, cortezas de árbol o pequeños pedazos de planta que, junto a la saliva de la avispa, dan lugar a unas piezas estéticas que, además, protegen a la colonia de los depredadores y de las condiciones meteorológicas adversas.
Existe un tipo de pez globo que corteja a las hembras diseñando fascinantes mandalas marinos
En el continente africano, existen otras pirámides que son ejemplo de la ingeniería animal más sorprendente. Los montículos de termitas pueblan grandes extensiones de Kenia, Tanzania y Namibia. De nuevo, la saliva es la argamasa para mezclarla con tierra y elevar unas majestuosas torres bajo cuya superficie colonias compuestas por millones de termitas organizan su vida. Los montículos se convierten en una especie de chimenea natural que permite evitar las lluvias, expulsar el calor y enfriar los kilómetros de pasajes subterráneos que los interconectan.
Aparte la habitabilidad, numerosas propuestas arquitectónicas humanas han estado orientadas a ensalzar el gusto estético. Podemos pensar en el Taj Mahal (India) o el Palacio da Pena de Sintra (Portugal). Ambos fueron erigidos por motivaciones amorosas, queriendo agasajar a sus parejas con ellos. Algo parecido viene haciendo bajo las aguas, desde hace años, un pequeño pez globo de apenas 12 centímetros de longitud. Sus construcciones son efímeras, pero de una pericia y belleza pocas veces vistas, y su objetivo es atraer a las hembras para seguir perpetuando la especie. Patrones circulares concéntricos que pueden alcanzar los 2 metros de diámetro son construidos laboriosamente por los machos de la especie, al modo de mandalas ornamentados con trozos de conchas y coral, con la única intención aparearse.
Aunque, al referirnos al medio marino, no podemos evitar mencionar la que tal vez sea la construcción más fascinante del mundo animal y, esta sí, con tendencia a la permanencia a pesar de las amenazas actuales. La Gran Barrera de Coral, situada al nordeste de Australia, se constituye en la construcción animal, a la par que ser vivo, más grande del planeta. Este conjunto de cerca de dos mil arrecifes forma un cinturón acuático natural de más de 300.000 kilómetros cuadrados. Formada por corales vivos que van erigiéndose sobre otros ya muertos, la Gran Barrera de Coral, además de contar con una sorprendente belleza, alberga todo un hábitat marino compuesto por cientos de especies de peces, tortugas, moluscos y crustáceos.
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