Axel Ullrich y Dennis Slamon
Cuando la bala mágica contra el cáncer llegó para quedarse
El encuentro entre los científicos Axel Ullrich y Dennis Slamon resultó clave para conseguir un avance fundamental en la lucha contra el cáncer.
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Pudo no pasar, pero pasó. Apenas tenían dieciocho años en 1961 cuando, casualmente, Keith Richards y Mick Jagger se pusieron a charlar en el andén de una estación de tren cercana a Londres. Richards se había fijado que entre los vinilos que cargaba Jagger había material blues y rock and roll con la firma de sus adorados Muddy Waters y Chuck Berry. Pegaron la hebra y un año después echaban a andar los Rolling Stones. Quizá no con tanto glamur, pero la Ciencia tiene también sus encuentros proverbiales. En la investigación del cáncer de mama hay uno de esos que merecería ser mucho más conocido porque cambió el modo en que hasta ese momento se intentaba acabar farmacológicamente con las células tumorales. Pasó hace justo cuarenta años, en el verano de 1986. Los protagonistas: Axel Ullrich, un alemán que acabó en San Francisco trabajando para la primera gran empresa biotecnológica, Genentech, y un oncólogo, Dennis Slamon, que atendía pacientes en el Centro Médico de la Universidad de Los Ángeles (UCLA).
Pudo pasar que Slamon decidiera dedicar la tarde a sus hijos pequeños, a los que solía ver poco, en lugar de acercarse al seminario que dio Ullrich en la UCLA, pero felizmente no pasó. Ullrich contó allí la historia de Her-2: cómo se aisló este oncogén que fue descrito por primera vez en 1984 en tumores cerebrales inducidos por carcinógeno en ratas; cómo, un año después, se identificó el mismo gen en células tumorales humanas; cómo se amarraba a la membrana de esas células en cantidades desproporcionadas; y el doble reto pendiente: saber en qué tipo de cáncer había esa sobreexpresión y desarrollar un medicamento capaz de actuar sobre ella.
Acabada la intervención de Ullrich, a Slamon se le encendió la bombilla. Así lo resume Siddhartha Mukherjee en su biografía del cáncer El emperador de todos los males: «Slamon hizo una rápida conexión intuitiva. Ullrich tenía un oncogén; Genentech quería una droga, pero faltaba un intermediario. Una droga sin una enfermedad es una herramienta inútil; para hacer una droga contra el cáncer que mereciera la pena, ambos necesitaban un cáncer en el que el gen Her-2 fuera hiperactivo».
Slamon, hijo de un minero y nieto de un emigrante sirio, resultó ser un coleccionista compulsivo de diferentes muestras de tejidos de tumores de pacientes operados en la UCLA que almacenaba en un gran congelador. Tomando unas copas le dijo a Ullrich que podía probar la hiperactividad de ese gen si le enviaba sondas del ADN para Her-2 que tenía en Genentech. De ese modo sometería a prueba su colección de células cancerosas hasta dar con muestras en la que el gen se mostrara hiperactivo.
Herceptin nació de un encuentro inesperado un verano de hace cuarenta años
Slamon se puso manos a la obra y descubrió que, entre los posibles tumores, el Her-2 estaba muy amplificado en los de mama aunque no en todos (ahora ya sabemos que en un 20% aproximadamente). También comprobó que ese grupo evolucionaba de forma mucho más agresiva a la hora de hacer metástasis. Ullrich intuyó en seguida que si conseguían desarrollar una terapia que cancelara esa sobreexpresión lograrían frenar el crecimiento de las células tumorales. Pensó que esta tarea podría hacerla un anticuerpo, esas proteínas capaces de unirse a una diana concreta («bala mágica de la naturaleza», como los llama Mukherjee) y que el cuerpo produce para combatir una infección vírica o bacteriana.
En 1988 en Genentech ya tenían un anticuerpo de ratón que se unía a Her-2 y lo desactivaba. Faltaba humanizarlo. Y ahora que parecía que todo iba rodado, pasó que en la biotecnológica no acababan de ver claro seguir invirtiendo. No se olvidaban de que nunca se llegó a alcanzar el éxito deseado años antes con los interferones contra el cáncer. En este punto, Ullrich dejó la compañía. Por su parte, Slamon, que nunca formó parte de la plantilla, no perdió la esperanza y volaba en cuanto podía a San Francisco para aborda a quien fuera necesario y cantarle las bondades de seguir estudiando el potencial de un fármaco anti-Her-2. Esa voluntad de hierro –con sus momentos de euforia y de desolación– es precisamente lo que recoge la película Prueba de vida, dirigida en 2008 por Dan Ireland con Harry Connick, Jr. encarnando a Slamon. La cinta se basa en el libro Her2. The Making of Herceptin, a Revolutionary Treatment for Breast Cancer escrito por el periodista Robert Bazell en 1998.
El ensayo y su adaptación son ejemplares para que el gran público entienda la generosidad que siempre implica la participación en un estudio y también cómo actúa y se investiga una terapia dirigida. Son varias las secuencias en las que los protagonistas dialogan tratando de hacerse entender en el modesto laboratorio de Slamon («el armario del conserje es más grande») y lo hacen con una pizarra detrás que detalla el proceso a seguir: descubrimiento, desarrollo del anticuerpo, experimento con ratones, ensayo clínico fase I, II, III, aprobación… Así le cuenta Slamon/Connick, Jr. a su nueva asistente el motivo de sus desvelos: «No tiene sentido echar veneno de forma indiscriminada porque dañamos a las células sanas. Trato de hacer algo que no se ha hecho hasta ahora: coger una super-proteína del organismo, apuntar a las células cancerosas y apagarlas como con un interruptor».
La película avanza a medida que vamos conociendo el papel esencial en la recaudación de fondos que desempeñó Lilly Tartikoff, que siempre se sintió en deuda con Slamon como oncólogo de su marido (el presidente de NBC Entertainment) haciendo posible el apoyo de la firma de cosmética Revlon (cuya primera aportación fue de 2,4 millones de dólares, una cifra nunca dada antes a un investigador sin restricciones). O la labor, también fundamental, de Fran Visco, paciente y activista, presidenta de la Coalición Nacional del Cáncer de Mama, que puso su agenda de mujeres afectadas al servicio de los estudios necesarios para la aprobación a cambio, eso sí, de formar parte del equipo que los diseñara y de que se ampliaran los requisitos para acceder al medicamento al margen de los ensayos. Y, claro está, la historia de varias pacientes que formaron parte del grupo de 15 que probó la terapia de manera pionera, entre ellas el caso más llamativo de todos, el de Barbara Bradfield. La espectacularidad de su recuperación, al pasar de la metástasis pulmonar sin solución a la desaparición absoluta del cáncer, favoreció que la investigación fuera ampliándose a estudios cada vez con más pacientes hasta conseguir que Trastuzumab obtuviera su aprobación con el nombre comercial de Herceptin en 1998 en Estados Unidos y dos años después en Europa. La Medicina Personalizada de Precisión no ha hecho más que avanzar desde entonces.
Como periodista y desde 2007, he sido testigo de una decena larga de congresos de la Asociación Americana de Oncología Clínica (ASCO) y he visto con qué expectación la comunidad médica recibe resultados relevantes en sus sesiones plenarias. Por eso me puedo imaginar lo que debió de ser aquella edición 34 de esta reunión celebrada en mayo del 98 en Los Ángeles cuando Slamon pudo por fin contar –a un auditorio en el que a buen seguro estarían esos mismos que antes le habían ridiculizado por ingenuo– que había una forma de frenar al cáncer diferente de los cañonazos de la quimioterapia, sin sus efectos secundarios (náuseas, caída del pelo, anemia…), y que dicha forma solo estaba empezando, que el medicamento se probaría en fases más tempranas, en combinaciones diversas, en pacientes nunca tratadas, que se podría identificar con una prueba quiénes se iban a beneficiar de una opción que daría más y mejor vida a cientos de miles de mujeres en todo el mundo. Y así fue ya de la mano de Roche, la compañía que en 2009 completó la adquisición de Genentech, un proceso iniciado casi veinte años antes.
Herceptin nació de un encuentro inesperado un verano de hace cuarenta años; como les pasó a los Stones de Jagger y Richards, cuyo encuentro también estos días hemos vuelto a recordar ahora que, ya octogenarios, acaban de sacar nuevo disco.
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