La gran farsa filosófica
Luciano de Samósata no solo denunció las imposturas intelectuales de abogados, profetas, retóricos, místicos, políticos y filósofos sino que escribió falsos ensayos.
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En 1996, el profesor de Física de la Universidad de Nueva York Alan Sokal envió un artículo a la prestigiosa revista Social Text. Su título era «Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica». Sokal afirmaba haber resuelto el problema de la gravedad: no la gravedad entendida como la situación provocada por la erupción de un volcán o la caída de la bolsa, ni como el ceñudo gesto de un filósofo intentando resolver el enigma de por qué las cosas son en vez de no ser, sino la gravedad de los objetos que caen, la que ni siquiera Newton pudo explicar, e incluso la gravedad cuántica.
Pues bien, Sokal no solamente resolvía el problema, sino que lo disolvía: la gravedad es tan solo una construcción social. El artículo fue aceptado sin dudarlo por la revista, pero el mismo día en el que se publicó, Sokal declaró a otra revista que todo era una parodia, que la tesis del ensayo, defendida con frases rimbombantes de aroma académico, con muchas gotas de feminismo e ideología revolucionaria, era simplemente lo más absurdo que se le había ocurrido. Tiempo después de lo que se llamó «el escándalo Sokal», el irónico profesor publicó un libro junto al físico belga Jean Bricmont llamado Imposturas intelectuales, en el que recopilaban una increíble antología de disparates llenos de pedantería sin sentido, de soberbia intelectual injustificada, de metáforas matemáticas, geométricas o de cualquier otra ciencia empleadas con una ignorancia absoluta acerca de su significado. Los autores de toda esa charlatanería pretenciosa: Jacques Lacan (topología aplicada al psicoanálisis), Julia Kristeva (teoría de conjuntos pseudocientífica), Jean Baudrillard (quien solía salpimentar en sus escritos términos cosmológicos como caos, relatividad, pero sin el más mínimo sentido) y la más excelsa, Luce Irigaray, que acusó a la célebre ecuación de Einstein E = mc² de sexismo, por privilegiar la velocidad de la luz con su carácter «rígido» y su gran velocidad masculina frente a lo «fluido» propio de lo femenino.
Sokal y Bricmont no fueron los primeros en denunciar la gran farsa intelectual, porque ya lo había hecho en 1972 Stanislav Andreski en su extraordinario libro Las ciencias sociales como forma de brujería, en el que denunciaba lo que llamó «la nebulosa verborrea pretentiosa» y el uso de la jerga como ritual, que cada vez se empleaba más en el ámbito académico y en las ciencias sociales: «La mala escritura y las ideas confusas terminan expulsando a la claridad y al pensamiento crítico, porque es mucho más fácil ser oscuro y parecer profundo que ser claro y lograr demostrar que tienes razón».
Sokal y Bricmont no fueron los primeros en denunciar la gran farsa intelectual
Pues bien, casi dos mil años antes que Sokal, Bricmont y Andreski, Luciano se anticipó y no solo denunció las imposturas intelectuales de abogados, profetas, retóricos, místicos, políticos y filósofos, sino que, según se cuenta en el fragmento de un libro de Galeno descubierto recientemente, escribió falsos ensayos al estilo de Sokal: «Este Luciano compuso un libro lleno de sentencias oscuras que no tenían sentido, el cual atribuyó a Heráclito y entregó a otros. Estos lo llevaron ante un famoso filósofo que elaboró su propia interpretación, sin ser consciente de que se trataba de una falsificación. Luciano también fabricó expresiones sin sentido que envió a varios gramáticos, quienes se las arreglaron para encontrarles un «significado» y «explicarlas»».
Parece que esa ingeniosa trampa no fue la única. El propio Luciano cuenta en Alejandro o el falso profeta cómo engañó y descubrió el truco de un profeta farsante que presumía de conocer las respuestas a cualquier pregunta. Luciano envió preguntas absurdas u ofensivas, como: «¿Cuándo será condenado el profeta Alejandro por impostura?», para poner a prueba su omnisciencia sino que, cuando por fin estuvo frente al santo profeta, en lugar de besarle la mano, se la mordió con fuerza, lo que casi le costó la vida cuando Alejandro intentó que sus acólitos acabaran con él.
Se sospecha que algunos escritos de Luciano también pueden ser falsificaciones para poner en ridículo a los farsantes, como una defensa de la astrología (Sobre la astrología) o el Nigrino, en el que quizá inventa a un filósofo para parodiar a otro que sí existió, un tal Albino (quien, por cierto, fue maestro de Galeno).
Cuando en El pescador o los resucitados la Filosofía pregunta a Parresíades, alter ego de Luciano, cuál es su profesión, no dice que sea abogado, retórico, y ni siquiera filósofo: «Despreciador de la soberbia, de la impostura, de la mentira y de la vanidad. Aborrecedor de la vil ralea de hombres infestados de estos vicios, que es numerosa, como bien sabes».
[…] veremos en acción al escéptico Luciano bajo cuatro identidades: Parresíades, el Sirio, Licino y el propio Luciano como autor de esa gran farsa que es La subasta de vidas siempre movido por ese desprecio a los mentirosos, los falsos profetas, los supersticiosos y los vendedores de milagros, pero de manera especial nos divertiremos con sus ataques a la gran farsa de la filosofía, mediante el humor, la burla y la parodia. Sin embargo, sin duda, el más demoledor de todos los ataques contra la farsa filosófica es el Hermótimo, uno de los diálogos lucianescos más «serios», comparable a los mejores diálogos de Platón, como intento demostrar en el pequeño ensayo que cierra este volumen: «Luciano contra la gran farsa filosófica».
Este texto es un fragmento de ‘La gran farsa filosófica’ (Rosamerón), de Luciano de Samósata, editado por Daniel Tubau.
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