Siglo XXI

«Con una mayor inversión en ciencia podríamos retener a más investigadoras»

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20
Ene
2023
Antonio Villarreal

El libro del futuro se puede escribir en el presente. Eso es lo que ha hecho Antonio Villarreal (Córdoba, 1981) con su ‘Sabias. Científicas españolas frente a los grandes retos del siglo XXI’ (Geoplaneta), la monografía que aúna nueve de las investigadoras patrias más punteras. Desde la teoría de cuerdas hasta el cáncer, pasando por la computación cuántica y los exoesqueletos, la mirada aguda del autor, educada tras una gran experiencia como periodista, consigue realizar aquellas preguntas que cualquier persona de a pie se hace respecto a estos campos científicos tan desconocidos para gente no especializada. En esta conversación, Villarreal desentraña qué pasaría con una mayor inversión en ciencia y aborda asuntos como el negocio de las publicaciones científicas, los límites de estos avances, su relación con el medio ambiente y los debates éticos a los que se enfrentan.


Una de las primeras observaciones que escribe en su libro es la siguiente: «Hay algo en este siglo XXI que ha cambiado más que la propia ciencia: quién la practica y en qué condiciones». ¿Cómo ha sido esa evolución?

Si miras la ciencia que nos enseñaron en el cole e instituto, prácticamente era inédito que hubiera una mujer, salvo Marie Curie o, si me apuras, Rosalind Franklin con el descubrimiento del ADN, aunque a veces ni siquiera salía porque no le dieron el Nobel. Era muy raro ver a una científica en los libros de ciencias y eso sí que ha cambiado algo en los últimos años, aunque ellas todavía no estén al mismo nivel en los premios Nobel, por ejemplo, que ellos al arrastrar esta herencia. Este libro es una prueba de ese cambio: no ha hecho falta rebuscar mucho para encontrar científicas españolas brillantes en todos estos campos de investigación.

España es el doceavo país del mundo en producción científica, pero el número 30 en inversión de I+D con respecto al PIB. ¿Por qué no se apuesta tanto por la ciencia?

Está claro que aquí, con muy poco que nos dan, sacamos un rendimiento extraordinario, y yo creo que eso pasa en muchos sectores en España, que salen adelante por el esfuerzo, el talento y la cabezonería y no tanto por una estructura que soporte a los profesionales. En muchos laboratorios donde hay una investigadora o investigador extraordinario que lo saca todo adelante pero, de repente, se va a Estados Unidos u otro sitio, y ahí se termina ese grupo de investigación. Durante mucho tiempo esta ha sido la gente que nos ha salvado la cara. Por mucho que los políticos presuman de que estamos en el top 10, no hemos llegado ahí por su inversión en ciencia. De hecho, estamos por detrás de un montón de países de Europa central con un PIB menor que el nuestro pero que invierten mucho más en investigación, aunque en un primer momento pudiéramos pensar que no por el tamaño de su economía.

«Por mucho que los políticos presuman de que estamos en el top 10, no hemos llegado ahí por su inversión en ciencia, sino por investigadores extraordinarios»

¿Qué ocurriría si se invirtiera más?

Lo primero es que podríamos retener muchas mujeres dentro de la carrera investigadora. Ellas son más proclives a abandonarla por no ver la estabilidad suficiente, sobre todo cuando llegas a una edad como la mía en la que quieres formar una familia. Personalmente, veo muchas similitudes entre la carrera investigadora y el periodismo: si tienes 20 años, puedes estar comiendo latas de atún un tiempo, pero llega un momento en el que te preguntas si quieres estar así toda la vida. Eso es lo que ocurre en la ciencia española, que tiene muy poca estabilidad, una gran precariedad y contratos temporales basados en proyectos. Aquí puedes ser el mejor científico que, si se termina la financiación, estás fuera. La metáfora que utilizan los ingleses para referirse a esa realidad es la tubería que gotea: empezamos todos, pero muchas mujeres van goteando, y cuando te fijas en quiénes son los jefes de departamento o rectores de universidad hay entre un 70 y 80% de hombres porque las mujeres decidieron salirse antes.

Tras leer los capítulos dedicados a Irene Valenzuela, investigadora de la teoría de cuerdas, y Eva Villaver, investigadora de exoplanetas y la posibilidad de que haya vida en ellos, parece que la gran mayoría de avances científicos dependen de los tecnológicos. ¿Ese es el único límite que hay en estos momentos en la ciencia para avanzar?

La teoría y la tecnología siempre están compitiendo. En algunos casos hay muchas ideas pero hace falta corroborarlas. Es lo que pasaba en astrofísica, que en un momento dado sacaban un nuevo telescopio espacial y lo que antes era una masa miope, ahora te da una información brutal. Ahí es cuando los científicos pueden empezar a corroborar todas las teorías que tenían, por ejemplo. En otros casos, es verdad que faltan ideas o nuevas aproximaciones para enfrentarse a problemas que en física teórica tratan de resolver. Otras veces, lo que hace falta es que llegue una persona muy genial para que vea un avance que los demás no han sabido ver.

«Aunque la evolución es lenta, ya han aparecido sistemas de publicación más accesibles que democratizan el conocimiento»

En realidad, ¿qué es lo que mueve la inversión en tecnología y ciencia? ¿Qué le interesa sacar al capital o a los gobiernos de estas cuestiones? ¿Es por mero rédito económico?

Es lo que pasa siempre con la ciencia, igual que en la universidad, que quieren que los avances sean aplicados a un rendimiento que dé dinero en el corto plazo o una patente. La gran mayoría de investigadores se dedican a la ciencia básica, que está financiada casi en su totalidad con capital público, porque las empresas no se meten ahí. La industria no investiga una molécula, sino que espera a ver los posibles usos que le puede dar y cuánto beneficio le va a aportar, pero una vez que desde lo público se han investigado. En España no deberíamos ser tan pragmáticos en ese sentido, sino centrarnos en el descubrimiento como tal y saber bien qué hacer con las cosas que descubrimos.

El ejemplo de Elena García Armada, una de las científicas que aparecen en su libro, es perfecto para esto que cuenta.

Sí, ella hizo todo el camino. Empezó investigando la posibilidad de que los exoesqueletos también se pudieran aplicar a niños, algo clave para su desarrollo. Junto a colaboradores y su equipo lo consiguió, pero no se quedó esperando a que viniera una empresa de Asia a comprarle el producto, sino que lo desarrolló ella y ahora es quien los exporta.

Alba Bossoms,  científica centrada en el estudio del ADN antiguo, critica la práctica cada vez más extendida de pagar a una revista científica para que publiquen un artículo que, finalmente, solo podrán leer sus suscriptores. También menciona el trabajo gratuito que realizan de revisión de otros artículos. ¿Por qué el sistema funciona de esta forma?

El sistema es muy perverso. Hace tiempo saqué el caso de la editorial Elsevier, que tiene el modelo de negocio perfecto. Las universidades, donde se investiga con financiación pública, tienen que pagar a estas revistas para que sus avances salgan publicados, pero es que luego las universidades tienen que volver a pagar a las revistas para estar suscritas y tener acceso a los demás avances que surgen en otras universidades en las que también se investiga gracias a fondos públicos. Además, la revista decide lo que sale en sus páginas y lo que no, y eso también ocurre en otras como Nature o Science. Poco a poco esto está cambiando, pero es algo muy lento. Todo el mundo busca una forma de que eso sea sostenible y las editoriales quieren mantener el poder que tenían, pero han aparecido otros sistemas de publicación más accesibles que democratizan algo más el conocimiento. Por otra parte, cuando tú eres un investigador, tu empleador te puntúa según dónde hayas publicado, y este tipo de revistas tienen un índice de impacto mayor, así que siempre tienes ese incentivo para seguir dentro de este sistema.

«Siempre pensamos que la tecnología nos va a ayudar, pero incluso los científicos lo dicen: lo que ayudará en torno al cambio climático es un cambio de hábitos»

En su libro aborda ámbitos tan lejanos para el común de los mortales como la teoría de cuerdas, el ADN antiguo, computación cuántica y el ciclo del carbono oceánico. Muchas de estas investigaciones están sufragadas con fondos públicos, ya sea a nivel estatal o europeo. ¿Los ciudadanos son conscientes de la necesidad de estas investigaciones?

En general no, pero porque la ciencia básica es muy difícil de explicar. Por ejemplo, hace mucho tiempo se decía que el ordenador cuántico era el futuro, que la computación tradicional no llegaría jamás a sus niveles, pero en realidad no se sabía muy bien para qué iba a servir el ordenador cuántico. Además, estamos en un contexto en el que muchos Gobiernos quieren recortar de muchos sitios. Por ejemplo, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, no creo que sea muy proclive a financiar la investigación básica. ¿Por qué? Porque lo que quiere es que vengan empresas a Madrid que den un rendimiento económico inmediato a la hora de desarrollar el producto pero que se investigue fuera.

Alba Cervera-Lierta, la investigadora especializada en supercomputación, afirma que «Europa produce muy buenos científicos que se acaban yendo a Estados Unidos y a otros lados a aplicar esas ideas», en referencia a aquellos conocimientos aprendidos aquí. ¿Cómo se puede frenar esta pérdida?

Yo lo comparo mucho con el fútbol. Todo futbolista tiene el deseo de jugar la Champions, pero si tu club de origen está en primera división hay muchas más posibilidades. Puedes tener esa cosa romántica de quedarte en el Celta a ver qué se puede hacer, pero eso no existiría si tu club es de segunda B. Por eso, España no puede ser Estados Unidos, y aquí tampoco funcionaría el tener una universidad en la que pagar 50.000 euros al año, algo tan elitista. ¿Podemos tener universidades más potentes haciendo algunos cambios y una mayor inversión? Pues sí. Y no hace falta abandonarlo todo: puedes trabajar en España, en tu universidad o el CSIC, y colaborar con equipos de investigación de otros lados.

También afirma que otro factor cada vez más importante en la investigación es la sostenibilidad. ¿Puede llegar a darse un conflicto, por ejemplo, entre una técnica científica y sus consecuencias para el medio ambiente?

Es lo que está ocurriendo con la energía. Decimos que la fusión nuclear va a ser algo genial pero yo me pregunto a qué coste, porque también hace falta mucha energía para mantener ese sistema. Luego está la gente que cree en una especie de tecnoutopía; es una idea que sale bastante en el libro, eso de pensar que no hace falta hacer nada por aminorar en nuestro día a día el cambio climático, por ejemplo, porque aparecerá alguna cosa de repente que chupe todo el carbono sobrante o sembraremos el mar de bacterias que se comerán todo el plástico: no dejan de ser excusas para no cambiar las cosas que hacemos mal ahora. Yo me lo imagino de otra forma, como si a un fumador otra persona le dijera «tú no te preocupes, sigue fumando todo lo que quieras, que alguien algún día inventará una movida que absorberá todo el daño pulmonar». Eso sería una locura. Siempre pensamos que la tecnología nos va a ayudar, pero incluso los científicos lo dicen: lo que ayudará en torno al cambio climático es un cambio de hábitos. Lo que no hay que hacer es inventar algo que limpie el mar de plástico sino dejar de tirar plástico al mar.

«La investigadora Ángela Nieto cree que tarde o temprano el cáncer será una enfermedad tratable, que la gente tendrá que tomar una medicación toda su vida pero se reducirá drásticamente el índice de mortalidad»

En el quinto capítulo entrevista a Elena García, la mujer que ha patentado el primer exoesqueleto biónico del mundo para niños. En un momento dado, abordan el debate ético que pueden generar estas técnicas. ¿Qué debates de este tipo enfrenta ahora mismo la ciencia?

El libro está muy salpicado por este tipo de debates. Por ejemplo, ¿debemos tomar decisiones para terminar con la discapacidad? ¿Hasta qué punto? Hubo una empresa que comercializó un invento que sustituía el bastón de los ciegos por un utensilio con bluetooth. Cuando se lo dieron a los ciegos, dijeron que ya habían aprendido a vivir con el bastón sin problemas y que no necesitaba batería. Creo que es peligroso cuando desde fuera tratamos de eliminar un problema de algunas personas que no existe para ellas, y así con todo. En el capítulo en el que hablo con Gloria Calderón sale a relucir otro debate ético sobre si la ciencia es capaz de hacer que miles de mujeres que podrían tener un hijo con una enfermedad metabólica, no la tengan. Muchos Gobiernos son reacios a permitir esas novedosas formas de reproducción asistida porque lo ven como una manipulación. Hay una cosa muy judeocristiana ahí de que todo lo que no sea ya habitual, lo temen. También se me ocurre que ahora hay muchas menos personas con síndrome de down que hace unas décadas, ya que al tercer mes de embarazo sabes si tu hijo va a padecer este tipo de enfermedades. Ahora, las mujeres tienen mucha más información y capacidad de decisión, y cuando deciden tener un hijo lo hacen con todas sus consecuencias.

Usted, como periodista, también ha reflexionado sobre el tratamiento que da la prensa a los avances científicos. ¿Qué consecuencias negativas puede si se hace mal?

El caso del cáncer es el que más respeto me da. Es muy común leer artículos o ver a compañeros escribir «qué pedazo de descubrimiento contra el cáncer» y yo siempre pienso en cualquier persona a la que le hayan dado la noticia esa semana y vea a un tío en Twitter decir que el cáncer pronto será curable, cuando la persona seguramente ni se llegue a leer el artículo completo. Y es que, en ocasiones, esos descubrimientos que llegan a la prensa son muy preliminares. Sí, en ratones elimina las células tumorales, pero quizá no sea extrapolable a los humanos por su excesiva toxicidad o que no haya financiación suficiente para continuar con los ensayos. Calderón, que participó en el nacimiento del primer bebé in vitro de España, se quejaba de que la prensa utilizara, en su campo, metáforas como hijo de tres padres, cuando no es así. Lo que sucede es que se usa material genético de una tercera persona, pero esa parte del ADN no afecta al color de los ojos ni nada parecido, sino que evita que se desarrollen algunas enfermedades. Se empezó a popularizar esa expresión, la prensa la utilizó y la mayoría de los Gobiernos todavía no se atreven a legalizar una técnica así por el miedo que infunde un hijo de tres padres, cuando eso es mentira.

Ángela Nieto es la protagonista del último capítulo, dedicado a su investigación sobre la metástasis celular. Ha hablado ya del cáncer. ¿En qué posición se encuentra la investigación de España en esta enfermedad? ¿Qué tal avanzan estas investigaciones en concreto?

Es una pregunta difícil. Creo que España está muy bien dada nuestra posición. Tenemos un centro muy puntero que es el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, varios centros menores pero muy potentes y universidades donde hay bastante investigación de gran calidad. No obstante, el reto es mayúsculo, porque el cáncer es como la peste en la época medieval: una cosa súper compleja, que no saben por dónde puede salir y se replica a otros órganos. Nieto, aun teniendo mucha cautela, se muestra optimista con el futuro. Cree que tarde o temprano el cáncer será una enfermedad tratable, como es el SIDA, que la gente tendrá que tomar una medicación toda su vida pero se reducirá drásticamente el índice de mortalidad. Se supone que, de media, una de cada tres personas tendremos algún cáncer en nuestra vida, así que hay que ir a por ello. Las investigaciones avanzan bien, creo yo, sobre todo con la llegada de la inmunoterapia y los tratamientos CAR-T. Hay muchos cánceres que hace 20 años casi eran mortales seguro y ahora el índice de supervivencia se ha incrementado. El problema está en que muchas de estas terapias son muy caras y desde Sanidad en España tan solo han podido financiar las terapias CAR-T a unos cuantos pacientes de los miles que habrá. Yo espero que se cumpla la ley de Moore: si cada dos años los chips duplican su velocidad y bajan su precio, que la investigación contra el cáncer se duplique cada par de años y las técnicas reduzcan su coste.

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