Salud

«No faltan pediatras, faltan mejores condiciones laborales»

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13
Oct
2022
pediatras

Alberto García Salido (Madrid, 1981) es médico pediatra en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital Niño Jesús de Madrid, pero también es escritor: en los momentos más duros de la pandemia, con el sistema sanitario sobrepasado y sus profesionales al límite, encontraba cada noche una vía de escape en casa, al volver del trabajo, delante del ordenador. El resultado de ese intenso viaje sin salir de su habitación fue ‘Aprender a volar‘ (Ediciones B), una novela con tintes autobiográficos que explora cómo las personas tienen el poder de cambiar a otras personas. Hablamos con García Salido de su obra, del estado de la sanidad española y de sus protagonistas, los pacientes.


En Aprender a volar, una enfermedad cambia la vida de un paciente y un paciente cambia la vida de un médico. ¿Es una situación que has vivido en primera persona?

El trato con los pacientes cambia tu percepción de las cosas. Comparten contigo momentos duros y de gran incertidumbre, y es imposible hacerse impermeable a eso. «Tú ya no eres el mismo», me han dicho mis padres en alguna ocasión, y es cierto: los pacientes te cambian la vida de la misma forma que tú, como médico, también tienes la capacidad de influir en ellos y ayudarles a gestionar su incertidumbre. Y no solo con un diagnóstico o un tratamiento, sino escuchándoles y dándoles tu experiencia tras haber tratado a otras personas que tenían problemas similares a los suyos.

¿Por qué has elegido hacer una novela para contar esta historia?

Yo siempre había escrito relatos cortos, pero cuando abordé esta historia sentí que necesitaba más espacio y más tiempo para contar todo lo que quería. Además, al ser mi primera novela, ha sido como de aprendizaje, y el hecho de que la temática estuviera cercana a mi propia experiencia profesional me ha ayudado a desenvolverme con mayor seguridad. Algunas de las cosas que le suceden en la novela a Diego, el personaje del médico residente, las he vivido yo o le han pasado a algún compañero mío. Son vivencias –salpimentadas de ficción– que he ido anotando a lo largo de los años en una libretita y que he volcado en la novela. 

«En España se diagnostican aproximadamente 1.000 casos de cáncer infantil al año, y es muy importante hablar de ellos»

¿El cáncer infantil es un tema tabú en nuestra sociedad?

No es un tabú, pero sí es un asunto del que cuesta hablar, aunque afortunadamente eso está cambiando poco a poco. En España se diagnostican aproximadamente 1.000 casos de cáncer infantil al año. Son pocos, si se compara con los diagnosticados en adultos, por eso es muy importante que se hable de esos casos, de su tratamiento y de cómo abordarlos. Al visibilizar esta y otras enfermedades infantiles se ayuda a combatirlas y los niños se sienten menos solos. 

La Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap) denuncia que en España hay cerca de 600.000 niños, niñas y adolescentes sin pediatra asignado. Y también habla de 600 plazas de pediatría sin cubrir. ¿Por qué se da está situación?

La atención primaria debería ser la base de nuestro sistema sanitario, pero lleva años siendo abandonada; no por culpa de la pandemia, sino desde mucho antes. A los médicos se les trata mal: malos horarios, listas inasumibles de pacientes y dificultades para conciliar. Se le echa la culpa a la falta de profesionales, pero eso no es verdad. Médicos hay, lo que faltan son buenas condiciones laborales. En lugar de tener a la gente «necesaria», se tiene a la gente «suficiente», lo mínimo indispensable. Y esta precariedad acaba salpicando a todo el sistema, porque si no hay una buena atención primaria, esos pacientes acaban en los hospitales y estos se saturan. 

Los pediatras atendéis a los niños, pero también tenéis que tratar a los padres. ¿Cuál es la clave?

Para mí hay dos claves: escuchar y explicar. Los padres de los pacientes necesitan saber qué está ocurriendo con su hijo o hija, lo que vas hacer al respecto y el resultado que esperas de eso que vas a hacer. Y también necesitan saber lo que no esperas y aquello que ignoras. En situaciones de urgencia o gravedad, si tienes dudas o no tienes certezas sobre lo que cabe esperar de un determinado tratamiento porque ese resultado depende de factores que tú no controlas, debes manifestar abiertamente esas dudas. Es lo justo para el paciente y para los padres. Me frustran mucho las situaciones en las que el profesional sanitario sabe más que el paciente o que la familia. Estar disponible y que la familia vea que no les estás ocultando información es fundamental. 

«El médico debe ser empático, pero siempre desde su papel y sin pretender ponerse en la piel de los padres del paciente, porque eso es casi imposible»

¿Un médico debe ser necesariamente también un poco psicólogo?

No. Creo que lo que hacen falta son más psicólogos que ayuden a otros profesionales en una parcela que no forma parte de su campo de conocimiento. El médico debe ser empático, pero siempre desde su papel y sin pretender ponerse en la piel de los padres del paciente, porque eso es casi imposible e incluso inadecuado. Tú quieres lo mejor para el paciente, por supuesto, pero para poder dárselo tienes que mantener cierta objetividad, tienes que permanecer en tu lugar. Si no, corres el riesgo de que por tratar de ser benevolente no seas «beneficiente»; es decir, que no hagas lo más beneficioso para tu paciente. 

¿Se presta suficiente atención a la salud mental infantil y juvenil?

En la pandemia, niños y adolescentes fueron todo el tiempo por detrás. Se tomaron y acataron medidas que, en perspectiva, no tenían mucho sentido. Que un niño pudiera estar en una terraza rodeado de adultos sin mascarilla pero que luego no se le permitiera subirse a un columpio en un parque… era todo un poco absurdo. En cuanto a la salud mental, lo que sí viví en aquel periodo fue un incremento de intentos de suicidio en adolescentes, algo que afortunadamente está remitiendo ahora. Creo que es el colectivo en el que hay que poner más el foco. No lo debemos perder de vista, porque la pandemia tuvo un impacto emocional preocupante en ellos. Hubo un momento en el que incluso se responsabilizó a los adolescentes de las olas de contagios, cuando ni siquiera habían tenido la oportunidad todavía de ser vacunados. Me habría gustado ver a muchos de los que les señalaron entonces si la pandemia les hubiera cogido a ellos con esa edad. 

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