Cultura

«Contra la tristeza no se lucha, pero se puede convivir con ella»

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01
Ago
2022
luis garcía montero

Hacen falta solo unos pocos minutos en el piso de Luis García Montero (Granada, 1958) para confirmar que la casa de un escritor le define. «Mi casilla, mi quietud, mi ‘güertillo’», que diría Lope de Vega. El oasis del poeta y director del Instituto Cervantes desde 2018, situado en pleno centro de Madrid, es como él: elegante, tranquilo, luminoso y acogedor. Los libros emergen a raudales, un perro pasea a sus anchas por al amplio salón y las paredes parecen dispuestas a escuchar a un hombre que marca las pausas y los silencios con mucho mimo, como si huyera del ruido y las prisas que ahondan fuera de su domicilio. Montero ha vivido siempre pegado a la docencia, la poesía y la política, tres mundos que explican su obra, sus relaciones y su vida. Ahora publica ‘Prometeo‘ (Alfaguara), una historia que se apoya en lo clásico para reflexionar sobre el presente.


Ha publicado Prometeo, una obra que mezcla poesía y teatro y que, además, recupera el pasado. ¿Cuál es la génesis de este libro?  

Me interesaba dialogar con los clásicos para reflexionar sobre el presente, por eso acepté el encargo de José Carlos Plaza para representar la versión de Prometeo en el Festival de Teatro de Mérida. Con este libro quise reflejar lo que me preocupa de la sociedad actual, como la historia del progreso humano. El progreso es necesario, pero se vuelve un peligro cuando su único fin es la mercantilización de todo y la dignidad del ser humano pasa a un segundo plano. He escrito la obra en un momento donde la extrema derecha está creciendo en Europa y hay una enorme desigualdad entre las élites y las mayorías. Me preocupan especialmente los populismos, los odios, las situaciones de injusticia y la forma en que la tecnología puede favorecer inventos atroces como la bomba atómica. Yo creo que este Prometeo nos invita a pensar en la realidad de la democracia. Cuando trabajaba en la obra seguí un verso de Antonio Machado que dice aquello de «hoy es siempre todavía». Era una hermosa manera de intentar mantener la esperanza, pese a todo. 

¿Una sociedad que mercantiliza todo le quita valor a las humanidades? Pienso en el alumno que sacó la mejor nota de selectividad y fue criticado por elegir la carrera de filología.

Me gustó leer esa noticia porque el alumno apostaba por su vocación y defendía un proyecto de formación de persona y de construcción de la sociedad, no la búsqueda de trabajo a toda costa. Uno de los problemas de la sociedad neoliberal es que nos creemos clientes de la vida con derecho a comprarlo y consumirlo todo, entre otras cosas la felicidad. Por motivos personales, últimamente siento la necesidad de negociar con la realidad y encontrarle un sentido a la existencia, y para ello he recurrido a leer a poetas de veintitantos años, para entender qué relación tienen con el mundo. La conclusión a la que llego es que los jóvenes me enseñan muchas cosas. La educación tiene que servir para formar personas, pero no hay que confundir un empleo con una vocación. En esta sociedad hay que ganar dinero para llegar a final de mes, pero la verdadera suerte no es tener un trabajo, sino una vocación. El éxito es poder dedicarte a lo que te gusta. La lección que nos enseñó la poesía y la literatura desde la Primera Guerra Mundial es que el progreso es la gran apuesta de la modernidad, pero este se convierte en una catástrofe cuando se separa de las humanidades y del compromiso con el ser humano. 

«El progreso es necesario, pero se vuelve un peligro cuando su único fin es la mercantilización de todo»

¿Cree que hay una brecha generacional, con jóvenes descreídos y mayores despreciando a las generaciones venideras? 

Es una de mis preocupaciones, por eso quise establecer un diálogo entre la ilusión del joven y la experiencia del mayor. La sociedad neoliberal está mercantilizando todo, hasta el punto de convertir el tiempo en una mercancía de usar y tirar. Eso se traduce en la santificación del instante, el deseo y la novedad. De este modo, apenas nos paramos en pensar lo que decimos. En la obra Juan de Mairena, de Machado, el profesor les dice a sus alumnos: «Tengamos cuidado, que la verdadera libertad no está en poder decir lo que pensamos, sino en poder pensar lo que decimos». Vivimos una época tan vertiginosa que favorece que haya jóvenes adánicos que se creen que no tienen nada que aprender de sus mayores y, por otro lado, viejos cascarrabias que consideran tontos a los jóvenes. Frente a la brecha generacional, defiendo que los viejos se comprometan a no menospreciar a los jóvenes y que estos, a su vez, reivindiquen la memoria como una herencia provechosa de la experiencia humana. Están en todo su derecho de usar esas lecciones del pasado como consideren, porque mañana habrá otra generación y serán ellos los que tendrán que pasar la antorcha del fuego a la generación siguiente. Hay que entender que cada generación tiene sus valores y un contexto diferente. Cuando doy clase, procuro recordar que la universidad española de los años setenta, en la que me eduqué, tiene muy poco que ver con la actual. Ocurre lo mismo con la política, la literatura o la poesía. 

Ha mencionado la universidad actual sin mucho entusiasmo. ¿Como docente, está desencantado con el modelo educativo actual?

Yo soy ante todo lector. Mi vocación por la lectura fue lo que me animó a escribir y lo que me llevó más tarde a convertirme en profesor de literatura; sabía que con la poesía no me iba a ganar la vida. Para mí la educación es importante, pero hoy en día me siento incómodo con cómo se ha ido desarrollando la vida universitaria. Me da la impresión de que a los jóvenes se les exige más papeleo que un aprendizaje real. Tiene mucho que ver con la llamada titulitis y también con que a los investigadores se les pida que adquieran protagonismo y tengan impacto. Pongo un ejemplo concreto que me parece un disparate: si quieres ser profesor de español y estás estudiando sobre Cervantes, te valoran más un artículo escrito en inglés y publicado en una revista extranjera que si lo haces en castellano. A esto se suma la falta de recursos y de presupuesto y, en general, la precariedad asociada a ejercer la docencia en España. 

En su trayectoria literaria hay mucho poso reivindicativo. ¿Todo artefacto cultural es político?

Para mí la literatura, como la condición humana, es inseparable de la política, quizá porque yo me formé en los últimos años de lucha contra el franquismo. Aprendí pronto que un poema no es un panfleto porque no puede invadir la intimidad diluyendo la política, pero también que la individualidad no puede olvidarse de la política porque nos hacemos individuos en una comunidad. En este sentido, claro que la cultura está relacionada con lo político; me preocupa los que optan por la indiferencia. Siempre recuerdo lo que decía Franco a algunos escritores dispuestos a opinar: «Haga usted como yo, no se meta en política». Y también aquella frase de Machado a los alumnos en su Juan de Mairena: «Vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros y, naturalmente, contra vosotros». 

«Para mí la literatura, como la condición humana, es inseparable de la política»

Usted se presentó a las elecciones autonómicas en 2015. ¿Qué lecciones extrajo?

Yo ya anticipaba los resultados. Almudena [Grandes] escribió un artículo en El País, una semana antes de las elecciones que lo resumió bien: «Nuestra misión es aprender a perder. Uno debe presentarse no cuando sepa que va a ganar, sino por una resistencia ética de defender lo que uno cree que debe hacer, aunque pierda». No me arrepiento de haberme presentado, pero me dio lástima ver que se nos escapaba la oportunidad de que la izquierda gobernase la Comunidad de Madrid por el egoísmo de algunos. Nos quedamos a dos décimas de tener grupo parlamentario propio y de que Ángel Gabilondo fuera presidente de la Comunidad. También me molestó que, en una situación mediática en la que a Izquierda Unida no le daban ni medio minuto en televisión, le dedicasen muchas horas a unos jovencitos. Yo vi a Podemos como una construcción mediática de la derecha y de La Sexta para cargarse a Izquierda Unida. La primera cosa que consiguieron es seguir manteniendo a la derecha en el gobierno regional. Más tarde me alegré de que Podemos ocupara un papel muy importante en la política y que modificara el tablero político entrando en el Gobierno de España. A mí me llamaron vendido por querer pactar con el PSOE, porque decían que eso era venderse al capitalismo, y sin embargo me llevé una alegría cuando Podemos pactó un gobierno de coalición. A cierta edad, cuando uno tiene otras vocaciones, como la educación o la poesía, lo que no puede vivir es del rencor. Celebro todo lo que venga bien a la izquierda.

En la batalla política está muy presente la resignificación de palabras como «libertad». ¿Cree que se está usando de forma torticera por parte de algunos dirigentes? 

La cultura neoliberal ha sido capaz de arrancar la palabra libertad de su armonía con la igualdad y la fraternidad para llevársela a la ley de la selva. Ahora se está produciendo una perversión del lenguaje: hay políticos que utilizan la palabra «libertad» de forma torticera, como una excusa para justificar la ley del más fuerte. La lengua es el mejor ámbito de entendimiento entre las personas, pero también puede ser una trampa. Me impresionó mucho una conferencia de Julio Cortázar en 1981 que se llamaba «las palabras violadas», donde explicaba hasta qué punto los nazis podían envenenar el sentido de las palabras. Hasta el pobre Antonio Machado tuvo que especificar que él era Bueno en el buen sentido de la palabra, porque la Sociedad ya estaba identificándola con tonto. La libertad en el sueño democrático es la posibilidad de construir entre todos un marco donde podamos desarrollarnos individualmente. Convertir su significado en el mero hecho de poder salir por la noche a tomarse una caña es romper el marco de convivencia. Creo que uno de los grandes debates de la democracia es resignificar la palabra libertad para que no se convierta en las ocurrencias del mentiroso. 

«La libertad en el sueño democrático es la posibilidad de construir entre todos un marco donde desarrollarnos individualmente»

Mencionaba antes también a su mujer, Almudena. ¿Cómo ha vivido la primera feria del libro sin su presencia? 

La he vivido con melancolía. Almudena tenía un papel muy importante en la feria, a ella le gustaba mucho. De hecho, uno de sus últimos artículos fue un artículo de despedida para los lectores de la Feria de Madrid. Pero también la he vivido con sincera alegría, porque se le hizo un homenaje y pude comprobar que, después de los años de pandemia, la gente celebraba el libro. En la familia nos hemos sentido muy acompañados: hemos visto que el dolor ajeno por su muerta era real. Me consuela ver que, al margen de las tensiones políticas que pudieran plantear sus novelas, Almudena logró hacerse un hueco en el corazón de mucha gente.   

Me sorprendió cuando dijo que los últimos días cuidando de su mujer fueron los más felices de su vida. 

Así es. Mi amigo Joan Margarit me llamó para despedirse cuando supo que iba a morir de cáncer. Él y yo nos veíamos mucho, y recuerdo que me dijo, bromeando, que no se me podían morir dos personas cercanas a la vez: «Yo soy arquitecto, creo en la estadística, así que Almudena se salva seguro». Joan escribió durante su enfermedad un libro estupendo titulado Animal de bosque y decidió esconderse con las personas que más quería para despedirse. En uno de sus poemas dice que cuando te quedas con lo que más te importa es cuando comprendes el sentido de la vida, y es verdad. Acompañar a un enfermo es muy duro, pero en mi memoria, los últimos días cuidando de Almudena fueron los más felices de mi vida. Recordar nuestras lecturas, nuestros hijos, nuestros viajes, nuestra militancia… Todo eso da sentido a la existencia. 

¿Cómo se encuentra ahora? 

Han pasado ya siete meses y voy comprendiendo que contra la tristeza no se lucha, pero se puede convivir con ella. El dolor de la pérdida se va sustituyendo poco a poco por la posibilidad de convivir con el recuerdo y la memoria. Yo no creo en el más allá, en la inmortalidad o la eternidad; la muerte es el final de una vida humana. La muerte ha sido para mí ha sido un animal doméstico. Me levanto por la mañana y la muerte está en el perchero de la ducha cuando veo que, en lugar de dos toallas, tan solo hay una. La muerte está cuando paso por el despacho de Almudena y veo que el ordenador, que siempre estaba encendido, ahora está apagado. O cuando me pongo aquí a ver la televisión y de pronto veo que el sofá es inmenso. La muerte es un animal doméstico y, como sucede con cualquiera de ellos, te ladra sin cesar, pero poco a poco te vas acostumbrando a soportarlo. El dolor punzante acaba convirtiéndose en una convivencia con la tristeza. 

«El amor no tiene que ver con la prepotencia, sino con el respeto, la complicidad y la vulnerabilidad. El amor es para valientes»

¿Qué lecciones destacaría del amor y de la enfermedad? 

Si algo me ha enseñado la enfermedad es que los humanos tenemos la necesidad de cuidar y de que nos cuiden. El amor no tiene que ver con la prepotencia, sino con el respeto, la complicidad y la vulnerabilidad. Diría que cuando quieres a alguien siempre está presente el deseo y la admiración, pero tiene que haber algo más, que es la complicidad y la sensación inequívoca de que esa persona es la compañera ideal para desarrollar un proyecto de vida. El amor no es un cuento de hadas, tiene sus contradicciones, pero nunca dudamos de lo que sentíamos el uno por el otro. Almudena y yo hemos vivido una historia de mucha complicidad. No hay que confundir el desear mucho sexualmente a alguien con estar verdaderamente enamorado. En este sentido, creo que el amor es para valientes. Aquí cito a Joaquín Sabina: «Ser cobarde no vale la pena». 

Fernando Savater defendió mucho tiempo que sin su mujer estaba muerto en vida. ¿Qué conclusiones extrae de la pérdida? 

Me siento afortunado, soy un viudo enamorado. He tenido la suerte de vivir 30 años de amor compartido con Almudena y ella seguirá siempre presente en todo lo que yo escriba. Ángel González me enseñó que aprender a perder es la única manera de no darse por vencido. Creo que uno tiene que decidir en qué momento se da por perdido, y no considero que ahora sea el momento. Almudena reivindicaba la alegría y yo tengo que disfrutar de la vida, entre otras cosas, por mis hijos Irene, Mauro y Elisa. 

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