Sociedad

Un mundo sin niños

En 2021, China permitió a las parejas tener hasta tres hijos en un intento por resolver su grave crisis demográfica. Pero la pirámide poblacional, al igual que en otros Estados, sigue invertida. ¿Existe una solución que no ponga en jaque a las economías y, a la vez, evite el desgaste definitivo del planeta?

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22
Feb
2022
crisis demográfica

La población del planeta no ha parado de crecer. El tirón se registró en el año 1950, tras la explosión demográfica motivada por el aumento en la esperanza de vida y por la mayor tasa de natalidad registrada tras la Segunda Guerra Mundial, y en estos momentos habitamos la Tierra más de 7.800 millones de personas, según la Oficina del Censo de Estados Unidos. En el futuro más próximo, Naciones Unidas prevé que el crecimiento continuará. Sin embargo, lo hará a un ritmo mucho menor y la línea ascendente tocará su techo a finales de este siglo con cerca de 11.000 millones de personas. 

China, el país más poblado, será previsiblemente superado por India antes de terminar esta década. Prueba de ello son los datos oficiales que demuestran un descendimiento histórico en las tasas de natalidad chinas. Para detener esta caída al vacío y evitar el desmoronamiento del sistema de pensiones, el Gobierno modificó en 2016 la legislación fundamentada en la política del hijo único existente desde los años 80 que evitó, según la agencia de noticias gubernamental Xinhua, el nacimiento de 400 millones de personas. Tras este cambio legislativo que permitió a las parejas tener hasta dos hijos, el efecto deseado no llegó a buen puerto, por lo que en 2021 se introdujo una nueva flexibilización: tres hijos. Sin embargo, los expertos no creen que esta nueva política suponga grandes cambios, ya que la juventud actual en los países desarrollados no piensa en tener tantos hijos.

En Europa, el panorama es similar. Si atendemos a la tasa de fecundidad, que relaciona el número de nacimientos de niños con la población femenina en edad fértil durante un año, este dato debería situarse en torno a los 2,1 hijos por mujer como promedio para garantizar el reemplazo de la población en el largo plazo. Pero en todos los países europeos la cifra se encuentra muy por debajo desde hace varias décadas. Más concretamente, en España la tasa de fecundidad global el año pasado fue de  tan solo 1,4 hijos, una de las más bajas del continente europeo.

El temor al impacto en la vida profesional es uno de los grandes motivos que frenan la maternidad y la paternidad

Nuestro país está perdiendo población: como advierte el Instituto Nacional de Estadística, la diferencia entre el número de nacidos y el de fallecidos comenzó a ser negativa en 2015 y, en la primera mitad de 2021, perdió más de 70.000 residentes. Y parece que la tendencia va a continuar a la baja, ya que los jóvenes españoles casi no tienen descendencia por numerosas razones que van más allá de la elección personal en algunos casos. El temor al impacto que pueda tener en sus carreras profesionales, la imposibilidad de una amplia economía familiar, la incertidumbre y la precariedad laboral y la dificultad para conciliar trabajo y familia también les preocupan.

La tendencia se confirma en todo el mundo con otros factores, como el desplazamiento poblacional de medio rural hacia el urbano, donde los hijos han pasado de considerarse fuerza laboral a estimarse como carga o responsabilidad familiar. Además, la conquista de múltiples derechos reproductivos de la mujer también ha tenido una enorme relevancia en el descenso mundial de la natalidad, así como la incorporación de la mujer al mercado laboral. Prueba de ello es que en los países menos desarrollados es donde se mantienen altas tasas de natalidad y de fecundidad.

Mientras la población de niños desciende en el mundo y los mayores viven cada vez más tiempo, la brecha entre trabajadores y jubilados no deja de expandirse. Este es el mayor reto demográfico para las economías, el modelo de convivencia y la sostenibilidad del Estado de bienestar. Un mundo sin niños es un mundo sin futuro para la civilización. Pero ¿podemos tirar un chaleco salvavidas a las economías sin abandonar los derechos conquistados? Es indudable, por ejemplo, que las mujeres tienen derecho a decidir sobre su propia maternidad y que los niños no pueden ser explotados laboralmente. Además, entra en la ecuación la sostenibilidad planetaria: ¿podemos seguir construyendo megarregiones a costa de la ya debilitada salud de La Tierra?

En algunos países, como en Estados Unidos, se ha logrado frenar el descenso demográfico gracias a la inmigración. Sin embargo, los migrantes terminan por adaptar sus costumbres y comportamientos a las del país receptor, por lo que el freno será previsiblemente temporal. Alemania, por otro lado, ha conseguido un breve repunte de la fertilidad con políticas activas de conciliación, una acción donde los expertos encuentran la clave para mejorar la natalidad con políticas que permitan a las personas tener los hijos que desean.

Tal vez lo que haga falta sea redefinir los conceptos de familia y nación para adaptarnos y aprender a vivir en esta nueva realidad. O quizás la respuesta sea una distribución más equitativa de los recursos y lo que estos datos nos muestran es que el modelo de desarrollo económico y social del primer mundo ya no es sostenible. Pero ¿estaríamos dispuestos a cambiar nuestro estilo de vida para hacer un uso mucho más eficiente de los recursos y así compaginar el deseo humano de perpetuar nuestros genes con la necesaria reversión del cambio climático?

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