Salud

El corazón de un animal en el pecho: cuatro historias de trasplantes

El trasplante de un corazón de cerdo modificado genéticamente ha abierto la puerta a nuevos avances médicos. Pero ¿cómo hemos llegado hasta aquí y dónde están los límites, si es que los hay, para nuestra tecnología?

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02
Feb
2022
trasplante

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Los trasplantes de órganos constituyen unos de estos puntos de control que alertan al observador externo –si es que los hay– de que el ser humano ha superado una nueva altura en el listón de su evolución; algo así como el monolito de 2001: una odisea en el espacio, pero en términos sanitarios.

Se ha escrito una nueva página en la historia de la ciencia al trasplantar con éxito el corazón modificado de un cerdo a una persona

El último hito en la historia de los trasplantes lo ha protagonizado el norteamericano David Bennett: aunque parecía vitalmente desahuciado a causa de un problema cardiaco inoperable, Bennett ha recibido hace escasas semanas una segunda oportunidad en forma de trasplante. Pero ¿qué tiene de extraordinario su caso, cuando esta clase de operaciones llevan dándose durante cinco décadas? Sencillo: su donante y benefactor ha sido un cerdo. El equipo médico de la Universidad de Maryland, en Baltimore, ha escrito esta nueva página en la historia de la ciencia al trasplantar con éxito el corazón –modificado genéticamente– de un cerdo a una persona. Según explicaron los responsables, liderados por Bartley Griffith, tras descartar la opción de un trasplante convencional esta se había convertido en la ultima posibilidad de salvar la vida que le quedaba al receptor. Hasta el momento ha sido un éxito: el paciente continúa recuperándose hoy satisfactoriamente.

Al margen de la enorme complejidad técnica de la intervención, el hecho de colocar dentro de un ser humano un órgano procedente de un animal –la elección del cerdo no es casual, ya que compartimos con su especie un 90% de nuestro genoma– también ha despertado encendidos debates, levantando infinidad de aristas tanto legales como éticas. No es la primera vez que una intervención pionera como esta desata controversia: prácticamente todos los intentos de colocar «repuestos» de otros organismos para sustituir órganos humanos defectuosos han sido fuertemente contestados por una parte de la sociedad. Lo mismo que a sus responsables, a menudo acusados de emular al doctor Frankenstein con las vidas ajenas.

Un nuevo corazón

El sudafricano Christian Neethling Barnard tiene el honor de haber sido el primer médico que realizó con éxito un trasplante de corazón a una persona. Lo hizo el 3 de diciembre de 1967 en el Hospital Grote Schurr de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, cuando contaba con 45 años de edad. La donante fue Dénise Darvall, una joven de 25 años fallecida en accidente de tráfico; el afortunado receptor, un hombre de 56 años llamado Louis Washkansky. La operación duró cerca de cinco horas, y en ella participaron aproximadamente cerca de 20 profesionales. Más adelante, Barnard reconoció el momento de mayor temor: cuando el equipo médico se encontró frente a un hombre tendido «con el tórax abierto y sin corazón».

Washkansky superó con éxito la operación, pero aunque aparentemente su recuperación parecía rápida y satisfactoria, el paciente falleció tan solo 18 días después a causa de una neumonía. La comunidad científica saludó con entusiasmo este hito y, para entonces, tanto él como su médico ya eran celebridades mundiales, pero no todo el mundo corrió a felicitar al segundo: el cirujano recibió incontables cartas desde cada rincón del planeta en las que se le recriminaba su atrevimiento por «jugar a ser Dios»; a Barnard se le llegó a exigir que detuviera estas prácticas. No solo eso: desde grandes medios de comunicación como París Match se debatió si los médicos tenían derecho a llegar tan lejos en su celo profesional. Incluso hubo quien exigió a las autoridades sudafricanas la inmediata detención del galeno.

Cambiar de pulmones

El primer trasplante exitoso de pulmón, realizado el 11 de junio de 1963 en la ciudad norteamericana de Jackson, en el Estado de Mississippi, ofrece una historia extraordinaria para libros, películas y series de televisión. Su receptor fue John Russell, un hombre de 58 años de edad aquejado de cáncer de pulmón, insuficiencia respiratoria e insuficiencia renal. Pero Russell no era un ciudadano común: era también un preso condenado a muerte por asesinato que aguardaba la fecha de su ejecución en un penal del Estado.

Al convicto le ofrecieron un trato: el Gobernador del Estado le perdonaría la vida por su «contribución a la causa de la humanidad» a cambio de acceder a realizar el trasplante. No obstante, a Russell le hicieron una advertencia necesaria: aquella era una intervención de altísimo riesgo, ya que hasta entonces no se había realizado nunca antes en humanos. El preso aceptó: al fin y al cabo, no tenía nada que perder. Si su jugada salía bien, Russell salvaría su vida por partida doble.

Al convicto le ofrecieron un trato: se le perdonaría la vida a cambio de «contribuir a la causa de la humanidad» y realizar el trasplante

El trasplante de su pulmón izquierdo fue completado con éxito por el doctor y su equipo. Sin embargo, en cierto modo, la historia se repitió una vez más: 16 días después, el entonces ex convicto falleció por complicaciones en su insuficiencia renal.

Primer trasplante de hígado

En 1963 también se escribió otro hito médico al realizar el primer trasplante de hígado. Su artífice, además, también fue un norteamericano, el doctor Thomas Starzl, hoy considerado como una de las figuras más destacadas de este tipo de procedimientos quirúrgicos. Antes de lanzarse a su puesta en humanos, Starzl había ensayado hasta la saciedad su técnica en animales. El momento, finalmente, llegaría el 1 de marzo de 1963: ese día se produjo el primer trasplante hepático en una persona en el Veteran’s Hospital de Denver. Su paciente, un niño de 3 años con graves deficiencias congénitas, pudo recibir el órgano de otro niño que había fallecido a causa de un tumor. Desgraciadamente, el pequeño receptor no lo logró: murió cinco horas después de la intervención.

Unos meses después, Starzl repitió el procedimiento con un adulto. En él, los resultados mejoraron, si bien moderadamente: logró sobrevivir con su nuevo hígado 22 días. La especial complejidad de este tipo de trasplantes hizo que la ciencia no consiguiera buenos ratios de supervivencia hasta dos décadas después de estos primeros intentos. La historia de Starzl es, en realidad, la historia de los tambaleantes primeros pasos de la ciencia.

Hoy, la carrera por alargar la vida humana mediante el reemplazo de órganos enfermos por otros sanos continúa. En el horizonte se sitúan la ingeniería genética, el transhumanismo, la posibilidad de usar órganos completamente artificiales, y quién sabe si la transferencia de la mente –o la esencia humana, si es que existe– a una especie de archivo informático insertable en nuestros cuerpos, como muestra la serie Altered Carbon. Es necesario que permanezcan atentos los observadores externos: todo puede suceder en materia de monolitos y de trasplantes.

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