Opinión

Bullshit (o cómo ir contra las mentiras)

En ‘Bullshit: contra la charlatanería’ (Capitan Swing), dos profesores de ciencias nos brindan herramientas para desmantelar la desinformación y pensar con claridad en un mundo de noticias falsas y datos erróneos.

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29
Oct
2021
fake news

La pregunta esencial sería: ¿qué es exactamente bullshit? A veces, en inglés, la gente utiliza este término de la misma forma en que los niños dicen «eso no vale» para describir algo que no les gusta. Usado de esta forma, el término puede aplicarse, por ejemplo, al gol que le marcan de rebote a nuestro equipo de fútbol, o a la multa que nos ponen cuando solo ha pasado un minuto desde que se agotó el ticket de la zona de aparcamiento.

Otras veces, el término se aplica a algo que provoca una injusticia: una adjudicación pública que se ha realizado valiéndose de la corrupción política, el sobreseimiento injustificado de una causa penal, una ley que va en contra de los derechos y de las libertades civiles básicas, etc. Luego está el lenguaje que se utiliza para suavizar las malas noticias y, más en general, para que fluyan las relaciones sociales: «Tu lasaña estaba deliciosa. Tienes que darme la receta », «¡Qué niño tan mono!», «No es por ti, es por mí», «Este corte de pelo te queda genial», «Tu llamada significa mucho para nosotros», «Fue una velada encantadora». Todas estas frases son bullshit, pero no el tipo de bullshit que aquí nos interesa.

Las promesas insinceras y las mentiras descaradas se acercan un poco más al objetivo que perseguimos: «Leed mis labios: no subiré los impuestos», «Cariño, voy a volver a tener que quedarme a trabajar hasta tarde esta noche», «No he consumido», «Este coche es una ganga, está en muy buen estado. Su anterior dueña era una señora mayor que solo lo usaba para ir a misa los domingos», «He leído y he aceptado los términos y condiciones anteriores». Sin embargo, estas afirmaciones se acercan más a las mentiras puras y duras que al bullshit.

Pero las mentiras a menudo resultan más persuasivas cuando se adornan con detalles superfluos; estos detalles se acercan bastante a lo que nosotros llamamos bullshit. Un amigo llega con 25 minutos de retraso al bar donde os habéis citado porque se ha entretenido viendo vídeos de YouTube y ha salido media hora tarde de casa: «Siento llegar tarde, el tráfico estaba fatal. Un atasco de mil demonios… Un autobús se había quedado atravesado y un coche le ha dado por detrás, bloqueando los dos carriles… En fin, para qué te voy a contar… ». La primera frase es claramente una mentira, las siguientes son bullshit.

A veces, alguien nos pone en un aprieto y no tenemos nada que decir para salir airosos

Harry Frankfurt, el filósofo del que hablamos en el prefacio, llevó la definición de bullshit un poco más lejos. Describía el bullshit como lo que la gente genera cuando trata de impresionar o de persuadir a alguien, sin importar si lo que se está diciendo es cierto o falso, correcto o incorrecto. Pensemos, por ejemplo, en un trabajo de bachillerato sobre un libro que ni siquiera has leído, o en un comentario sobre la visión artística de un prometedor pintor moderno, o en el rollo que te suelta un ‘friki’ de Silicon Valley para convencerte de que asistas a la charla TED en la que va a presentar su última start-up. La intención puede ser engañar, pero no es necesario que sea así. A veces, alguien nos pone en un aprieto y no tenemos nada que decir para salir airosos. El bullshit que producimos bajo esas circunstancias es poco más que «llenar el espacio con lo intrascendente».

El bullshit puede ser totalmente absurdo. Otro filósofo que se ha ocupado de él, G. A. Cohen, señala que gran parte del bullshit –en concreto en el campo científico— tiene tan poco sentido y está tan encubierto por la retórica y el lenguaje enrevesado que nadie es capaz de criticarlo. Por tanto, para Cohen, el bullshit es «una no claridad –oscuridad– inaclarable». 

Lo que tienen en común estas nociones sobre el bullshit es que el hablante pretende persuadir o impresionar al oyente u oyentes, más que revelarles alguna verdad. El emisor puede realizar este acto de habla con una intención activa de ofuscar o puede simplemente decir tonterías para ocultar que no sabe nada en realidad sobre el tema del que está hablando. Algunos autores hacen una distinción clara entre el bullshit persuasivo y el bullshit evasivo. El primero tiene como objetivo transmitir un exagerado sentido de habilidad o autoridad sobre un tema, mientras que el segundo trata de evitar responder directamente a una pregunta que se preferiría eludir.

Aunque no ha escrito directamente sobre el bullshit, el sociólogo de la ciencia Bruno Latour ha tenido gran influencia en la formación de nuestras ideas acerca de cómo la gente engaña a su audiencia. Latour contempla las dinámicas de poder que se dan entre un escritor y su lector. La idea de Latour es que hay una intención subyacente en los autores de no ficción de parecer conocedores de lo que afirman. Una buena forma de hacerlo es ser correcto, pero eso no es necesario ni suficiente. Correcto o no, un autor puede adoptar una serie de tácticas para hacer que sus afirmaciones sean irrefutables para sus lectores, quienes a su vez se esfuerzan por no ser embaucados.

Por ejemplo, el autor puede reunir un ejército de aliados citando a otros escritores que apoyan su punto de vista o cuyo trabajo se basa en él, de tal modo que, si cuestionamos sus palabras, tengamos la sensación de estar cuestionando a todos los demás. El autor puede también desplegar una jerga sofisticada. La jerga puede facilitar la comunicación técnica dentro de un determinado campo de investigación, pero también sirve para excluir a aquellos no iniciados que no pertenecen al pequeño núcleo de una determinada disciplina.

«El bullshit efectivo es difícil de verificar y de desmentir»

De forma muy acertada, Latour cree que las afirmaciones científicas suelen basarse en los resultados de unas «cajas negras» metafóricas que son difíciles –si no imposibles— de penetrar para el lector. Estas cajas negras suelen implicar el uso de un equipo especializado y a menudo costoso, así como de unas técnicas que requieren la inversión de mucho tiempo. Por una parte, estas técnicas no están fácilmente disponibles, y por otra, está ampliamente aceptado que cuestionarlas representa una especie de herejía científica.

Si nosotros escribiéramos un artículo en el que afirramos que determinadas variantes genéticas están asociadas a la vulnerabilidad respecto al bullshit, un escéptico podría razonablemente argumentar que la muestra de población seleccionada, la forma en que hemos medido la susceptibilidad al bullshit o el método estadístico empleado para cuantificar dichas asociaciones no son los adecuados. Sin embargo, la biotecnología utilizada para obtener las secuencias de ADN de las muestras de sangre sería tratada como un caso típico de caja negra. En principio, un escéptico también podría cuestionarla, pero si lo hiciera estaría desafiando a la comunidad científica y, más importante aún para nuestro propósito, necesitaría tener acceso a un equipo sofisticado y a una amplia experiencia técnica en genética molecular.

Latour no está diciendo que estos aspectos de la ciencia académica impliquen que toda la investigación sea bullshit, y nosotros, por supuesto, tampoco lo decimos. Lo único que dice es que la ciencia es mucho más que una simple búsqueda desapasionada de la verdad (un tema este al que volveremos en el capítulo 9). Lo importante acerca de la idea de las cajas negras de Latour es que nos permite ver que hay una fuerte analogía con lo que hacen muchos hablantes cuando generan bullshit de forma efectiva. Las mentiras descaradas suelen ser fáciles de detectar y de refutar. Pero el bullshit efectivo es difícil de verificar y de desmentir: puede actuar como una de las cajas negras de Latour, ejerciendo de escudo protector ante una hipotética investigación futura sobre el contenido de lo dicho.

Supongamos que un amigo te dice: «De promedio, el sueldo de la gente que tiene gatos es mucho más alto que el de la gente que tiene perros». Resulta muy fácil decir que esta afirmación es bullshit, pues no se sostiene por sí misma. Y, de hecho, cuando le digas a tu amigo que eso es una chorrada, él se reirá y te dirá: «Bueno, vale, me lo acabo de inventar».


Este es un fragmento de ‘Bullshit: contra la charlanería’ (Capitan Swing), por Carl T. Bergstrom y Jevin D. West.

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