Sociedad

Fieles a la realidad, ¿o a nosotros mismos?

¿Vemos todo lo que hay o solo lo que queremos ver? Hasta los filósofos y teóricos más antiguos han especulado sobre la autenticidad de lo que llamamos ‘nuestra realidad’. Los sesgos cognitivos que dirigen en múltiples ocasiones nuestro cerebro corren el peligro de desembocar en el aislamiento y la intolerancia.

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02
Jun
2021
cerebro

¿Vemos la realidad como queremos, o como realmente es? ¿Deforma nuestro cerebro el mundo a nuestra imagen y semejanza? Hasta los más antiguos filósofos y artistas han reflexionado sobre estas preguntas en torno a la intrincada existencia de la realidad. Platón, por ejemplo, creía que la vista era la consecuencia de la emisión por parte del ojo de pequeñas partículas que, a modo de fuego visual, entraban en contacto con la capa sutil del objeto delante de nosotros, produciendo así su interpretación. La especulación del griego, aunque llamativa, queda hoy desechada por la ciencia.

La respuesta es clara. «Desde los estudios de los psicólogos de la Gestalt es evidente que la percepción del mundo es, en gran medida, una construcción de nuestra mente», señala Rubén Moreno, investigador de neurociencia en la Universitat Pompeu Fabra y autor de ¿Cómo tomamos decisiones? Los mecanismos neuronales de la elección. En resumidas cuentas, la percepción es un conjunto de procesos relacionados con la estimulación de nuestros sentidos que, a su vez, obtienen información respecto al entorno que nos rodea. «Aunque recogen de manera neutra energías externas, la percepción consiste en una interpretación de las mismas en forma de superficies, texturas y objetos. Generamos modelos de realidad que pueden ser muy certeros, pero que también pueden dar lugar a ilusiones ópticas muy potentes, como la percepción del color, que depende de forma muy complicada del contexto de otros colores, reflejos y objetos», añade el experto.

Taylor: «Si solo se reconoce como única realidad la propia estamos alcanzando la intolerancia»

Lo explica de forma similar Jordi Fernández Castro, profesor de psicología en la Universitat Autònoma de Barcelona, que reflexiona sobre la capacidad del cerebro para dar una explicación a los objetos que estamos observando en todo momento. «Sabemos que puede captar cambios en estímulos físicos objetivos, pero toda esa información no nos sirve de nada si no relacionamos unos cambios con otros organizando patrones y esquemas», asegura. «Comprender la realidad siempre es una interpretación subjetiva, pero puedes contrastar tu interpretación con las evidencias para saber si es más o menos ajustada».

Tal como defiende también el psicólogo norteamericano Jim Taylor, ‘percepción’ y ‘realidad’ tienen significados muy diferentes. La primera tiene lugar en la mente, mientras que la segunda existe fuera. Matiza sus declaraciones, no obstante, a través de un peligro: si bien la percepción no es la realidad per se, ésta sí puede convertirse en la propia realidad de un individuo. La situación política actual en las democracias occidentales lo refleja, según Taylor: nadie ha conseguido, por ejemplo, demostrar que en una pizzería de Washington el Partido Demócrata haya establecido una red de abuso sexual y sacrificio de niños en honor al demonio y, sin embargo, una considerable parte de la sociedad estadounidense abre presta sus orejas a conspiraciones tan disparatadas como esa (Pizzagate).

«Un problema inmenso a un nivel social es que, cuando diferentes individuos desarrollan percepciones sumamente distintas, nunca se encontrarán en un punto medio. Esta desconexión se ejemplifica en el clima político actual», explicaba Taylor el año pasado. El peligro radica, sin embargo, en hacer de nuestras percepciones una interpretación monolítica. «Las personas percibimos la realidad de forma subjetiva, pero pensamos que nuestra interpretación es objetiva. Creemos que percibimos la realidad, cuando lo que hacemos es percibir una determinada interpretación de la realidad. Si no se reconoce que cada persona puede tener un punto de vista diferente se llega al punto de que la única realidad posible es la mía y a la acusación de que el otro no tiene razón. Esto lleva a la intolerancia», defiende Castro.

Un cerebro sesgado

La percepción de un individuo es subjetiva, selectiva y temporal. Subjetiva porque las reacciones a un mismo estímulo varían de una persona a otra, selectiva porque el sujeto no puede percibirlo todo al mismo tiempo y temporal porque el fenómeno perceptivo funciona a corto plazo. Nuestro cerebro, analiza, sintetiza, convierte e interpreta; es decir, filtra. Es aquí donde entran en juego los llamados ‘sesgos cognitivos’: mecanismos que permiten desarrollar modelos simplificados de la realidad. «Cuanto más compleja es la realidad que queremos describir, más complejo será el modelo de realidad y, por ende, más posibilidades tendrá de ser incorrecto. Un modelo de realidad incorrecto es lo que da lugar a sesgos cognitivos, como pensar que una persona negra es más peligrosa que un blanco o sobreestimar la posibilidad de ganar la lotería. Estas realidades son muy complicadas y nuestro cerebro intenta describirlas con unos recursos limitados, dando lugar a sesgos», explica Moreno.

Castro: «Nuestro cerebro usa formas de pensar que nos ahorran tiempo y esfuerzo, como el hecho de prestar más atención a lo negativo que a lo positivo»

Los sesgos, así, actúan como un impulso instintivo, una serie de actuaciones automáticas que influyen en nuestras percepciones sin que nos demos cuenta –al menos, en un primer momento–. Son atajos que pueden resultar arriesgados. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el sesgo de confirmación, o la tendencia a buscar solo la información que confirma lo que, en realidad, ya hemos decidido pensar. La relevancia de estos para interpretar la realidad es tal que su estudio se lleva a cabo en campos tan diversos –y, en apariencia, poco relacionables– como el control de gestión, el derecho, los juegos de azar, los diagnósticos médicos o incluso los sistemas de contabilidad. De hecho, son fundamentales en el ámbito económico porque sirven para comprender las decisiones de los individuos. Por ese motivo el psicólogo responsable de su descubrimiento, Daniel Kahneman, recibiera el premio Nobel de economía en 2002.

«Si uno tuviese que reflexionar sobre todos los asuntos del día no haría nada. Por lo tanto, nuestro pensamiento termina por usar ciertos atajos, formas fáciles de pensar que nos ahorran tiempo y esfuerzo, como el hecho de prestar más atención a lo negativo que a lo positivo, crear dicotomías, identificar reciente con frecuente o generar estereotipos», señala Castro. El mundo, como enorme caos, necesita ser ordenado en nuestro cerebro. Es por ello por lo que nuestras percepciones difieren de un individuo a otro, si bien la realidad, a pesar de todo, continúa siendo la misma. El reto consiste en evitar convertir nuestra percepción personal en nuestro universo cerrado.

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