Derechos Humanos

Excluidos e invisibles: la realidad de Moria y las políticas de asilo europeas

«Existen más campos de refugiados precarios en otras islas griegas donde miles de personas quedan atrapadas indefinidamente cada año», denuncian desde Médicos Sin Fronteras.

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07
Oct
2020
Moria MSF

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«No queremos volver a ver un nuevo Moria» fue la reacción instintiva de los líderes europeos tras el incendio que devastó el Centro de Recepción de Lesbos el 9 de septiembre. Aquel desastre no fue una sorpresa, sino la consecuencia fatal –y, tristemente, inevitable– de las políticas de disuasión y contención de la UE, que crearon campos superpoblados y con escasos recursos en las islas griegas del Egeo. La Unión ha aplicado estas políticas a cualquier coste y por cualquier medio, sin importar el sufrimiento que causan.

La política de contener a los solicitantes de asilo que llegan a Europa y disuadir a otras personas de emprender el viaje siempre dará lugar a nuevos Morias. Les resulta cómodo a los líderes de la UE mirar hacia otro lado, hasta que un incendio como el de septiembre les hace sentarse, prestar atención y manejar públicamente su culpa, generalmente con la promesa de reubicar a unas pocas decenas de niños o enviar dinero y otras ayudas.

«Lesbos ya tiene un nuevo Moria improvisado que acoge a 10.000 personas»

Pero Lesbos ya tiene su nuevo Moria en forma de un campamento improvisado que alberga a 10.000 personas. Y no es el único: siguen existiendo más campos de refugiados precarios en otras islas griegas donde miles de personas quedan atrapadas indefinidamente cada año.

El mismo ciclo de miseria en Samos

Cualquier persona que se vea obligada a vivir en el centro de recepción de Vathy, en la isla de Samos, sigue enfermando, corriendo peligro cada día y viéndose obligada a sobrevivir sin los suministros más básicos. Su única esperanza sigue siendo una solicitud de asilo que puede tardar meses –o años– en ser siquiera considerada, con escasas posibilidades de prosperar y sin ninguna promesa de integración, incluso si su solicitud de asilo es finalmente reconocida.

Esta es la experiencia de quienes acuden a las clínicas de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Samos. Les brindamos atención médica básica, pero sabemos que cuando estas personas regresen a sus hacinados refugios, volverán a sentirse atormentadas, enfermarán por las miserables condiciones en las que se ven obligadas a vivir y se desesperarán. Esta realidad es conocida por las autoridades griegas, los líderes europeos y los mecanismos financieros que la permiten. Los solicitantes de asilo y los refugiados confinados en las islas griegas siguen resultando excluidos e invisibles, porque esto es lo que mejor funciona para la política de migración de la UE. Solo se hacen visibles cuando se les acusa de alborotadores, de constituir un peligro para la salud pública o de ser beneficiarios de la ayuda de la Unión.

«Los centros de recepción europeos nunca han sido seguros»

¿Alguien cree realmente que la gestión de las llegadas y el procesamiento de las solicitudes de asilo y refugio supera las capacidades de los Estados europeos? Durante años, los equipos de MSF en Samos y Lesbos han sido testigo y han tratado el sufrimiento inconmensurable que han generado estas políticas. Tenemos pruebas de que el sistema existente y las medidas de disuasión y contención causan un daño y desesperación sistémicos, y despojan de la dignidad humana innata a quienes están atrapados en ellas. Los centros de recepción nunca han sido seguros. Las personas que viven en ellos nunca han tenido un acceso adecuado a la atención sanitaria.

La COVID-19 empeora la situación

En la actualidad, hay unas 4.500 personas en Vathy. El centro tiene una capacidad para 650. Entre ellas hay niños, pacientes con problemas de salud crónicos y personas cuyas vidas estarán en peligro si se exponen a la COVID-19. Con el brote de coronavirus en el campo, estas personas están en un peligro real.

«El sistema existente y las medidas de disuasión y contención causan un daño y desesperación sistémicos»

MSF proporciona la mayor parte del agua potable y de los baños a la zona que rodea el centro de recepción oficial. La atención médica depende casi exclusivamente de las organizaciones humanitarias y de unos pocos funcionarios que se han quedado sin apoyo alguno de su Gobierno durante meses.

En este año de pandemia, el plan para Samos es el mismo que en cualquier lugar que involucre centros de recepción: cuarentena y aislamiento. Todos los demás problemas que coexisten no conciernen a nadie: dolor acumulado, exposición al peligro, ausencia de derechos, exclusión y miedo constante a ser olvidado en un centro cerrado que mantiene a la gente confinada en condiciones lamentables.

Para frenar los movimientos de personas que migran y satisfacer una necesidad mal definida de asegurar sus fronteras, la UE utiliza –y abusa– de un sentido de la urgencia y el desastre para justificar más restricciones. Europa está institucionalizando la degradación y sistematizando la contención y la disuasión.


Iorgos Karagiannis es coordinador de Médicos Sin Fronteras en Grecia.

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