Sociedad

Cómo evitar el conflicto familiar a través de la mediación

Los procesos de mediación son una vía aún desconocida para solucionar los conflictos familiares antes de llegar a los tribunales.

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 5 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
23
Jul
2019
mediacion

Todos sabemos lo que es un conflicto y los cambios que supone en nuestro estado de ánimo: lo hemos experimentado en muchos momentos de nuestra vida y en contextos diferentes, desde el trabajo a la familia, pasando por nuestros amigos o nuestra pareja. Cuando la emoción es muy intensa y perdura, como ocurre cuando se está en conflicto, se produce una desconexión entre el cerebro pensante y el emocional, de manera que los sentimientos tienen lugar sin que el primero se entere. En esta situación las personas tienen dificultad de atender, escuchar, percibir la situación con cierta objetividad y decidir lo que más les conviene.

Una pareja con hijos, después de varios años de vida en común, se separa. Uno toma la decisión, convencido de que es la mejor solución, pero el otro no entiende qué ha pasado. Una misma historia, percibida de forma distinta,  desencadena emociones encontradas que afectan a sus relaciones parentales dificultando los acuerdos sobre cómo seguir cuidando a sus hijos o cómo repartir sus bienes.

Un empresario muere y deja la empresa a sus dos hijas. Una de ellas trabaja en el negocio familiar, pero la otra tiene una actividad distinta. El conflicto surge cuando la primera considera que tiene derecho a ser recompensada por la inversión en tiempo y esfuerzo dedicados a la empresa, ya que su hermana se ha se ha beneficiado de la rentabilidad que ella le ha sacado. Sin embargo, la otra parte no ve por qué exige esa recompensa si ya cobra un sueldo por esa función, y se queja de no haber recibido ningún agradecimiento por no intervenir en los negocios familiares, facilitando la libertad de actuación de su hermana.

Tres hermanos discuten por la diferente manera de entender cómo debe realizarse el cuidado de una madre mayor. Uno entiende que estaría mejor cuidada en una residencia, otro piensa que permanecer en su casa con una cuidadora sería una ayuda más efectiva y el tercero cree que deberían tener a la madre con ellos, por turnos…. Todos desean lo mismo, que la madre esté cuidada, pero el conflicto surge cuando cada uno piensa que su opción es la mejor y conceden una intención perversa a la opción de los demás.

Estos y otros escenarios ejemplifican situaciones conflictivas que, aunque tocan diferentes temáticas, comparten elementos comunes: las formas distintas de entender lo que ocurre y por tanto de solucionarlo, la creencia de que la visión propia es la manera correcta (y que los otros están equivocados), y que por eso la opinión propia debe imponerse para sacar a los otros de su error al precio que sea.

Según ATYME, la mediación ha conseguido que el 84% de las parejas que optan por la mediación lleguen a un acuerdo

El conflicto, más que un hecho en sí, es un proceso que se inicia cuando se percibe incompatibilidad entre las metas, intereses o valores entre personas interdependientes, de manera que impida que cada una pueda conseguir lo que desea sin contar con la otra. Este es el primer elemento del conflicto: el hecho de que se perciba indica que hay un ingrediente subjetivo que no necesariamente tiene que ser real. Nuestras percepciones son distintas porque nuestras experiencias también los son y, al explorar la realidad externa, vemos solo una parte de ella y la filtramos con nuestra experiencia, creencias y valores, haciendo que veamos lo que queremos ver. Cuanto más diferentes sean los filtros de las personas que interactúan, mayor será la diferencia presentada en las interpretaciones de esa realidad, más difícil será la comunicación entre ellas y más probable que el conflicto surja.

La manera de interpretar la incompatibilidad hace que surja el segundo elemento de estas situaciones, la activación emocional. Las personas en conflicto experimentan un sentimiento de hostilidad que se intensifica en función del aumento de la implicación emocional, lo que dificulta un tratamiento racional del asunto y refuerza las propias creencias, las legitima, adecuando la realidad a las propias emociones para hacerlas acorde con la propia percepción.

La tercera dimensión del conflicto es la forma de expresarlo a través de conductas verbales y no verbales, generalmente agresivas, que no solucionan el problema, sino que lo incrementan. Cuando el malestar se instala, se produce un escalamiento como resultado de un círculo vicioso de acción y reacción, de manera que se genera una espiral donde cada una de las personas implicadas responde, lo que a su vez sirve de estímulo al primero, favoreciendo el enfrentamiento y dificultando una posible salida.

Conflicto y relaciones de pareja

Los conflictos en el terreno familiar funcionan con la misma trayectoria que el resto, aunque con una diferencia: son los más personales de todos, ya que el excesivo conocimiento que tienen entre sí sus miembros por la cercanía de las relaciones hace que en este escenario se construyan emociones altamente positivas… pero también se desaten emociones muy negativas. A la cercanía personal también hay que considerar la duración de la convivencia y los cambios que se producen en las personas, en los distintos ciclos por los que atraviesan las parejas y las familias, haciendo que los conflictos que se creían superados en una etapa cobren vida de nuevo en otra.

Una vez instalado el conflicto, las amenazas favorecen el enfrentamiento y disminuyen la probabilidad de solucionarlo

El conflicto de pareja, como el resto, presenta un coste emocional que se intensifica en función de la duración de este. Se inicia con un problema personal sobre la duda de separarse o no, acompañada por sentimientos de desilusión e insatisfacción que conducen al distanciamiento. A partir de ahí, la persona que presenta la duda va mandando mensajes de quejas sobre la relación, elaborando su historia con argumentos confirmatorios de la no respuesta a sus quejas hasta llegar a conflicto emocional, legal, económico, coparental y social, y considerar la separación como la mejor opción, mientras que su pareja no es consciente de estas quejas y atribuye los cambios observados a elementos externos que no tienen que ver con la relación. Cuando la duda se disipa y se consigue restablecer la consonancia mental y decide separarse, el conflicto se convierte en interpersonal al no compartir uno de ellos esa decisión. La versión de las historias no coincide: uno cree que la relación de pareja ha sido dura y con muchos problemas, y considera que ha hecho todo lo posible para que funcione, dando múltiples avisos a su pareja acerca del peligro, no teniendo más remedio que decidir dejar la convivencia. El otro no se explica lo ocurrido, no ve los motivos que han llevado a su pareja a tomar esa decisión y valora su relación como buena, normal, con los conflictos habituales y asegura no haber recibido ninguna señal de peligro.

En la práctica, las dificultades que se les presentan a las parejas que dejan la convivencia son, principalmente, la falta de acuerdo en la toma de decisión y la dificultad de separar las funciones parentales de las de pareja. Respecto a la primera, las personas perciben de manera distinta el cambio: el que toma la decisión se siente motivado para avanzar, aunque le suponga un gran esfuerzo porque lo ve como algo positivo para estar mejor o como una oportunidad para ser feliz; pero el que no ha tomado la decisión no lo entiende, lo vive como algo temeroso y se aferra a la situación conocida. Esto se complica si la persona que solicita el cambio no tiene seguridad en su decisión y muestra un comportamiento ambivalente que despista a su pareja y alarga la situación difícil por la que atraviesan.

La segunda dificultad es no diferenciar pareja y familia, creyendo que, si la primera rompe, la segunda se destruye, con el consiguiente daño emocional para los menores. La consecuencia inmediata es que, si uno no quiere continuar en pareja, eso significa que tampoco quiere continuar ejerciendo como padre o madre: romper la relación de pareja lleva implícito el deseo de romper con las responsabilidades parentales ante los ojos de la persona que se siente dejada, por lo que sus actuaciones irán destinadas a obstaculizar los acercamientos de este desertor familiar. Una vez instalado el conflicto, las amenazas y contra amenazas favorecen el enfrentamiento y disminuye la probabilidad de una posible salida. Cuando el escalamiento perdura, se va generando una mayor implicación, el retorno parece imposible y se produce el atrapamiento. Al final, el coste ha sido muy superior a las concesiones que hubieran llevado al acuerdo.

El litigio judicial

El proceso de ruptura se desarrolla a lo largo de un tiempo con etapas diferentes y emociones y comportamientos variados, donde debe revolverse un conflicto legal y otro emocional enmarcados en una temporalidad distinta, por lo que las soluciones no pueden ser parciales y deben abarcar ambos aspectos. La intensidad de los sentimientos y la falta de información sobre cómo salir de la situación, coloca a las parejas en una situación de indefensión y ven a la justicia como solucionadora de sus conflictos. En realidad, las personas recurren a la ley con la esperanza de objetividad y de justicia, delegando en otros para que realicen la batalla, pero sus expectativas no suelen cumplirse y la decepción hace que la intensidad emocional se incremente, la racionalidad descienda y con ella la posibilidad de utilizar criterios personales más lógicos para abordar su situación.

La mediación mira más allá de lo que las partes dicen y del cómo lo dicen y compatibiliza sus intereses

El litigio es un conflicto judicializado, visto y analizado a través de un único enfoque: el marco legal y judicial, basado en el concepto suma cero que favorece la confrontación, impide la comunicación y promueve la intransigencia. Si el contexto emocional dificulta la gestión del conflicto, el contexto legal adversarial tampoco resulta útil para darle salida. El litigio no parece servir para ello por sus limitaciones para gestionar adecuadamente los aspectos no jurídicos, ya que el conflicto va más allá de la ley o los tribunales. Necesitamos una explicación que sirva para construir un nuevo paradigma del conflicto en base a la complejidad de los seres humanos y donde la noción de realidad y la del observador sufre un cambio. Ya no se acepta que podamos conocer una realidad única, sino que existen tantas como modos de vivir surgen en cada ser.

¿Por qué apostar por la mediación?

La mediación es una fórmula pacífica de trabajar los conflictos donde el protagonismo lo tienen las personas. Si se compara con el procedimiento legal, se caracteriza por tres elementos favorecedores de la cooperación: ofrece una concepción positiva donde los intereses de ambas partes son tenidos en cuenta; favorece la comunicación entre las partes, proporcionando herramientas y un lugar neutral y privado; y potencia la participación de las partes, fortaleciendo la responsabilidad.

Las ventajas que la mediación ofrece, si se la compara con la vía legal, son de un menor coste económico y emocional, una resolución más rápida del conflicto, con acuerdos más satisfactorios que se mantienen en el tiempo, además de posibilitar el mantenimiento de las relaciones futuras entre las partes. La mediación proporciona un buen método para trabajar los conflictos y es importante porque permite a las partes gestionar a ellas mismas y de manera más adaptativa sus emociones. Además, utiliza la negociación en lugar del enfrentamiento y de la coerción para conseguir el respeto a la norma -consiguiendo una solución pactada que se cumpla más fácilmente- y reconoce las necesidades, aunque éstas se presenten con posiciones enfrentadas.

La mediación mira más allá de lo que las partes dicen y del cómo lo dicen y hacen emerger sus intereses y necesidades haciéndolos compatibles y viables. En realidad, el verdadero valor de la mediación no está en motivos instrumentales, como el de proporcionar un menor coste económico o emocional, sino en su valor moral: en el proceso de mediación, las personas que están en disputa tienen la autoría de sus acuerdos, estableciendo y asumiendo los derechos y obligaciones, siendo una manera de abordar los conflictos que facilita y pone en valor una manera más completa de ejercer la dignidad humana, es decir, el derecho de la persona a regirse por sus propios principios.

La mediación es una medida idónea para los conflictos familiares porque coloca a las personas en una mejor situación para poder comunicarse

El conflicto que se produce cuando la pareja se separa es inevitable, y la forma de resolverlo mediante la coacción no ayuda a darle salida. Acudir a la vía legal supone otra forma fallida de abordarlo, ya que nuestras leyes procesales se basan en la acusación y en la defensa, manteniendo un sistema de confrontación poco adecuado que involucra a los menores en el conflicto legal e incrementa el problema emocional. La mediación es una medida idónea para los conflictos familiares porque coloca a las personas en una mejor situación para poder comunicarse, dando respuesta a lo que ellas esperan -conseguir acuerdos- y ofreciendo una forma de hacerlo respetuosa e igualitaria en el trato. Además, potencia el sentimiento de coparentalidad, propiciando la responsabilidad de ambos padres al sentirse parte activa en la vida cotidiana de sus hijos.

Los resultados obtenidos en la Fundación ATYME indican, que la mediación ha resultado una fórmula adecuada para abordar los conflictos, consiguiendo que el 84% de las parejas que han comenzado el programa terminen con acuerdos y que el 93% los mantenga. Además de estos resultados cuantitativos, la mediación ha servido para proteger a los menores del conflicto emocional de la pareja y alejarlos del enfrentamiento judicial, además de fomentar la coparentalidad y la cultura del pacto.

La mediación no es una solución para todas las situaciones conflictivas pero sí debería utilizarse como medida previa, ya que supone la introducción de una lógica positiva para afrontar los problemas donde las partes asumen el compromiso y la voluntad de la autodeterminación. Es una cultura del pacto que toma relevancia sobre la confrontación, al mismo tiempo que devuelve el protagonismo a los interesados.


(*) Trinidad Bernal es directora de la Fundación ATYME y del Centro de Resolución de Conflictos APSIDE

ARTÍCULOS RELACIONADOS

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME