Opinión

La tecnología y el fin del mundo (actual)

En el libro El fin del mundo tal y como lo conocemos, Marta García Aller analiza la transformación digital y los cambios culturales, tecnológicos y económicos que nos esperan.

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12
Oct
2018
tecnologias
Marta García Aller

El siglo XX despidió países que parecían eternos, preceptos morales que habían durado mil años y dogmas científicos que resultaron no serlo tanto. Y en el futuro cercano del siglo XXI también diremos adiós a muchas de esas tecnologías, costumbres e ideas que nos han rodeado desde que nacimos. En el libro ‘El fin del mundo tal y como lo conocemos’ (Planeta), Marta García Aller charla con expertos de prestigio mundial y ciudadanos de a pie para analizar la transformación digital que vivimos y los cambios culturales, tecnológicos y económicos que nos esperan.

Consideramos avance tecnológico todo aquello que se inventó después de que nosotros naciéramos. Luego lo incorporamos al paisaje sin darle mayor importancia porque lo hemos visto ahí desde que alcanzamos a recordar. Las tecnologías más poderosas son aquellas cuyo misterio desaparece porque se dan, como los mejores amigos, por hecho. Se introducen en nuestra vida cotidiana hasta que son indistinguibles de ella. La electricidad es el mejor ejemplo. Empezó a extenderse en el siglo XX para iluminar las casas y las calles. Poco a poco fue permeabilizando su poder hasta volverse imprescindible para todo.

Internet va camino de alcanzar ese estatus de invisibilidad. A principios de este siglo, conectarse a la red aún era tan aparatoso que hasta hacía ruido. La idea de que internet sonaba también divierte mucho a los más jóvenes. No sospechan que antes había que conectar el ordenador a la red por la línea telefónica y aquello sonaba como si los extraterrestres estuvieran tratando de decirnos algo a través del módem del salón. No puedo explicárselo a los alumnos con el ejemplo de Encuentros en la tercera fase, la película de Spielberg de 1978, porque tampoco la han visto. También es muy del siglo XX, cada vez más lejano para ellos.

En la última década, sin embargo, la conexión a internet ha pasado de los ordenadores al bolsillo gracias a los móviles. Y cada vez está en más coches, neveras y hasta en los cepillos de dientes. De hecho, estas tecnologías ya se están integrando en las paredes de las casas, hasta en los nuevos termostatos inteligentes, y pronto serán tan ubicuas e invisibles como la luz y el agua corriente. Todo funcionará con internet con la misma naturalidad con que vivimos rodeados de pilas y enchufes. Y eso lo cambiará todo.

Apenas transcurrida una generación, no solo compramos por internet, sino que hay muchos sectores que están desapareciendo a pie de calle. El fin de las tiendas, tal y como se concibieron en el siglo XX, ya se está produciendo. También la compraventa de drogas, por cierto, está en plena transformación digital. Y a los camellos podría pasarles lo que a los videoclubs si el lado oscuro de la red continúa ganando peso en los negocios ilícitos.

Cuenta Simon Garfield que cuando en 1820 se presentó el proyecto de ferrocarril entre Liverpool y Mánchester, la gente, atónita, creía que los pulmones se le aplastarían por semejante velocidad. ¡Casi cincuenta kilómetros en unas dos horas y veinticinco minutos! Aquella máquina reducía a la mitad el tiempo que lograba el coche de caballos. Aquel portento de la ingeniería que supuso el tren en el siglo XIX provocaba un desconcierto similar al que ahora inspira el supersónico Hyperloop. Pretende este nuevo proyecto de transporte que en la próxima década ya sea posible circular dentro de un cilindro, como una bala en el cañón, a unos mil cien kilómetros por hora. Hyperloop también promete hacer Madrid-Tánger en una hora. ¿Se nos aplastarán los pulmones?

Este es el problema de hablar del futuro. No solo no han llegado todavía las tecnologías que van a cambiarnos la vida en las próximas décadas. Ni siquiera se ha inventado el lenguaje apropiado para entenderlas. Igual que mi abuelo trataba de razonar la capacidad de mi portátil comparándolo con su vieja máquina de escribir Olympia, tendemos a pensar que con las máquinas del futuro podremos hacer lo mismo que ahora, pero más rápido o con más capacidad. Que llegarán mejores teléfonos, ordenadores más potentes y un internet mucho más veloz. Y lo más probable es que no necesitemos nada de esto o ni siquiera lo llamemos así. Igual que hace tiempo que dejó de tener sentido explicar la potencia de un coche imaginándosela en función del número de caballos a los que equivale.

Por eso este libro busca entender lo que se avecina fijándonos en todo aquello que estamos a punto de dejar atrás. Eso sí que lo entenderemos. Y si en el siglo XIX se inventó la puntualidad y en el XX dijimos adiós al típex, ahora va a tocar despedirse de muchas otras cosas. Por ejemplo, del petróleo, de los taxistas y de las cajas registradoras.

No solo las cosas caducan, también las ideas. Y es muy improbable que dentro de veinte años conservemos nociones como las de la privacidad y el reloj biológico, conceptos ambos, igual que Encuentros en la tercera fase, también muy del siglo XX. Y, mucha atención al futurible más inquietante de todos y en el que ya trabajan grandes científicos: el fin del envejecimiento e incluso de la muerte, tema que abordaremos al final del libro.

Por eso este libro no va a adivinar el futuro, sino a mostrar las grandes tecnologías que ya están aquí y cómo nos están cambiando la vida a una velocidad de años de perro. Suceden tantas cosas que cada año que pasa parecen siete. Entendiéndolo mejor podremos prepararnos para lo que viene. Porque el futuro no existe. Solo es una ilusión.

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