Sociedad

Mientras no te olvide

El libro ‘Mientras no te olvide’, de Plataforma Editorial y Sanitas Mayores, recopila doce relatos personales de cuidadores que muestran la realidad del día a día de las personas que viven con alzhéimer. Con motivo del Día Internacional del Alzhéimer, en Ethic reproducimos uno de ellos: ‘El paseo’, de Juan Luis Vera Muñoz.

Autor

Juan Luis Vera Muñoz

Fotografía

Bruno Martins
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21
Sep
2018
alzheimer

Hoy hace buen día y el pueblo está animado. Observo las calles a rebosar de gente que va y viene de sus quehaceres diarios. Unos van más rápido, quizá tengan que hacer alguna compra de última hora o simplemente lleguen tarde al trabajo; otros se lo toman con más calma. Sea como fuere, da gusto ver que en Villarón de la Ensenada hay vida. No me hace mucha gracia caminar porque me canso con facilidad, pero sí disfruto mezclándome con mis paisanos; hoy me va a dar menos pereza salir a dar el paseo. Así pues, boina en testa y bastón en mano, salgo a la calle y me dirijo a la plaza del Pilón, el corazón del pueblo, adonde sin duda ya habrán llegado los más madrugadores.

Avanzo por la calle cuando me adelanta don Félix, alguacil y buen amigo de toda la vida. No ha reparado en mí, no importa, ya me hago yo notar; sin demora, me adelanto y le doy con el bastón en el trasero. Se vuelve sorprendido, pero, al verme, saca a relucir su mejor sonrisa.

–¡Hombre, Isidoro! Tenías que ser tú, ¿quién si no?

–¡Muy buenas, don Félix! ¿Cómo te trata la vida?

–No puedo quejarme, Isidoro, vamos tirando. ¿Y tú, qué te cuentas?

–¿Yo? Estoy muy bien, ya me ves, he salido a dar un paseo.

–Eso está bien. ¡Que tengas un buen día!

Se despide con un ademán y sigue su camino. Es un buen amigo, este don Félix.

–Algún día te van a dar un buen tortazo, con esa manía que tienes de dar a los demás con el bastón.

Me giro en busca de esa voz amable, pero firme. ¡Menuda sorpresa! Ahí está mi hija Alicia, la persona más importante de mi vida. Siento su cariño en la manera en que me estrecha en sus brazos, justo antes de darme dos besos y ofrecerme su brazo para caminar con ella. Ahora sí que no falta nada para que el día sea perfecto.

–Te lo digo de verdad, algún día alguien se va a enfadar contigo.

–¿Por qué?

–Por darles con el bastón.

–¡Bah, por eso no se enfada nadie! Solo es una broma.

Río sin darle importancia al asunto.

–Además, vas a hacer que alguien se tropiece y vamos a tener un disgusto.

No le hago ni caso, mi hija siempre tan preocupada por todo… Y no hay que tomarse las cosas tan en serio, ¿de qué sirve la vida si uno no puede reírse y disfrutar? Bajamos juntos por la calle del Agua cuando se cruza con nosotros doña Anselma, la vecina que vive dos casas por encima de la mía. Tiene un poco de mala uva, pero en el fondo es buena gente. Por supuesto, no dejo pasar la oportunidad de darle con el bastón en la pierna, pero se me desvía un poco y apenas le levanta medio palmo la falda.

–¡Pero bueno!

Se da la vuelta, enfadada.

–¡Qué atrevimiento el suyo! ¡Usted es un sinvergüenza, hombre!

–Discúlpele, señora, que no lo hace con mala intención, es que no se da cuenta –interviene mi hija.

–¡Sí se da cuenta, sí! ¡Mire, mire cómo se ríe, el muy bribón! ¡Habrase visto!

–Cómo se pone usted, doña Anselma –le digo yo, entre risa y risa.

–¡Oiga usted, yo no me llamo Anselma! ¡Que no tiene usted vergüenza! Pues vaya con el señor este, ¡habrase visto!

Y se aleja refunfuñando. Cuando Alicia se gira para reprenderme, me encuentra desternillado de la risa.

–¡Vaya carácter! –le digo a mi hija al oído–. ¿Has visto cómo se ha puesto? Lo que pasa es que estaba enamorada de mí cuando era joven y, como le di calabazas, ahora no quiere ni verme.

Mi hija termina por reír conmigo.

–Anda, vamos y haz el favor de dejar el bastón quieto.

Entramos en la plaza del Pilón, que hoy es un constante bullir de actividad. Mis paisanos ya llenan bancos y poyetes a lo largo de toda la plaza, se respira un ambiente de tranquilidad y alegría. Ya no me acordaba: hoy es día de mercado. No hay muchos puestos, pero cada cual ofrece a los vecinos sus productos y rebajas. Pasamos por delante de uno de ellos.

–Buenos días, Isidoro. ¿Le apetece un zumo de naranja? –me ofrece una de las dependientas, ataviada con un reluciente traje blanco–. Está muy rico y fresquito.

[…]

¡Cuánto movimiento hay en la plaza! Mientras apuro el vaso de zumo, mi mirada sigue el devenir de la gente como quien ve llover; los pies de los viandantes se alternan con las ruedas de las carretas que algunos traen, imagino que para llevarse las viandas del mercado. Hay muchas carretas hoy, pero apenas me fijo en ello, simplemente desfilan ante mi vista absorta como palabras de una conversación lejana o el hilo monótono de la radio cuando no se le presta atención.

–Papá, ¿nos movemos otro poquito?

Casi lo había olvidado, mi hija sigue junto a mí, me observa paciente mientras el vaso ya luce vacío en mi mano. Me anima sentirla cerca de mí. Sin demora, nos ponemos en pie para reanudar el paseo.

–Ey, majete, ¿adónde vas? –le pregunto a mi amigo Rogelio, un vecino del pueblo de al lado que se cruza conmigo.

–¡Hombre, Isidoro! Buenos días, ¿qué tal va todo? –responde con alegría–. ¡Te veo estupendamente!

–No creas, no creas, eso es que me miras con buenos ojos. –sonrío–. La memoria ya no es lo que era. Que los años no pasan en balde y, ya se sabe, uno va perdiéndolo todo menos los pelos en las orejas, que se hacen cada vez más grandes.

Rogelio suelta una alegre carcajada ante mi ocurrencia.

–Papá, déjalo, ¿no ves que tiene que trabajar? –Busco el origen de la voz que me habla con tanta dulzura, me resulta familiar, pero no caigo en quién es… A mi derecha, encuentro a mi hija Alicia, que me observa con un cariño inmenso. Me fijo en que su brazo va sujetando el mío, vuelvo a mirarla a los ojos y siento la calidez de su mirada. No puedo evitar sonreír al verla a mi lado. Ahora sí que no me falta nada para que el día sea perfecto.

–¡No te preocupes, Alicia! Si es un placer hablar con tu padre, siempre lleva una sonrisa en la boca, ¿verdad, Isidoro?

–Hombre, pues claro, ¿para qué vamos a estar tristes? Y tú, ¿qué haces en Villarón?

–Pues ya ves, dando un paseo por tu pueblo, que se está muy a gusto aquí. Mi hija sonríe y yo sigo con la conversación.

–Claro que se está a gusto, Rogelio, ¿has visto cuánta animación hay? Seguro que tu pueblo se encuentra ahora más vacío que un bar en Viernes Santo.

–¡Pues claro! –responde él mientras coloca su mano amistosamente en mi hombro–. Por eso vengo aquí con vosotros, porque se está mucho mejor. ¿Qué tal has dormido hoy?

–¡Como un rey! –exclamo.

–¡Así luces de contento! ¿Y ya has desayunado?

Me quedo pensativo, ¿he desayunado? No lo recuerdo… Alicia asiente con la cabeza cuando la miro en busca de respuesta.

–Ya he desayunado, sí –afirmo convencido–. ¿Por qué? ¿Me ofreces algo?

–Pues ahora mismo, un buen abrazo. –Y así lo hace–. Muy bien, Isidoro, pues ahora a disfrutar de la mañana con tu hija.

–¡Ey, Rogelio! –lo llamo, no se va a marchar sin que le gaste una buena broma–. ¿Has visto lo animado que está esto? Seguro que tu pueblo se encuentra hoy más vacío que un bar en Viernes Santo.

–Así es, Isidoro, así es –asiente él–. Anda, ¡dame otro abrazo!

Se despide también de mi hija antes de marcharse y nosotros seguimos paseando. No paramos en toda la mañana: pateamos el pueblo de punta a punta, nos cruzamos con mucha gente, saludamos a los vecinos, les propino algún que otro bastonazo… Mientras el sol asciende, miro a mi hija. Me acompaña, sujeta mi brazo con ternura, su semblante transmite paz. De pronto, se percata de que la estoy mirando, sonríe y, antes de marcharse a sus tareas, me da un beso de despedida. Me siento feliz.

* * *

–Alicia, ¿qué tal está tu padre? Se detuvo para que Rosanna pudiese alcanzarla, y se dirigieron juntas hacia la salida.

–Está muy bien, ya sabes, encantado de estar en su pueblo –respondió Alicia, con una sonrisa cómplice.

–No sé cómo tienes tanta paciencia, la verdad.

–Sí, a veces me vuelve loca con su costumbre de darle a la gente con el bastón, pero es que siempre ha sido un bromista y ahora con el alzhéimer ya no mide las consecuencias. –No, yo no me refería a eso.

Alicia se mostró extrañada. –Entonces, ¿a qué?

–Pues…, ya sabes, a seguirle el rollo a tu padre… No sé cómo puedes soportarlo.

–Mira, Rosanna, fíjate bien.

Ambas se detuvieron y observaron a Isidoro a través de la cristalera. Ahora se reía a carcajadas con dos señoras con las que acababa de sentarse, guiado por aquel a quien él llamaba Rogelio.

–Menuda pieza, seguro que está piropeándolas –dijo Alicia con una sonrisa–. Fíjate en sus gestos, ¿lo ves? Está encantado, se siente rodeado de su gente, de sus vecinos de toda la vida, paseando por las calles del pueblo que lo vio nacer y, lo más importante, convencido de que todo sigue siendo como siempre. Míralo, ¡cómo se ríe! Si tú fueses su hija, ¿le dirías que en realidad esto es una residencia?

La sonrisa emocionada de Rosanna fue suficiente para Alicia: lo había comprendido, no era necesario decir nada más.

[…]

Eran muchos los que ponían en duda si la manera de actuar con Isidoro era la más adecuada. También ella había llegado a cuestionarse su proceder, pero cuando estaba con él, a su lado, cuando contemplaba aquella sonrisa poblada de arrugas y el brillo intenso en sus ojos, entonces sentía que hacía lo correcto.

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