Siglo XXI

«El turismo ya es una preocupación social de primer orden»

Pedro Bravo acaba de publicar ‘Exceso de equipaje’, un ensayo que pone sobre la mesa las consecuencias de un turismo cada vez más masificado e insostenible. Y plantea una pregunta: ¿es posible hacerlo de otra manera?

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Luis Meyer
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21
May
2018
turismo

España es la segunda potencia mundial del turismo, por detrás de Francia. Solo en los dos primeros meses de 2018, recibió más de ocho millones de visitantes, una cifra histórica. Les medios, y la clase política, suelen saludar estas cifras con entusiasmo; la sociedad, cada vez menos: «El turismo masificado genera empleo, pero precario y estacional; aporta músculo a la macroeconomía, pero afecta al mercado de la vivienda; es una oportunidad para el encuentro de personas y culturas, pero puede devenir en invasión», opina el periodista y ensayista Pedro Bravo (Madrid, 1972). En su último libro, ‘Exceso de equipaje’, plantea una serie de preguntas a un problema «cuya solución está en las respuestas», como él mismo advierte: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cuáles son las claves del sector? ¿Cuáles son sus beneficios? ¿Cuánto turismo es suficiente y cuánto es demasiado? ¿Cómo nos afecta? ¿Se puede hacer de otra manera? ¿Se puede viajar de otro modo? A lo largo de esta conversación con Ethic, aflora otra realidad: la gente, cada vez viaja más. Y esto nos lleva a otra pregunta crucial:

¿Hay espacio para todos?

Este libro no pretende dar soluciones, sino relejar una realidad. El turismo se concentra cada vez más en las ciudades, y lo que está sucediendo en muchas, como el encarecimiento de los pisos, los centros tomados por turistas y servicios y la consiguiente diáspora de residentes, además de las masificaciones y la contaminación, empiezan a estar por primera vez encima de la mesa del debate político y social. Recientemente, en una encuesta municipal del año pasado, el turismo apareció como la primera preocupación de los ciudadanos de Barcelona, muy por delante del paro, por ejemplo. Y en Madrid empieza a haber protestas en los barrios céntricos. Esto es un cambio importante, porque hasta hace poco, el debate sobre turismo estaba en un segundo plano.

 ¿Y hay reacción política?

Se están empezando a tomar medidas. Aún no podemos hablar de casos prácticos, porque como digo, aún «están empezando». Por ejemplo el establecimiento de zonas diferenciadas en la regulación de alojamientos turísticos, para que sea más laxo en las alejadas del cetro y descongestionar así la ciudad, al tiempo que se redistribuye el turismo por toda la ciudad. O una tendencia que parece global, y también llega a España, de limitar a 90 días al año la posibilidad de alquilar un apartamento turístico sin licencia de hotel. En el caso de Ámsterdam sí es un caso de éxito, porque ya llevan tiempo aplicando esa medida, y ahora quieren recortar a 30 días el alquiler de sus viviendas en plataformas de alojamiento vacacional, como Airbnb. Y en algunas ciudades, esta empresa y otras con actividades similares como Home Away, Wimdu o FlipKey, ya tienen la obligación de informar puntualmente al Ayuntamiento de la actividad de sus anfitriones, o incluso a que se registren en el censo de licencias de la ciudad. Está pasando en San Francisco, con éxito: se ha reducido casi a la mitad la oferta de pisos turísticos de las plataformas tecnológicas. Esta es una iniciativa similar a la que tienen las grandes ciudades españolas, como Barcelona, Madrid o Valencia, que han sancionado o amenazan con hacerlo a las plataformas que promocionen viviendas ilegales.

La economía colaborativa ha provocado efectos no previstos.

Empezó como una buenísima idea, pero se nos ha ido de las manos. En Madrid, por ejemplo, el número de camas que se ofertan en esa plataforma es casi igual que el del sector hotelero de la ciudad. Sigue manteniendo la idea inicial de que un particular pueda sacar algo de rendimiento a su casa, y eso es bueno. Conozco a muchísima gente que en plena crisis puedo mantener la hipoteca o el alquiler de su piso gracias a la aportación extra de Airbnb. El problema es cuando el usuario no lo usa así, sino como negocio, o si hay empresas que ocupan edificios enteros. Recientemente, un grupo americano ha comprado Friendly Rentals, la mayor gestora de arrendamiento turístico en España. También hay grandes grupos comprando plataformas turísticas digitales. Estamos en una tormenta perfecta: hay márgenes para una alta rentabilidad mientras que, una vez más, la regulación va por detrás.

La Ley de Arrendamientos Urbanos, con las últimas modificaciones, pone al inquilino de larga duración en una posición más vulnerable. Por ejemplo, reduciendo el periodo de los contratos a tres años.

Es nefasta, desde luego, y facilita el desalojo de viviendas para la creación de pisos turísticos. Pero esto no es el único motivo del encarecimiento brutal de los alquileres en el centro de las ciudades. En Madrid, por ejemplo, hay grupos inversores internacionales que están comprando edificios para negociar, y ahí entra también la especulación.

Te refieres a un debate social, pero muchas veces, el residente de una ciudad que protesta por el turismo masivo, se comporta, cuando viaja, como uno de esos turistas a los que critica.

Ahí entra la responsabilidad de cada uno, como en todo. Si yo tengo conciencia ecológica, intentaré no abrir del grifo más de los necesario y usar el transporte público siempre que sea posible. Lo mismo si quiero ser un turista sostenible. No debe verse a Airbnb como un anatema. Es perfectamente válido usar la plataforma, pero el viajero puede poner de su parte para hacerlo de forma responsable. Una manera es comprobar que, efectivamente, se va a alojar en el piso de un particular, y no de un empresario que lo ha adquirido exclusivamente para hacer negocio.

Algunos políticos siguen defendiendo que la situación actual no es tan mala. Que se han saneado zonas céntricas en las que había mucha delincuencia, o que el aumento del turismo en las ciudades trae más empleo y dinero. Sin embargo, existe otra cara de la moneda: el encarecimiento de los alquileres, la precarización de los trabajos temporales, el desalojo de residentes… Y que muchas veces el dinero no se queda aquí. 

Como he dicho, el debate político ya está encima de la mesa. El problema es que, hoy, se sigue encasillando, porque protestar contra el turismo masivo «es algo antisistema», en Euskadi de nacionalistas radicales, en Barcelona de los ‘indepes’, en Madrid de los comunistas… Pero el debate sí que está ahí. Y también en la ciudadanía, cada vez más, como demuestra que sea el primer motivo de preocupación en Barcelona. Eso significa que es un tema central para gente de todos los colores ideológicos.

«España no diversifica su economía todo lo que debiera. El turismo tiene un peso excesivo en nuestra economía, es ya más de la décima parte del PIB»

La precarización del empleo en el turismo es, en definitiva, también un problema de la economía real, no solo de este sector. ¿No deberían buscarse soluciones en el origen, esto es, proponer un cambio de modelo económico?

Es muy peligroso defender algo así, porque enseguida te tachan de anticapitalista. Pero la realidad es que hay que cambiar algunas cosas, no el modelo entero. Porque las cifras dicen que el turismo ha aumentado sus ingresos en los últimos años en España, pero no los salarios del sector, o no de una forma proporcional. No se pueden aumentar los beneficios a costa de apretar al trabajador. Dicho esto, España tiene un problema desde hace mucho: no diversifica su economía todo lo que debiera. El turismo tiene un peso excesivo en nuestra economía, es ya más de la décima parte del PIB. Y algunos analistas dicen que va a volver a aumentar el número de visitantes en países como Túnez o Egipto, que en su día bajaron mucho por el terrorismo, y que eso nos va a perjudicar. Somos demasiado vulnerables y no tenemos vías alternativas para soportar una crisis. Como pasó, por ejemplo, con nuestra exposición desmedida al ladrillo. En el caso de Francia, que sigue estando por encima de nosotros en número de visitantes al año, el turismo no es el único sector que aporta mucho al PIB. Tiene más industria, por ejemplo.

Y un turismo diferente. El que algunos llaman «de calidad».

Hay que tener cuidado con esas afirmaciones, porque es fácil caer en el esnobismo.

El turista que busca su metro cuadrado de playa en Benidorm, ¿participa de un turismo más insostenible que aquel que huye de las aglomeraciones e intenta sumergirse en la cultura y estilo de vida local?

A primera vista, puede ser, pero no está tan claro. Algunos expertos ponen a Benidorm como un ejemplo sostenible: se reduce a una ciudad, de modo que su impacto con el entorno es menor que en otras zonas costeras donde las casas están desperdigadas, y por lo tanto, los turistas ocupan más espacio y deben hacer más traslados. Y en Benidorm hay sobre todo hoteles: un edificio, por muy alto que sea, es ecológicamente más eficiente que su equivalente en segundas viviendas. Dicho esto, no quiero decir que esté de acuerdo con este análisis, pero sí plantea que tal vez no todo es blanco o negro, y que las soluciones son todavía más complejas de lo que imaginamos.

También por otra realidad que mencionas en tu libro: la gente viaja cada vez más. No hay espacio para tanto turismo.

Es un fenómeno que está ahí, y no parece que vaya a cambiar la tendencia. Ejemplos extremos como el de Venecia, empiezan a verse en otros lugares.

¿Y qué se puede hacer al respecto? El derecho a viajar en vacaciones es universal.

Hay medidas que funcionan. Por ejemplo, regular el acceso a determinados sitios. Como se hace en las islas Ons y Cíes de Galicia, que obligan a realizar una petición formal meses antes de ir y limitan el número pernoctaciones. O en La Alhambra de Granada: después de que Clinton dijera que tiene el atardecer más bonito del mundo, se multiplicaron las visitas y ahora hay que hacer una solicitud previa. En la ermita de San Juan de Gaztelugatxe (Bilbao), desde que se rodó allí la pasada temporada de Juego de Tronos, se están planteando cobrar entrada, porque no pueden afrontar el aumento de visitas que han experimentado este último año.

«La tasa turística es una forma de redistribuir la riqueza que no exige al turista un pago directo. Ya se aplica en muchas ciudades»

Pero abrir esa puerta es peligroso: si se empieza a cobrar por acceder a algunos lugares, aunque sea como medida contra la masificación, se abrirán las brechas de desigualdad, porque solo los visitarán quienes se lo puedan permitir.

Hay formas de controlar los accesos sin necesidad de cobrar, como los que he puesto antes. Y también está la tasa turística. Sobre el papel suena muy impopular, pero tiene todo el sentido. Si un extranjero viene a pasar unos días y va a hacer uso de nuestro servicio de basuras, de nuestra Policía, etcétera, lo normal es que pague una pequeña tasa, que termine en la economía de esa ciudad. Igual que deberíamos hacer nosotros cuando viajamos fuera. Es una forma de redistribuir la riqueza. Además, muchas ciudades ya lo aplican, y el turista apenas lo nota, porque no se le exige un pago directo. Es un incremento muy pequeño sobre el precio diario de una habitación de hotel, por ejemplo.

En el inicio de este año, llegaron a nuestros aeropuertos casi un 10% más pasajeros internacionales, con un aumento espectacular de aviones de compañías de bajo coste.

Falta una acción coordinada con varios sectores. No tiene sentido que se estén tomando medidas con la ocupación de alojamientos turísticos, o el acceso a determinadas zonas, mientras que cada año aumenta el número de visitantes que llega a nuestro país en avión. Llegará un momento, en temporada alta, en que no habrá sitio para todos en los lugares más demandados, o que la masificación será incontrolable. Hay un sitio que ejemplifica esto muy bien: Palma será la primera ciudad en prohibir todas las viviendas turísticas. Pero el número de vuelos que llega Mallorca seguirá siendo igual de alto que siempre. ¿Dónde se meterán todas esas personas?

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